martes, 21 de diciembre de 2021

Cuentos de otros: Mariana Enríquez

CUENTOS DE OTROS

 "Hicieron falta muchas mujeres quemadas para que empezaran las hogueras", esta frase del cuento "LAS COSAS QUE PERDIMOS EN EL FUEGO" sintetiza la perturbadora historia de un grupo de mujeres que decide quemarse ante la violencia de hombres que las rocían con alcohol, que les prenden fuego, que las asesinan. El cuento de Mariana Enriquez, donde el terror se entrelaza con lo cotidiano, le da título al libro editado en 2016 de la autora que, este año 2021, fue nominada al prestigioso Booker Prize Internacional por su libro, también de cuentos y relatos, Los peligros de fumar en la cama (2009).

    No es el único elogio a la obra de esta escritora argentina, el premio nobel Kazuo Ishiguro, en un texto publicado en el diario británico The Guardian escribió: "El hermoso y horrible mundo de Mariana Enriquez, como se vislumbra en Los peligros de fumar en la cama, con sus adolescentes perturbados, fantasmas, demonios en descomposición, los desamparados tristes y enojados de la Argentina moderna, es el descubrimiento más emocionante que he hecho en la ficción desde hace algún tiempo". Actualmente, la historia está siendo llevada al cine por la joven directora británica Prano Bailey-Bond. Les presento a la docente, subeditora del suplemento Radar del diario Página/12 y escritora multipremiada Mariana Enriquez...

 

 

MARIANA ENRÍQUEZ

LAS COSAS QUE PERDIMOS EN EL FUEGO

 

La primera fue la chica del subte. Había quien lo discutía o, al menos, discutía su alcance, su poder, su capacidad para desatar las hogueras por sí sola. Eso era cierto: la chica del subte sólo predicaba en las seis líneas de tren subterráneo de la ciudad y nadie la acompañaba. Pero resultaba inolvidable. Tenía la cara y los brazos completamente desfigurados por una quemadura extensa, completa y profunda; ella explicaba cuánto tiempo le había costado recuperarse, los meses de infecciones, hospital y dolor, con su boca sin labios y una nariz pésimamente reconstruida; le quedaba un solo ojo, el otro era un hueco de piel, y la cara toda, la cabeza, el cuello, una máscara marrón recorrida por telarañas. En la nuca conservaba un mechón de pelo largo, lo que acrecentaba el efecto máscara: era la única parte de la cabeza que el fuego no había alcanzado. Tampoco había alcanzado las manos, que eran morenas y siempre estaban un poco sucias de manipular el dinero que mendigaba.

Su método era audaz: subía al vagón y saludaba a los pasajeros con un beso si no eran muchos, si la mayoría viajaba sentada. Algunos apartaban la cara con disgusto, hasta con un grito ahogado; algunos aceptaban el beso sintiéndose bien consigo mismos; algunos apenas dejaban que el asco les erizara la piel de los brazos, y si ella lo notaba, en verano, cuando podía verles la piel al aire, acariciaba con los dedos mugrientos los pelitos asustados y sonreía con su boca que era un tajo. Incluso había quienes se bajaban del vagón cuando la veían subir: los que ya conocían el método y no querían el beso de esa cara horrible.

La chica del subte, además, se vestía con jeans ajustados, blusas transparentes, incluso sandalias con tacos cuando hacía calor. Llevaba pulseras y cadenitas colgando del cuello. Que su cuerpo fuera sensual resultaba inexplicablemente ofensivo.

Cuando pedía dinero lo dejaba muy en claro: no estaba juntando para cirugías plásticas, no tenían sentido, nunca volvería a su cara normal, lo sabía. Pedía para sus gastos, para el alquiler, la comida –nadie le daba trabajo con la

cara así, ni siquiera en puestos donde no hiciera falta verla–. Y siempre, cuando terminaba de contar sus días de hospital, nombraba al hombre que la había quemado: Juan Martín Pozzi, su marido. Llevaba tres años casada con él. No tenían hijos. Él creía que ella lo engañaba y tenía razón: estaba por abandonarlo. Para evitar eso, él la arruinó, que no fuera de nadie más, entonces. Mientras dormía, le echó alcohol en la cara y le acercó el encendedor. Cuando ella no podía hablar, cuando estaba en el hospital y todos esperaban que muriera, Pozzi dijo que se había quemado sola, se había derramado el alcohol en medio de una pelea y había querido fumar un cigarrillo todavía mojada.

–Y le creyeron –sonreía la chica del subte con su boca sin labios, su boca de reptil–. Hasta mi papá le creyó.

Ni bien pudo hablar, en el hospital, contó la verdad. Ahora él estaba preso.

Cuando se iba del vagón, la gente no hablaba de la chica quemada, pero el silencio en que quedaba el tren, roto por las sacudidas sobre los rieles, decía qué asco, qué miedo, no voy a olvidarme más de ella, cómo se puede vivir así.

A lo mejor no había sido la chica del subte la desencadenante de todo, pero ella había introducido la idea en su familia, creía Silvina. Fue una tarde de domingo, volvían con su madre del cine –una excursión rara, casi nunca salían juntas–. La chica del subte dio sus besos y contó su historia en el vagón; cuando terminó, agradeció y se bajó en la estación siguiente. No le siguió a su partida el habitual silencio incómodo y avergonzado. Un chico, no podía tener más de veinte años, empezó a decir qué manipuladora, qué asquerosa, qué necesidad; también hacía chistes. Silvina recordaba que su madre, alta y con el pelo corto y gris, todo su aspecto de autoridad y potencia, había cruzado el pasillo del vagón hasta donde estaba el chico, casi sin tambalearse –aunque el vagón se sacudía como siempre–, y le había dado un puñetazo en la nariz, un golpe decidido y profesional, que lo hizo sangrar y gritar y vieja hija de puta qué te pasa, pero su madre no respondió, ni al chico que lloraba de dolor ni a los pasajeros que dudaban entre insultarla o ayudar. Silvina recordaba la mirada rápida, la orden silenciosa de sus ojos y cómo las dos habían salido corriendo no bien las puertas se abrieron y habían seguido corriendo por las escaleras a pesar de que Silvina estaba poco entrenada y se cansaba enseguida –correr le daba tos–, y su madre ya tenía más de sesenta años. Nadie las había seguido, pero eso no lo supieron hasta estar en la calle, en la esquina transitadísima de Corrientes y Pueyrredón; se metieron entre la gente para evitar y despistar a algún guarda, o incluso a la policía. Después de doscientos metros se dieron cuenta de que estaban a salvo. Silvina no podía olvidar la carcajada alegre, aliviada, de su madre; hacía años que no la veía tan feliz.

Hicieron falta Lucila y la epidemia que desató, sin embargo, para que llegaran las hogueras. Lucila era una modelo y era muy hermosa, pero, sobre todo, era encantadora. En las entrevistas de la televisión parecía distraída e ingenua, pero tenía respuestas inteligentes y audaces y por eso también se hizo famosa. Medio famosa. Famosa del todo se hizo cuando anunció su noviazgo con Mario Ponte, el 7 de Unidos de Córdoba, un club de segunda división que había llegado heroicamente a primera y se había mantenido entre los mejores durante dos torneos gracias a un gran equipo, pero, sobre todo, gracias a Mario, que era un jugador extraordinario que había rechazado ofertas de clubes europeos de puro leal –aunque algunos especialistas decían que, a los treinta y dos y con el nivel de competencia de los campeonatos europeos, era mejor para Mario convertirse en una leyenda local que en un fracaso transatlántico–. Lucila parecía enamorada y, aunque la pareja tenía mucha cobertura en los medios, no se le prestaba demasiada atención; era perfecta y feliz, y sencillamente faltaba drama. Ella consiguió mejores contratos para publicidades y cerraba todos los desfiles; él se compró un auto carísimo.

El drama llegó una madrugada cuando sacaron a Lucila en camilla del departamento que compartía con Mario Ponte: tenía el 70 % del cuerpo quemado y dijeron que no iba a sobrevivir. Sobrevivió una semana.

Silvina recordaba apenas los informes en los noticieros, las charlas en la oficina; él la había quemado durante una pelea. Igual que a la chica del subte, le había vaciado una botella de alcohol sobre el cuerpo –ella estaba en la cama– y, después, había echado un fósforo encendido sobre el cuerpo desnudo. La dejó arder unos minutos y la cubrió con la colcha. Después llamó a la ambulancia. Dijo, como el marido de la chica del subte, que había sido ella.

Por eso, cuando de verdad las mujeres empezaron a quemarse, nadie les creyó, pensaba Silvina mientras esperaba el colectivo –no usaba su propio auto cuando visitaba a su madre: la podían seguir–. Creían que estaban protegiendo a sus hombres, que todavía les tenían miedo, que estaban shockeadas y no podían decir la verdad; costó mucho concebir las hogueras.

Ahora que había una hoguera por semana, todavía nadie sabía ni qué decir ni cómo detenerlas, salvo con lo de siempre: controles, policía, vigilancia. Eso no servía. Una vez le había dicho una amiga anoréxica a Silvina: no pueden obligarte a comer. Sí pueden, le había contestado Silvina, te pueden poner suero, una sonda. Sí, pero no pueden controlarte todo el tiempo. Cortás la sonda. Cortás el

suero. Nadie puede vigilarte veinticuatro horas al día, la gente duerme. Era cierto. Esa compañera de colegio se había muerto, finalmente. Silvina se sentó con la mochila sobre las piernas. Se alegró de no tener que viajar parada. Siempre temía que alguien abriera la mochila y se diera cuenta de lo que cargaba.

Hicieron falta muchas mujeres quemadas para que empezaran las hogueras. Es contagio, explicaban los expertos en violencia de género en diarios y revistas y radios y televisión y donde pudieran hablar; era tan complejo informar, decían, porque por un lado había que alertar sobre los feminicidios y por otro se provocaban esos efectos, parecidos a lo que ocurre con los suicidios entre adolescentes. Hombres quemaban a sus novias, esposas, amantes, por todo el país. Con alcohol la mayoría de las veces, como Ponte (por lo demás el héroe de muchos), pero también con ácido, y en un caso particularmente horrible la mujer había sido arrojada sobre neumáticos que ardían en medio de una ruta por alguna protesta de trabajadores. Pero Silvina y su madre recién se movilizaron – sin consultarlo entre ellas– cuando pasó lo de Lorena Pérez y su hija, las últimas asesinadas antes de la primera hoguera. El padre, antes de suicidarse, les había pegado fuego a madre e hija con el ya clásico método de la botella de alcohol. No las conocían, pero Silvina y su madre fueron al hospital para tratar de visitarlas o, por lo menos, protestar en la puerta; ahí se encontraron. Y ahí estaba también la chica del subte.

Pero ya no estaba sola. La acompañaba un grupo de mujeres de distintas edades, ninguna de ellas quemada. Cuando llegaron las cámaras, la chica del subte y sus compañeras se acercaron a la luz. Ella contó su historia, las otras asentían y aplaudían. La chica del subte dijo algo impresionante, brutal:

–Si siguen así, los hombres se van a tener que acostumbrar. La mayoría de las mujeres van a ser como yo, si no se mueren. Estaría bueno, ¿no? Una belleza nueva.

La mamá de Silvina se acercó a la chica del subte y a sus compañeras cuando se retiraron las cámaras. Había varias mujeres de más de sesenta años; a Silvina la sorprendió verlas dispuestas a pasar la noche en la calle, acampar en la vereda y pintar sus carteles que pedían BASTA BASTA DE QUEMARNOS. Ella también se quedó y, por la mañana, fue a la oficina sin dormir. Sus compañeros ni estaban enterados de la quema de la madre y la niña. Se están acostumbrando, pensó Silvina. Lo de la niñita les da un poco más de impresión, pero sólo eso, un poco. Estuvo toda la tarde mandándole mensajes a su madre, que no le contestó

ninguno. Era bastante mala para los mensajes de texto, así que Silvina no se alarmó. Por la noche, la llamó a la casa y tampoco la encontró. ¿Seguiría en la puerta del hospital? Fue a buscarla, pero las mujeres habían abandonado el campamento. Quedaban apenas unos fibrones tirados y paquetes vacíos de galletitas, que el viento arremolinaba. Venía una tormenta y Silvina volvió lo más rápido que pudo hasta su casa porque había dejado las ventanas abiertas.

La niña y su madre habían muerto durante la noche.

Silvina participó de su primera hoguera en un campo sobre la ruta 3. Las medidas de seguridad todavía eran muy elementales; las de las autoridades y las de las Mujeres Ardientes. Todavía la incredulidad era alta; sí, lo de aquella mujer que se había incendiado dentro de su propio auto, en el desierto patagónico, había sido bien extraño: las primeras investigaciones indicaron que había rociado con nafta el vehículo, se había sentado dentro, frente al volante, y que ella misma había dado el chasquido al encendedor. Nadie más: no había rastros de otro auto –eso era imposible de ocultar en el desierto–, y nadie hubiera podido irse a pie. Un suicidio, decían, un suicidio muy extraño, la pobre mujer estaba sugestionada por todas esas quemas de mujeres, no entendemos por qué ocurren en Argentina, estas cosas son de países árabes, de la India.

–Serán hijos de puta; Silvinita, sentate –le dijo María Helena, la amiga de su madre, que dirigía el hospital clandestino de quemadas ahí, lejos de la ciudad, en el casco de la vieja estancia de su familia, rodeada de vacas y soja–. Yo no sé por qué esta muchacha, en vez de contactar con nosotras, hizo lo que hizo, pero bueno: a lo mejor se quería morir. Era su derecho. Pero que estos hijos de puta digan que las quemas son de los árabes, de los indios...

María Helena se secó las manos –estaba pelando duraznos para una torta– y miró a Silvina a los ojos.

–Las quemas las hacen los hombres, chiquita. Siempre nos quemaron. Ahora nos quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices.

La torta era para festejar a una de las Mujeres Ardientes, que había sobrevivido a su primer año de quemada. Algunas de las que iban a la hoguera preferían recuperarse en hospitales, pero muchas elegían centros clandestinos como el de María Helena. Había otros, Silvina no estaba segura de cuántos.

–El problema es que no nos creen. Les decimos que nos quemamos porque queremos y no nos creen. Por supuesto, no podemos hacer que hablen las chicas que están internadas acá, podríamos ir presas.

–Podemos filmar una ceremonia –dijo Silvina.

–Ya lo pensamos, pero sería invadir la privacidad de las chicas.

–De acuerdo, ¿pero si alguna quiere que la vean? Y podemos pedirle que vaya hacia la hoguera con, no sé, una máscara, un antifaz, si quiere taparse la cara.

–¿Y si distinguen dónde queda el lugar?

–Ay, María, la pampa es toda igual. Si la ceremonia se hace en el campo, ¿cómo van a saber dónde queda?

Así, casi sin pensarlo, Silvina decidió hacerse cargo de la filmación cuando alguna chica quisiera que su Quema fuera difundida. María Helena contactó con ella menos de un mes después del ofrecimiento. Sería la única autorizada, en la ceremonia, a estar con un equipo electrónico. Silvina llegó en auto: entonces todavía era bastante seguro usarlo. La ruta 3 estaba casi vacía, apenas la cruzaban algunos camiones; podía escuchar música y tratar de no pensar. En su madre, jefa de otro hospital clandestino, ubicado en una casa enorme del sur de la ciudad de Buenos Aires; su madre, siempre arriesgada y atrevida, tanto más que ella, que seguía trabajando en la oficina y no se animaba a unirse a las mujeres. En su padre, muerto cuando ella era chica, un hombre bueno y algo torpe («Ni se te ocurra pensar que hago esto por culpa de tu padre», le había dicho su madre una vez, en el patio de la casa-hospital, durante un descanso, mientras inspeccionaba los antibióticos que Silvina le había traído, «tu padre era un hombre delicioso, jamás me hizo sufrir»). En su ex novio, a quien había abandonado al mismo tiempo que supo definitiva la radicalización de su madre, porque él las pondría en peligro, lo sabía, era inevitable. En si debía traicionarlas ella misma, desbaratar la locura desde adentro. ¿Desde cuándo era un derecho quemarse viva? ¿Por qué tenía que respetarlas?

La ceremonia fue al atardecer. Silvina usó la función video de una cámara de fotos: los teléfonos estaban prohibidos y ella no tenía una cámara mejor, y tampoco quería comprar una por si la rastreaban. Filmó todo: las mujeres preparando la pira, con enormes ramas secas de los árboles del campo, el fuego alimentado con diarios y nafta hasta que alcanzó más de un metro de altura. Estaban campo adentro –una arboleda y la casa ocultaban la ceremonia de la ruta–. El otro camino, a la derecha, quedaba demasiado lejos. No había vecinos ni peones. Ya no, a esa hora. Cuando cayó el sol, la mujer elegida caminó hacia el

fuego. Lentamente. Silvina pensó que la chica iba a arrepentirse, porque lloraba. Había elegido una canción para su ceremonia, que las demás –unas diez, pocas– cantaban: «Ahí va tu cuerpo al fuego, ahí va. / Lo consume pronto, lo acaba sin tocarlo.» Pero no se arrepintió. La mujer entró en el fuego como en una pileta de natación, se zambulló, dispuesta a sumergirse: no había duda de que lo hacía por su propia voluntad; una voluntad supersticiosa o incitada, pero propia. Ardió apenas veinte segundos. Cumplido ese plazo, dos mujeres protegidas por amianto la sacaron de entre las llamas y la llevaron corriendo al hospital clandestino. Silvina detuvo la filmación antes de que pudiera verse el edificio.

Esa noche subió el video a internet. Al día siguiente, millones de personas lo habían visto.

Silvina tomó el colectivo. Su madre ya no era la jefa del hospital clandestino del sur; había tenido que mudarse cuando los padres enfurecidos de una mujer –que gritaban «¡tiene hijos, tiene hijos!»– descubrieron qué se escondía detrás de esa casa de piedra, centenaria, que alguna vez había sido una residencia para ancianos. Su madre había logrado escapar del allanamiento –la vecina de la casa era una colaboradora de las Mujeres Ardientes, activa y, al mismo tiempo, distante, como Silvina– y la habían reubicado como enfermera en un hospital clandestino de Belgrano: después de un año entero de allanamientos, creían que la ciudad era más segura que los parajes alejados. También había caído el hospital de María Helena, aunque nunca descubrieron que la estancia había sido escenario de hogueras, porque, en el campo, no hay nada más común que quemar pastizales y hojas, siempre iban a encontrar pasto y suelo quemado. Los jueces expedían órdenes de allanamiento con mucha facilidad, y, a pesar de las protestas, las mujeres sin familia o que sencillamente andaban solas por la calle caían bajo sospecha: la policía les hacía abrir el bolso, la mochila, el baúl del auto cuando ellos lo deseaban, en cualquier momento, en cualquier lugar. El acoso había sido peor: de una hoguera cada cinco meses –registrada: con mujeres que acudían a los hospitales normalesse pasó al estado actual, de una por semana.

Y, tal como esa compañera de colegio le había dicho a Silvina, las mujeres se las arreglaban para escapar de la vigilancia más que bien. Los campos seguían siendo enormes y no se podían revisar con satélite constantemente; además todo el mundo tiene un precio; si podían ingresar al país toneladas de drogas, ¿cómo no iban a dejar pasar autos con más bidones de nafta de lo razonable? Eso era todo lo necesario, porque las ramas para las hogueras estaban ahí, en cada lugar. Y el deseo las mujeres lo llevaban consigo.

No se va a detener, había dicho la chica del subte en un programa de entrevistas por televisión. Vean el lado bueno, decía, y se reía con su boca de reptil. Por lo menos ya no hay trata de mujeres, porque nadie quiere a un monstruo quemado y tampoco quieren a estas locas argentinas que un día van y se prenden fuego –y capaz que le pegan fuego al cliente también.

Una noche, mientras esperaba el llamado de su madre, que le había encargado antibióticos –Silvina los conseguía haciendo ronda por los hospitales de la ciudad donde trabajaban colaboradoras de las Mujeres Ardientes–, tuvo ganas de hablar con su ex novio. Tenía la boca llena de whisky y la nariz de humo de cigarrillo y del olor a la gasa furacinada, la que se usa para las quemaduras, que no se iba nunca, como no se iba el de la carne humana quemada, muy difícil de describir, sobre todo porque, más que nada, olía a nafta, aunque detrás había algo más, inolvidable y extrañamente cálido. Pero Silvina se contuvo. Lo había visto en la calle, con otra chica. Eso, ahora, no significaba nada. Muchas mujeres trataban de no estar solas en público para no ser molestadas por la policía. Todo era distinto desde las hogueras. Hacía apenas semanas, las primeras mujeres sobrevivientes habían empezado a mostrarse. A tomar colectivos. A comprar en el supermercado. A tomar taxis y subterráneos, a abrir cuentas de banco y disfrutar de un café en las veredas de los bares, con las horribles caras iluminadas por el sol de la tarde, con los dedos, a veces sin algunas falanges, sosteniendo la taza. ¿Les darían trabajo? ¿Cuándo llegaría el mundo ideal de hombres y monstruas?

Silvina visitó a María Helena en la cárcel. Al principio, ella y su madre habían temido que las otras reclusas la atacaran, pero no, la trataban inusitadamente bien. «Es que yo hablo con las chicas. Les cuento que a nosotras las mujeres siempre nos quemaron, ¡que nos quemaron durante cuatro siglos! No lo pueden creer, no sabían nada de los juicios a las brujas, ¿se dan cuenta? La educación en este país se fue a la mierda. Pero tienen interés, pobrecitas, quieren saber.»

–¿Qué quieren saber? –preguntó Silvina.
–Y, quieren saber cuándo van a parar las hogueras. –¿Y cuándo van a parar?
–Ay, qué sé yo, hija, ¡por mí que no paren nunca!

La sala de visitas de la cárcel era un galpón con varias mesas y tres sillas alrededor de cada una: una para la presa, dos para las visitas. María Helena hablaba en voz baja: no confiaba en las guardias.

–Algunas chicas dicen que van a parar cuando lleguen al número de la caza de brujas de la Inquisición.

–Eso es mucho –dijo Silvina.

–Depende –intervino su madre–. Hay historiadores que hablan de cientos de miles, otros de cuarenta mil.

–Cuarenta mil es un montón –murmuró Silvina.
–En cuatro siglos no es tanto –siguió su madre. –Había poca gente en Europa hace seis siglos, mamá.

Silvina sentía que la furia le llenaba los ojos de lágrimas. María Helena abrió la boca y dijo algo más, pero Silvina no la escuchó y su madre siguió y las dos mujeres conversaron en la luz enferma de la sala de visitas de la cárcel, y Silvina solamente escuchó que ellas estaban demasiado viejas, que no sobrevivirían a una quema, la infección se las llevaba en un segundo, pero Silvinita, ah, cuándo se decidirá Silvinita, sería una quemada hermosa, una verdadera flor de fuego.

miércoles, 13 de octubre de 2021

Vientos de la literatura en el desierto 2021, VIRTUAL

 























PRIMER ENCUENTRO INTERNACIONAL DE ESCRITORES (VIRTUAL)


"Del 29 de septiembre al 2 de octubre, se llevará a cabo el Encuentro Internacional de escritoras Vientos de la Literatura en el Desierto 2021, evento creado desde la iniciativa ciudadana.

El encuentro contará con más de 40 escritoras de México, España, Argentina, Colombia, Estados Unidos, Israel, Palestina, así como un grupo de moderadores reconocidos por su obra literaria."

"El encuentro es creado desde la iniciativa ciudadana, a través de Dora Elena Delgado Barraza, quien promueve el arte y la cultura regional por medio de su promotoría ‘Letras, Trazos y Música en el Desierto’.

“Ante la ausencia de Literatura en el Bravo, que dejó de realizarse desde 2017, me surgió la inquietud de rescatar un encuentro literario, pero desde la iniciativa ciudadana. La estructura es en esencia la misma, pero con giros que dan voz a las mujeres”. 

Me hice de un equipo de mujeres con gran trayectoria en el ámbito cultural, quienes curaron y coordinaron el programa: Susana Báez, Elpidia García, Carmen Amato, Natalia González y Fabiola Olivares. Ellas se han encargado desde su área de dar movilidad y color al proyecto. Estoy muy agradecida con todo el equipo, con las personas que han confiado en el proyecto para que fluya”, señaló la gestora y directora ejecutiva de ‘Vientos …‘ ”. "

 




 

Más información:  

PRENSA

Primer Encuentro Internacional Vientos de la Literatura en el Desierto

Vientos de la literatura en el desierto’ reúne en la región a escritores de prestigio internacional

Inicia el primer encuentro “Vientos de Literatura en el Desierto”

RADIO

UACJ RADIO: Primer Encuentro Internacional de Escritores




CONFERENCIA: "Sistemas de representación y paradigmas culturales" UIA 2019

  

Eso que llamamos Occidente no es una región del mundo,
ni un lugar, sino una cosmogonía, una construcción de imágenes
que hemos aceptado como realidad los últimos 500 años.

Zyanya Mariana


 

CONFERENCIA


Sistemas de representación y paradigmas culturales

Semana de Comunicación, Universidad Iberoamericana 2019
Sociedad de Estudiantes: Cenzontle

 


 


 

 

domingo, 19 de septiembre de 2021

CUMPLIMOS DIEZ AÑOS Y LO FESTEJAMOS CON EL BAMBU QUE LLEVA EN SUS HOMBROS LA LUZ DEL DÍA

 


 

Manuscrito de Yao Zi, incluido en su obra póstuma, Mu tong ya
[Pato de barril de madera] (Singapur: Great River Book Co., 1987).
De la Biblioteca Nacional de Singapur.


 

 

Desde finales de la dinastía Qing, los escritores nacidos y criados en China abandonaron su patria para trasladarse a Nanyang (Singapur, Malasia, Indonesia y otros países del Sudeste Asiático) por diversas razones, como ganarse la vida, buscar refugio, participar en misiones diplomáticas, cursar estudios e inmigrar. Conocidos colectivamente como "escritores que llegaron al sur", la mayoría se dedicaba a la educación y el periodismo chinos. Antes de 1919, escribían poesía y prosa de estilo clásico utilizando el chino clásico, pero muchos comenzaron a usar el chino vernáculo para crear nueva literatura después de 1920, bajo la influencia del Movimiento del Cuatro de Mayo. Ese fue el caso de  Liu Yanling (1894-1988).

Cuando Malasia y Singapur cayeron en manos japonesas, algunos de estos escritores fueron asesinados, mientras que otros huyeron. Tras la guerra, algunos supervivientes regresaron e incluso se quedaron definitivamente. Uno de ellos fue Liu Yanling, quien pasó sus últimos años en Singapur. Perteneció a la primera generación de poetas vernáculos chinos, y sus obras se incluyeron póstumamente en una colección titulada Zheliu nanlai de shiren: Liu Yanling xinjiapo zuopin xuanji (Los poetas que llegaron al sur: colección de obras literarias de Liu Yanling escritas en Singapur).

BAMBÚ
 
Varios miles de tallos de bambú
que cubren las plantaciones.
El bambú es de un verde jade,
el bambú es de un verde fresco.
eso es la luz de la vida,
Lo que se guarda en los estanques, el beso de la juventud.
Los tallos de bambú se mueven a sus anchas con la ayuda del viento.
Ligeros, acompasados, se consuelan los unos con los otros.
Cada uno de ellos lleva sobre sus hombros la luz del día.
Se empujan mutuamente y eso hace que se quiten de encima la luz                                                                 [que llevan encima
¿Acaso no son la música callada que de nuevo reconcilia la vida con ella misma? 
Liu Yanling



jueves, 1 de julio de 2021

DISQUISICIONES ALREDEDOR DE LA PANDEMIA II

 

Desde la tierra y más allá del sol, Venus es el planeta más brillante.
En la imagen el segundo objeto más brillante es Jupiter


DISQUISICIONES ALREDEDOR DE LA PANDEMIA II

La escritora canadiense, Margaret Atwood, recientemente afirmó que se van a empezar a crear historias de mundos posibles, Utopías de aquí y de allá; las necesitamos. 
Estamos ante un fin de era. Ya el tono de parodia de la literatura y el arte nos lo habían anunciado. Se viene la utopía, la épica y el ciclo de volver a empezar en búsqueda de sentido y organización social... Así será, hasta que alguien o algo monopolice lo simbólico. Mientras tanto aparecerán ficciones para salir de nuestra forma destructiva de amarnos los unos a los otros. Salir del tiempo de la ira que nos rodea.


El paradigma agrícola Mesopotámico y su religiosidad total está de moda, la llamamos astrología y hoy es más importante que el monoteísmo urbano y laico. Las religiones tienen el mismo destino que los seres humanos: nacer, desarrollarse y morir. De hecho, no importa el tótem que elijamos, su verdad no radica en su historicidad sino en el sentido que aporta a la existencia. 


Para los Objibwa, que viven al sur de Canadá y al norte de los EU alrededor de los grandes lagos, para hablar de historias y de espíritu utilizan la voz Adizokan. La lengua Objiwa sabe que historia y espíritu son una misma cosa. Saben que todo tiene espíritu, los seres y los cielos, los animales, los árboles en su quietud, los ríos y los grandes lagos como mar y, por supuesto, nuestras hermanas las piedras. Saben también que la vida son cuentos y tortillas. Maíz para alimentarnos y cuentos para curar las heridas que implica llevar tortillas a la mesa.


El tiempo no es lineal, como lo afirma el científico italiano Carlo Rovelli, muchos tiempos conviven en un mismo instante y el futuro está en el presente. Pero somos incapaces de verlo porque nos aferramos al pasado, a lo conocido que es medianamente controlable. Creer que alguien malo muy malo controla todo es, al fin y al cabo, una necesidad de control y un miedo a la posibilidad del caos.


En tanto maestro, me tocó vacunarme la semana pasada, un jueves para ser exactos. Me equivoqué de lugar, como siempre me sucede, y llegué tarde a la cita. Mucho tráfico para llegar a las nuevas instalaciones del ITAM y su gran estacionamiento techado. El tráfico lo hacíamos los que íbamos a vacunarnos y sobre todo aquellos que querían vacunarse sin salir de su coche. Me sentía culpable por llegar tarde... un montón de chavos me recibieron con perdón y chorcha a mis reiteradas disculpas, me iban a poner a hacer una plana "no debo de llegar tarde" como sus maestras de primaria hacían con ellos. Fueron generosos en sus gestos, me dieron un cartoncito pintado de verde, como el de las fiestas de pueblo. Yo ya sabía que la organización para la vacuna, elegida por Claudia Sheinbaum, había salido de las fiestas patronales y que Xochimilco había sido la pionera. Yo ya sabía que las fiestas patronales y las bodas de pueblo son una organización impecable donde todos participan sin protagonismos, más allá del santo o los novios.
Pero aún así me impresionó el orden, los tiempos, el puño levantado en alto que los jóvenes usaban para dirigir en silencio, de diez en diez a los maestros, como en las mesas de bodas para fácil conteo. Pensé con esperanza que esta organización de chavos podía implicar un parteaguas en el futuro. 


Cuando era aún una niña que dormía con un oso de peluche, estuve en el cinturón de la sociedad civil en los diálogos de San Andrés Larrainzar. Mientras me robaban mi peluche y yo dejaba la infancia, platicaba con les otres, mientras más otres más me gustaba la platica. Un día, creyéndome importante por estar ahí, platiqué con un militar... me contaba que ellos, él, preferían la gratitud de las comunidades cuando iban a ayudar que el odio por cercarlas y amenazar con destruirlas. Ahora que olvidé su rostro, recuerdo el regaño que me dieron, no sé hablaba con el enemigo me dijeron, pero su historia y sus palabras siguen resonando con claridad en mi memoria... pienso que es mejor construir una sociedad en base a la gratitud y al respeto que en función del miedo, como estos últimos 30 años: Miedo a perder el trabajo; miedo a no poder pagar la renta; miedo a no entrar en el metro en hora pico; miedo de enfermar porque no se tiene seguro social; miedo a salir de tu casa; miedo a que levanten a tu hija; miedo a que te quiten tu casa, tu tierra y se lleven el agua; miedo a la falta de lluvia y que se sequen las cosechas; miedo a amar.... miedo a la otredad. 


Dos enfermeras por mesa explicaban todo, nos mostraban las jeringas nuevas, nos tenían paciencia. La enfermera que me tocó, una jovencita que supuse venida del campo por su cuerpo delgado y largo como lo teníamos los mexicanos antes de la comida chatarra, me vacunó con expertisse y suavidad. Hasta me permitió elegir el brazo de la jeringa.
De ahí, nos condujeron a otra zona para reposar 30 minutos y verificar posibles reacciones alérgicas; un arpa veracruzana nos acompañaba. Todo eso sucedía afuera de mi, adentro yo leía cómo el grito aterrador de Aquiles sitiaba la ciudad de Linerso en Troya, y cómo su espada atravesaba los cuerpos de los hermanos de Briseida. A falta de celular, por elección, leo. Me llevé para acompañar la vacuna El silencio de las mujeres, la versión que hace de la Iliada Pat Barker; de alguna manera una crítica a la épica y al sentido individual y competitivo que nos rodea. 


Pienso que el geógrafo y naturalista ruso Piotr Kropotkin tenía toda la razón cuando afirmaba que "en el largo plazo, la práctica de la solidaridad resulta mucho más ventajosa para las especies que el desarrollo de los individuos dotados de inclinaciones depredadoras.” Le robé la frase a un colega que admiro y que la posteó hablando también de las vacunas; la replico porque me gustaría convertir la solidaridad y el trabajo en común en algo cotidiano y tangible en la próxima utopía.
 

martes, 18 de mayo de 2021

Disquisiciones alrededor de una pandemia, LO QUE PASA EN LA CAMA PASA EN LA PLAZA

Zyanya Mariana



DISQUISICIONES ALREDEDOR DE UNA PANDEMIA
Un mayo 17 y 2021 


1. Entramos en semáforo amarillo, la reacción caótica que se esperaba después de la Semana Santa, de los cristianos y vacacionistas, nunca se produjo. Algunos médicos especulan que quizás hemos entrado a la inmunidad de rebaño. Pienso que López Gattel tenía razón

2. El doctor López Gatell ha actuado como un especialista, es decir ha estudiado el comportamiento de otros virus en el pasado y ha concluido que muy posiblemente este virus se comportaría como otros virus. Nunca recomendó la opción de encierro total, varias eran las razones económicas y sociales, en las cuales no me detendré, y quizás hubo otras impronunciables.
Su propuesta fue campechana, al libre arbitrio de los ciudadanos. Yo la aplaudo, las medidas radicales son siempre más cuestionables y dolorosas. Sí, es cierto, mucha gente murió; el 49% de la población mexicana tiene algún muerto; las estadísticas mundiales dicen que el 2% de la población total mundial murió; cada año muere el 1%. Me pregunto si eso legitimaba el terror desatado por gobiernos y medias.

3. En Europa, el virus ha sido particularmente voraz con los viejos, abandonados. En México, atacó a la generación que tenía entre 20 y 30 años cuando entró el TLC. Con sus promesas de bienestar, se expandió la comida chatarra, la diabetes y otras comorbilidades que se evidenciaron entre los hombres entre 45 y 55 años; los abandonados por el sistema. Nuestros viejos, en cambio con otra alimentación y valores, gozan de cabal salud. 

4. A los maestros nos van a vacunar con Cansino, el fármaco chino. Europa ha amenazado con no dejar entrar a su territorio a las personas vacunadas con las vacunas china. Los virus no entienden de fronteras, pero las vacunas sí. Me pregunto si la medida es verdadera o patas de ahogado de un continente otrora imperial. Pienso que si me dieran a elegir, elegiría las vacunas chinas (probadas en seres humanos) o la rusa que hereda una tradición de científicos que prueban las vacunas en ellos mismos. Mientras, Macron, el presidente de Francia, inserta el pasaporte de vacunación como condicionante para entrar al territorio francés. Recuerdo que la semana pasada los militares amenazaron con un golpe de Estado. 

5. Los mexicanos pudientes viajan a EU para vacunarse, mientras que los norteamericanos no se quieren vacunar. Rifan hasta coches para que la gente se vacune, pero nada resulta. Entre las teorías de la conspiración (que tienen su dosis de verdad) y las infamias científicas (las vacunas y otros fármacos han sido probados en la población negra y en las minorías), la gente teme. Si la población sigue sin querer vacunarse y la mayoría no se enferma, podremos especular que algo hay de farsa en todo esto del virus, el encierro y las vacunas. Yo no soy antivacunas pero si me preguntaran sin consecuencias, posiblemente no me vacunaría.

6. En la astrología, en la cual no creo pero me divierte mucho, existe la variante de astrología evolutiva. En ella se explica que lo iniciado en el Yo Leo que no corrige Virgo, ni se armoniza con Libra, reaparece en Escorpio como crisis. Pienso que Obama, un Leo, que deportó más mexicanos que Trump e inició la separación de las familias y las jaulas; no se dejó corregir por Sanders, un virgo; a Biden, un escorpio, no le queda más que asumir el caos.
Mientras escribo esto, me entero que en el negocio de Trump, Miss universo, ganó una mexicana chihuahuense de 1.80... no dejo de pensar que las remesas han aumentado y que la lealtad de los indocumentados sigue siendo para el terruño, hoy gobernado por AMLO.

7. Una youtuber sinaloense propone "chichis que empoderan" para todas las mujeres, en un espectacular a forma de propaganda. Recuerdo un dato que me impactó siendo universitaria, según las estadísticas norteamericanas el 30% de mujeres que se operó las chichis en la década de los 90 tuvo intentos de suicidio; querían ser deseadas, estar rodeadas de hombres deseantes más que tener chichis. Quizás por eso la youtuber salió de una aplicación que condiciona el deseo, Onlyfans. Pienso que el INE solapa un juego llamado democracia, con fraudes, chichis y botox, que nos sale muy caro... Pienso que las chichis siempre han sido utilizadas políticamente, como control moral si amamantas en público (biopolítica pura), pero la vida se impone y últimamente la evidencia científica afirma que un niño amamantado no contrae el virus. Amamantemos más.

8. Las empresas afirmaron al inicio de la pandemia que el trabajo a distancia había llegado para quedarse. Pero el año de encierro le enseñó a muchos su valor personal más allá de las instituciones. Pienso en los periodistas que ya no necesitan a la gran institución mediática o en los maestros; un youtube y un zoom son suficientes. Frente a tanta independencia, las grandes empresas abogan por el regreso, temen perder sus talentos. Me pregunto, si esto que llamo experimento, no funcionó.



viernes, 30 de abril de 2021

PRÓLOGO 2016; TODA VIDA ES UN PROCESO DE DEMOLICIÓN- Scott Fitzgerald

   Zyanya Mariana 

“TODA VIDA ES UN PROCESO DE DEMOLICIÓN”.
(PRÓLOGO AL LIBRO
EL EXTRAÑO CASO DE BENJAMIN BUTTON Y OTROS RELATOS 
de Scott Fitzgerald, Mirlo Pocket, México 2017) 

 


 

Hay otra clase de golpe que viene de adentro,

que no se siente hasta que ya es tarde para tomar alguna medida,

hasta que uno entiende irrevocablemente

que en algunos aspectos nunca volverá

a ser tan buen hombre como antes”.

El crack up, Fitzgerald

 

 

Muy posiblemente los relatos de Scott Fitzgerald constituyan la parte más rica y variada de su obra. Aunque desiguales plasman tanto la generación perdida, esa que amó por igual el jazz, la ginebra y Paris; como el signo de los días, esos tiempos de blofeo y especulación monetaria que escondían los Felices años veinte y terminarían desembocando, primero, en el crash del 29 y, después, en la hecatombe occidental de 1940. 

Si durante la Gran Guerra Europea (14-18), los gobiernos de Europa occidental prosperaban, y el nacionalismo florecía, y los conflictos sociales se aplacaban y enormes cantidades de jóvenes morían en los campos de batalla; en Estados Unidos, que aún no se integraba a la guerra, el socialismo y las tensiones sociales estaban en aumento. Sin embargo los compras bélicas de los aliados, particularmente de Inglaterra, habían reestimulado la economía y con ello el consumo y cierto discurso esperanzador y hueco.

A pesar de las grandilocuentes palabras de Wilson sobre una guerra “para acabar con todas las guerras” y “para convertir el mundo en un lugar más seguro para la democracia” los norteamericanos no se apresuraron a entrar al conflicto ultramar. Cuando finalmente se alistaron y regresaron en noviembre de 1918, el saldo era cincuenta mil soldados norteamericanos muertos, una amargura profunda y la desilusión que se extendió por todo el país, incluso entre los más patriotas. La guerra y sus muertes no habían servido para crear un mundo mejor y esta verdad la reflejarían escritores como Ernest Hemingway y su novela Adiós a las armas (Farewell to arms, 1929); Irwin Shaw y la pieza de teatro Enterrad a los muertos (Bury the dead), estrenada en 1936, o en la narración que hiciera John Dos Passos de la muerte de John Doe en su novela 1919.  Entre todos ellos un joven narrador, menos interesado en la política pero quizás más capaz de entender su tiempo y reflejarlo en un mosaico de palabras, Francis Scott Fitzgerald.

 

EL CUENTO PROPIO DEL DERRUMBE

Ese niño católico de ascendencia irlandesa tenía estrella. Nació, un 24 de septiembre de 1896 en St. Paul, Minesota y sobrevivió a sus hermanas, quienes con su muerte lo convirtieron en escritor, según afirmaría Fitzgerald en una entrevista años más tarde. Aunque de condición más bien modesta, ingresa, gracias a una pequeña herencia por parte de la familia materna, a la escuela privada Saint-Paul Academy donde descubre las seducciones venenosas del universo de los ricos y la crueldad de las diferencias sociales, experiencia vital que aparecerá en toda su obra.

Lector asiduo, tiene sueños de grandeza y dificultades para relacionarse con los demás; aspira a la mejor universidad del país, Princeton, a la que ingresa en 1913. De la época universitaria, donde hará estudios mediocres sin titularse, conserva la frustración y el reproche de no haber pertenecido al equipo de fútbol. Escribe y escribe mucho pero añorante de la propaganda épica de la guerra, en 1917 se enrola en la armada donde podrá alcanzar, piensa, la gloria anhelada del hombre atlético, del hombre de acción. Sin embargo no son las armas sino un baile que lo convertirá en un hombre de literatura.

En efecto en 1918 conoce a la hija del juez Sayre; Zelda, una niña de Alabama de apenas 18 años pero con un espíritu libertario, casi impropio en las jóvenes sureñas, que deslumbrará a Scott. La guerra termina antes de que pueda embarcarse pero la suerte le sonríe a su primera novela A este lado del paraíso, escrita originalmente para conquistar a Zelda y retomando rasgos de su personalidad y su espíritu. La novela, que narra las pasiones arrebatadas de un joven escritor y estudiante en Princeton, aparece en 1920 y provoca un escándalo y un delicioso éxito. Fitzgerald se convierte entonces en el portavoz de una nueva generación, de la época del jazz, de las flappers –bailarinas de Charleston de cabellos cortos y rodillas desnudas—, pero también en el heraldo, quizás sin desearlo, de una voz femenina fuerte presente en varios de sus cuentos.

Rico y famoso, el 3 de abril de 1920, año iniciático, se casa por fin en Nueva York con la mujer de sus sueños, la más bella entre las chicas, Zelda Sayre, la acompañante perfecta de correrías. Ella, loca de amor, elegirá, sobre la independencia personal, convertirse en la esposa de un joven escritor prometedor; elección que Zelda lamentará con los años.

Casados, convertidos en una pareja icónica de los Locos años veinte, Nueva York se convierte en una fiesta. Y cuando deja de serlo se van a Europa, más barata, a intentar continuar la fiesta. En 1921 nace su única hija Scottie, pero ni siquiera la niña logra parar el carrusel económico y sentimental. Gastan más de lo que ingresan, se pelean más de lo que se divierten. Se engañan, compiten. Ambos pelearán la experiencia vivida que Scott narra en Suave es la noche y Zelda en Resérvame el vals, texto mutilado por las exigencias de Scott.

La gloria de Scott no dura más que el parpadeo de Los años locos. Después de la crisis económica de 1929-1930 su universo pasa de moda y su mundo se desmorona. Desde 1930 Zelda sufre crisis recurrentes y pasa de clínica en clínica, de Europa a Estados Unidos, siempre las más caras. Diagnosticada finalmente como esquizofrénica pasa los últimos días de su vida internada en el hospital Highland, en Carolina del Norte, donde finalmente muere calcinada en 1948 en un incendio.

Scott, alcoholizado, trabaja en Hollywood como guionista. El sueño lo abandona y una esterilidad clarividente lo sumerge y paraliza. Los últimos años se rompe como un plato de porcelana. Se había moldeado en las diferencias sociales de provincia; se había forjado en los encarcelamientos, la intimidación y las campañas en pro de la unidad nacional que se multiplicaron durante la participación de los E.U en la guerra del 14-18, —acontecimientos que se materializaron la primavera del 19 en tres hechos acaecidos en Nueva York y con los cuales Scott construye su magnifico cuento “Primero de mayo (S.O.S.)”, publicado en Smart Set en 1920—. Inconmovible, sin embargo, a los hechos políticos se decora con la embriaguez del éxito que le dio su primera novela y se hornea en esa búsqueda de felicidad a cualquier precio. Olvidado, transcurre sus días junto a Sheilah Graham, su acompañante y sosiego. Fallece el 21 de diciembre de 1940, banalmente, de una crisis cardiaca escuchando un partido de fútbol por la radio. De los años locos sólo quedaba el cuerpo del derrumbe y una profunda sensación de fracaso.

La crítica especializada de la época tampoco lo consideró un gran escritor, sin embargo John Dos Passos, también perteneciente a la generación perdida que vivió el exilio dulce en Paris, en un artículo donde lamenta la muerte prematura del escritor afirma: “es precisamente la capacidad de separarse de una época y sintetizar también esa misma época lo que hace a una obra meritoria”. Hablaba allí del significado histórico de la obra de Fitzgerald, aludía particularmente a Monroe Stahr, protagonista de su novela póstuma, El último magnate, un todopoderoso productor cinematográfico de Hollywood, paradigma de la cultura norteamericana contemporánea. Y si la critica en su momento se equivocó Hemingway, que reconoció su talento, y Dos Passos, la trascendencia de su obra, supieron que las palabras de Scott profetizaban el convulso siglo XX.  

 

LOS 160 RELATOS DE FITZGERALD

En mi opinión, los relatos y las novelas de Fitzgerald no sólo revelan la herencia melancólica, siempre al borde del abismo, que dejó el escritor norteamericano en la literatura contemporánea sino la lucidez como resultado tardío de una fractura interior, sobrevenida en un momento dado.

A caballo entre el ensayo, la autobiografía, la ficción y el cuento, los relatos recorren toda la vida de Fitzgerald. En efecto de los 160 textos, incluyendo sus escritos del periodo escolar, treinta y ocho fueron publicados profesionalmente antes de El Gran Gatsby (1925), cincuenta y cinco entre Gatsby y Suave es la noche (1934); sesenta y cuatro durante los años veinte y cincuenta y ocho en la década de los treinta, la última de su vida. De todo ese material sólo 46 fueron elegidos para la edición de cuatro libros publicados en vida del autor: Flappers y filósofos (1921); Todos los hombres tristes (1926); Toque de diana (1935); y sólo 11 para conformar unos de sus mejores libros Cuentos de la Era del Jazz de 1922.

Si al principio escribir y vender los relatos en el Saturday Evening Post, Collier´s Magazine y Esquire, las revistas más importantes de la época, le habían provocado euforia y dinero, muy pronto él mismo los clasificaría de mediocres y fáciles, antes que la critica los institucionalizara como tales. Le exigían un tiempo y un esfuerzo que no resultaban suficientemente lucrativos. Se consideraban trabajos de segunda, tiempo desperdiciado para su verdadera obra literaria; la gran novela americana; única aportación posible a la cultura occidental y la tradición literaria.

El mismo Ernest Hemingway suponía que los trabajos posteriores a El Gran Gatsby y la repetida tendencia de su amigo Scott a publicar historias comerciales acabarían por minar su talento natural. Por lo menos así lo recordó en París era una fiesta (1964), el retrato de los años franceses, “pobres pero felices”, que vivieron los expatriados norteamericanos.

Lo sorprendente es que el mismo Fitzgerald empezó a contemplar su obra como una narrativa del fracaso, de lo perdido. Muy posiblemente por ello confesaría en una carta de abril de sus Cuadernos:

“Les he pedido demasiado a mis emociones: ciento veinte cuentos. El precio fue alto, como lo fue para Kipling, porque había una pequeña gota de algo —no era sangre, ni lágrimas, ni siquiera mi semilla sino algo mío más intimo que eso, en cada cuento, algo extra que era mío. Ahora se ha ido y ya soy exactamente igual que todos”.

Sus palabras no podían ser más cierta pues la escritura de sus relatos atraviesa toda la vida de Fitzgerald quien nunca intentó, ni pretendió ser un escritor de vanguardia sino hacer de su vida,  añorante de los días de gloria y acción, y de su obra un reflejo de la violencia contenida de la época, del exceso y de la sórdida belleza.

Un ejemplo claro de sórdida belleza sería el hoy muy famoso cuento “El extraño caso de Benjamin Button” aparecido por primera vez en la revista Collier en 1922. El cuento que narra la vida de un hombre que inicia en la vejez y termina como bebé fue inspirada por un comentario de Mark Twain, como el mismo Fitzgerald explicara en Cuentos de la era de jazz: “Me inspiró el cuento un comentario de Mark Twain: era una lástima que el mejor tramo de nuestra vida estuviera al principio y el peor al final. He intentado demostrar su tesis, haciendo un experimento con un hombre inserto en un ambiente absolutamente normal.”

            Empero si la tensión entre lo sórdido y la belleza de un hombre que recorre la vida al revés terminan seduciéndonos, no es así con el ambiguo glamour del exceso, ese que Fitzgerald plasma en jóvenes personajes y que, como hilo de Ariadna, recorren toda su obra. Entre risas fáciles, montañas diamantinas y jazz, ellas y ellos desean, bailan y aman hasta que llega el golpe que desborda la violencia oculta y, entonces, caen y se derrumban. Esto es verdad en casi todos sus cuentos desde los aparentemente ingenuos hasta los fantásticamente crueles.

Entre los inocentes un clásico, publicado originalmente en el Saturday Evening Post, el primero de mayo de 1920, “Berenice se corta el pelo” (“Berenice Bobs Her Hair”), un año después, en 1921, fue incluido en el libro Flappers y filósofos. Este cuento, aunque no aparece en esta edición de Cuentos de la Era del Jazz, revela elementos que reaparecerán a lo largo de la obra Fitzgeraldiana. Me refiero a la fuerza de los personajes femeninos; a la idea de triunfo social como erosión emocional interna; o al uso de su experiencia de vida —cartas personales, diarios, correspondencia laboral— como material para su literatura. De hecho este cuento, o pequeño relato, se basa en los consejos detallados que Fitzgerald le enviara a su hermana para conquistar a los chicos: “cultiva un deliberado encanto físico” ,alentaba Scott a su hermana Annabel, como una forma de triunfar en la vida. Y en efecto el cuento narra la competencia de dos primas por atraer el interés de los chicos hasta que Berenice, empujada por las circunstancias y contra su voluntad, se corta el cabello hasta la nuca, al estilo Bob.

En esos años de emancipación femenina, el corte de cabello hasta la nuca; el maquillaje en el rostro; la bienvenida a las faldas cortas y el adiós del corsé estaban acompañados de ritmos de jazz y bailes acalorados en los clubs de la época —Como Fitzgerals Coppola inmortalizará la época y sus contradicciones filmando la historia del mítico club de Harlem, el Cotton Club (1984) de los años 20, que hiciera famosos a los grandes negros de la música como Ella Fitzgerald, Louis Amstrong, Nat King Cole o Billie Holiday, por sólo nombrar algunos, pero negara la entrada a los clientes afroamericanos— . Más aún, estas mujeres de pelos y faldas cortas que bebían y fumaban, que tenían relaciones sexuales ocasionales e incluso conducían… querían vivir como los hombres y ser libres. Y sin embargo Fitzgerald observa que el cambio de costumbres, aparentemente emancipatorias de la época, es también un juego perverso, una herramienta de vasallaje social: Mientras más triunfo social menor libertad interior. La noción del fracaso y la soledad sobrevuelan constantemente a las protagonistas, Berenice y Marjorie, que anuncian la falsa libertad del triunfalismo y del éxito posterior tan aclamado de la sociedad norteamericana.

Sin embargo en ningún cuento la sensación de opresión derivada del éxito y la riqueza es tan grande como en el relato fantástico “El diamante tan grande como el Ritz” (“The Diamond as Big as the Ritz”), publicado con muchas dificultades en la revista The Smart Set en junio de 1922. A pesar de que Fitzgerald le hubiera invertido “tres semanas de verdadero entusiasmo”, el texto fue rechazado por el Post y otras revistas de importante circulación; cuando finalmente accedieron a publicarlo, después de haber eliminado varios fragmentos, sólo le pagaron 300 dólares. En su momento el texto fue considerado, por los responsables de las revistas, como incomprensible, blasfemo o de plano una desagradable sátira hacia los ricos. Y en efecto este relato, pequeña obra de arte, anuncia, en una época todavía de esplendor y crecimiento económico, las atroces consecuencias de las desigualdades económicas y sociales.

Al incluirlo en el volumen Cuentos de la Era del Jazz, Fitzgerald aclararía: “… lo escribí exclusivamente para mi propio placer. Mi estado de ánimo se caracterizaba entonces por una absoluta ansia de lujo, y el relato se me ocurrió como un intento de saciar aquella ansia con manjares imaginarios”. Muy posiblemente el pequeño texto introductorio sea honesto. El protagonista del cuento un tal John T. Unger (el nombre resuena a hunger hambre), oriundo del pequeño pueblo Hades, un inframundo que ordena en su primer mandamiento “adorar y venerar las riquezas”, parte a estudiar al colegio de San Midas —palabra homónima del mito que habla del rey que todo lo transformaba en oro hasta la comida—, donde conoce a Percy Washington; un chico indudablemente rico que en clases se mantiene alejado de los demás. El cuento desarrolla una trama alrededor de los lujos obtenidos vía la suerte, el comercio y una vida al margen del Estado, todo en un tono fantástico o maravilloso hasta que la realidad se impone y concluye que la riqueza imposibilita la amistad, el amor, pero la falta de ella impide la vida cómoda. Esta parábola siniestra va más allá de ese “toque de desastre” que le gustaba incluir a Scott en los finales de sus textos pues recuerda cómo, desde finales del siglo XIX, los fines de la vida moderna se subordinan a los medios de la producción y el consumo.

Muy posiblemente el exceso de una guerra, que para los jóvenes norteamericanos terminó muy pronto, y el excedente económico, que se eclipsará un jueves negro, subyace como violencia en toda la obra fitzgeraldiana; es un suave aliento que empuja los deseos y las frustraciones, como una inhalación que hincha el pecho de un joven para conquistar el mundo, los salones y la inalcanzable mujer de ojos claros para luego, en una fatua exhalación, en una borrachera cualquiera, perderla y perderse junto al mundo.

Zyanya Mariana
Septiembre 19 y 2016,
México-Tenochtitlán