Zyanya Mariana
“TODA VIDA ES UN PROCESO DE
DEMOLICIÓN”.
(PRÓLOGO AL LIBRO
EL EXTRAÑO CASO DE BENJAMIN BUTTON Y OTROS RELATOS
de Scott Fitzgerald, Mirlo Pocket, México 2017)

Hay otra clase de golpe que viene de adentro,
que no se siente hasta que ya es tarde para tomar alguna medida,
hasta que uno entiende irrevocablemente
que en algunos aspectos nunca volverá
a ser tan buen hombre como antes”.
El crack up, Fitzgerald
Muy posiblemente los relatos de Scott Fitzgerald constituyan la parte más rica y variada de su obra. Aunque desiguales plasman tanto la generación perdida, esa que amó por igual el jazz, la ginebra y Paris; como el signo de los días, esos tiempos de blofeo y especulación monetaria que escondían los Felices años veinte y terminarían desembocando, primero, en el crash del 29 y, después, en la hecatombe occidental de 1940.
Si durante la Gran Guerra Europea (14-18), los gobiernos de Europa occidental prosperaban, y el nacionalismo florecía, y los conflictos sociales se aplacaban y enormes cantidades de jóvenes morían en los campos de batalla; en Estados Unidos, que aún no se integraba a la guerra, el socialismo y las tensiones sociales estaban en aumento. Sin embargo los compras bélicas de los aliados, particularmente de Inglaterra, habían reestimulado la economía y con ello el consumo y cierto discurso esperanzador y hueco.
A pesar de las grandilocuentes palabras de Wilson sobre una guerra “para acabar con todas las guerras” y “para convertir el mundo en un lugar más seguro para la democracia” los norteamericanos no se apresuraron a entrar al conflicto ultramar. Cuando finalmente se alistaron y regresaron en noviembre de 1918, el saldo era cincuenta mil soldados norteamericanos muertos, una amargura profunda y la desilusión que se extendió por todo el país, incluso entre los más patriotas. La guerra y sus muertes no habían servido para crear un mundo mejor y esta verdad la reflejarían escritores como Ernest Hemingway y su novela Adiós a las armas (Farewell to arms, 1929); Irwin Shaw y la pieza de teatro Enterrad a los muertos (Bury the dead), estrenada en 1936, o en la narración que hiciera John Dos Passos de la muerte de John Doe en su novela 1919. Entre todos ellos un joven narrador, menos interesado en la política pero quizás más capaz de entender su tiempo y reflejarlo en un mosaico de palabras, Francis Scott Fitzgerald.
EL CUENTO PROPIO DEL DERRUMBE
Ese niño católico de ascendencia irlandesa tenía estrella. Nació, un 24 de septiembre de 1896 en St. Paul, Minesota y sobrevivió a sus hermanas, quienes con su muerte lo convirtieron en escritor, según afirmaría Fitzgerald en una entrevista años más tarde. Aunque de condición más bien modesta, ingresa, gracias a una pequeña herencia por parte de la familia materna, a la escuela privada Saint-Paul Academy donde descubre las seducciones venenosas del universo de los ricos y la crueldad de las diferencias sociales, experiencia vital que aparecerá en toda su obra.
Lector asiduo, tiene sueños de grandeza y dificultades para relacionarse con los demás; aspira a la mejor universidad del país, Princeton, a la que ingresa en 1913. De la época universitaria, donde hará estudios mediocres sin titularse, conserva la frustración y el reproche de no haber pertenecido al equipo de fútbol. Escribe y escribe mucho pero añorante de la propaganda épica de la guerra, en 1917 se enrola en la armada donde podrá alcanzar, piensa, la gloria anhelada del hombre atlético, del hombre de acción. Sin embargo no son las armas sino un baile que lo convertirá en un hombre de literatura.
En efecto en 1918 conoce a la hija del juez Sayre; Zelda, una niña de Alabama de apenas 18 años pero con un espíritu libertario, casi impropio en las jóvenes sureñas, que deslumbrará a Scott. La guerra termina antes de que pueda embarcarse pero la suerte le sonríe a su primera novela A este lado del paraíso, escrita originalmente para conquistar a Zelda y retomando rasgos de su personalidad y su espíritu. La novela, que narra las pasiones arrebatadas de un joven escritor y estudiante en Princeton, aparece en 1920 y provoca un escándalo y un delicioso éxito. Fitzgerald se convierte entonces en el portavoz de una nueva generación, de la época del jazz, de las flappers –bailarinas de Charleston de cabellos cortos y rodillas desnudas—, pero también en el heraldo, quizás sin desearlo, de una voz femenina fuerte presente en varios de sus cuentos.
Rico y famoso, el 3 de abril de 1920, año iniciático, se casa por fin en Nueva York con la mujer de sus sueños, la más bella entre las chicas, Zelda Sayre, la acompañante perfecta de correrías. Ella, loca de amor, elegirá, sobre la independencia personal, convertirse en la esposa de un joven escritor prometedor; elección que Zelda lamentará con los años.
Casados, convertidos en una pareja icónica de los Locos años veinte, Nueva York se convierte en una fiesta. Y cuando deja de serlo se van a Europa, más barata, a intentar continuar la fiesta. En 1921 nace su única hija Scottie, pero ni siquiera la niña logra parar el carrusel económico y sentimental. Gastan más de lo que ingresan, se pelean más de lo que se divierten. Se engañan, compiten. Ambos pelearán la experiencia vivida que Scott narra en Suave es la noche y Zelda en Resérvame el vals, texto mutilado por las exigencias de Scott.
La gloria de Scott no dura más que el parpadeo de Los años locos. Después de la crisis económica de 1929-1930 su universo pasa de moda y su mundo se desmorona. Desde 1930 Zelda sufre crisis recurrentes y pasa de clínica en clínica, de Europa a Estados Unidos, siempre las más caras. Diagnosticada finalmente como esquizofrénica pasa los últimos días de su vida internada en el hospital Highland, en Carolina del Norte, donde finalmente muere calcinada en 1948 en un incendio.
Scott, alcoholizado, trabaja en Hollywood como guionista. El sueño lo abandona y una esterilidad clarividente lo sumerge y paraliza. Los últimos años se rompe como un plato de porcelana. Se había moldeado en las diferencias sociales de provincia; se había forjado en los encarcelamientos, la intimidación y las campañas en pro de la unidad nacional que se multiplicaron durante la participación de los E.U en la guerra del 14-18, —acontecimientos que se materializaron la primavera del 19 en tres hechos acaecidos en Nueva York y con los cuales Scott construye su magnifico cuento “Primero de mayo (S.O.S.)”, publicado en Smart Set en 1920—. Inconmovible, sin embargo, a los hechos políticos se decora con la embriaguez del éxito que le dio su primera novela y se hornea en esa búsqueda de felicidad a cualquier precio. Olvidado, transcurre sus días junto a Sheilah Graham, su acompañante y sosiego. Fallece el 21 de diciembre de 1940, banalmente, de una crisis cardiaca escuchando un partido de fútbol por la radio. De los años locos sólo quedaba el cuerpo del derrumbe y una profunda sensación de fracaso.
La crítica especializada de la época tampoco lo consideró un gran escritor, sin embargo John Dos Passos, también perteneciente a la generación perdida que vivió el exilio dulce en Paris, en un artículo donde lamenta la muerte prematura del escritor afirma: “es precisamente la capacidad de separarse de una época y sintetizar también esa misma época lo que hace a una obra meritoria”. Hablaba allí del significado histórico de la obra de Fitzgerald, aludía particularmente a Monroe Stahr, protagonista de su novela póstuma, El último magnate, un todopoderoso productor cinematográfico de Hollywood, paradigma de la cultura norteamericana contemporánea. Y si la critica en su momento se equivocó Hemingway, que reconoció su talento, y Dos Passos, la trascendencia de su obra, supieron que las palabras de Scott profetizaban el convulso siglo XX.
LOS 160 RELATOS DE FITZGERALD
En mi opinión, los relatos y las novelas de Fitzgerald no sólo revelan la herencia melancólica, siempre al borde del abismo, que dejó el escritor norteamericano en la literatura contemporánea sino la lucidez como resultado tardío de una fractura interior, sobrevenida en un momento dado.
A caballo entre el ensayo, la autobiografía, la ficción y el cuento, los relatos recorren toda la vida de Fitzgerald. En efecto de los 160 textos, incluyendo sus escritos del periodo escolar, treinta y ocho fueron publicados profesionalmente antes de El Gran Gatsby (1925), cincuenta y cinco entre Gatsby y Suave es la noche (1934); sesenta y cuatro durante los años veinte y cincuenta y ocho en la década de los treinta, la última de su vida. De todo ese material sólo 46 fueron elegidos para la edición de cuatro libros publicados en vida del autor: Flappers y filósofos (1921); Todos los hombres tristes (1926); Toque de diana (1935); y sólo 11 para conformar unos de sus mejores libros Cuentos de la Era del Jazz de 1922.
Si al principio escribir y vender los relatos en el Saturday Evening Post, Collier´s Magazine y Esquire, las revistas más importantes de la época, le habían provocado euforia y dinero, muy pronto él mismo los clasificaría de mediocres y fáciles, antes que la critica los institucionalizara como tales. Le exigían un tiempo y un esfuerzo que no resultaban suficientemente lucrativos. Se consideraban trabajos de segunda, tiempo desperdiciado para su verdadera obra literaria; la gran novela americana; única aportación posible a la cultura occidental y la tradición literaria.
El mismo Ernest Hemingway suponía que los trabajos posteriores a El Gran Gatsby y la repetida tendencia de su amigo Scott a publicar historias comerciales acabarían por minar su talento natural. Por lo menos así lo recordó en París era una fiesta (1964), el retrato de los años franceses, “pobres pero felices”, que vivieron los expatriados norteamericanos.
Lo sorprendente es que el mismo Fitzgerald empezó a contemplar su obra como una narrativa del fracaso, de lo perdido. Muy posiblemente por ello confesaría en una carta de abril de sus Cuadernos:
“Les he pedido demasiado a mis emociones: ciento veinte cuentos. El precio fue alto, como lo fue para Kipling, porque había una pequeña gota de algo —no era sangre, ni lágrimas, ni siquiera mi semilla sino algo mío más intimo que eso, en cada cuento, algo extra que era mío. Ahora se ha ido y ya soy exactamente igual que todos”.
Sus palabras no podían ser más cierta pues la escritura de sus relatos atraviesa toda la vida de Fitzgerald quien nunca intentó, ni pretendió ser un escritor de vanguardia sino hacer de su vida, añorante de los días de gloria y acción, y de su obra un reflejo de la violencia contenida de la época, del exceso y de la sórdida belleza.
Un ejemplo claro de sórdida belleza sería el hoy muy famoso cuento “El extraño caso de Benjamin Button” aparecido por primera vez en la revista Collier en 1922. El cuento que narra la vida de un hombre que inicia en la vejez y termina como bebé fue inspirada por un comentario de Mark Twain, como el mismo Fitzgerald explicara en Cuentos de la era de jazz: “Me inspiró el cuento un comentario de Mark Twain: era una lástima que el mejor tramo de nuestra vida estuviera al principio y el peor al final. He intentado demostrar su tesis, haciendo un experimento con un hombre inserto en un ambiente absolutamente normal.”
Empero si la tensión entre lo sórdido y la belleza de un hombre que recorre la vida al revés terminan seduciéndonos, no es así con el ambiguo glamour del exceso, ese que Fitzgerald plasma en jóvenes personajes y que, como hilo de Ariadna, recorren toda su obra. Entre risas fáciles, montañas diamantinas y jazz, ellas y ellos desean, bailan y aman hasta que llega el golpe que desborda la violencia oculta y, entonces, caen y se derrumban. Esto es verdad en casi todos sus cuentos desde los aparentemente ingenuos hasta los fantásticamente crueles.
Entre los inocentes un clásico, publicado originalmente en el Saturday Evening Post, el primero de mayo de 1920, “Berenice se corta el pelo” (“Berenice Bobs Her Hair”), un año después, en 1921, fue incluido en el libro Flappers y filósofos. Este cuento, aunque no aparece en esta edición de Cuentos de la Era del Jazz, revela elementos que reaparecerán a lo largo de la obra Fitzgeraldiana. Me refiero a la fuerza de los personajes femeninos; a la idea de triunfo social como erosión emocional interna; o al uso de su experiencia de vida —cartas personales, diarios, correspondencia laboral— como material para su literatura. De hecho este cuento, o pequeño relato, se basa en los consejos detallados que Fitzgerald le enviara a su hermana para conquistar a los chicos: “cultiva un deliberado encanto físico” ,alentaba Scott a su hermana Annabel, como una forma de triunfar en la vida. Y en efecto el cuento narra la competencia de dos primas por atraer el interés de los chicos hasta que Berenice, empujada por las circunstancias y contra su voluntad, se corta el cabello hasta la nuca, al estilo Bob.
En esos años de emancipación femenina, el corte de cabello hasta la nuca; el maquillaje en el rostro; la bienvenida a las faldas cortas y el adiós del corsé estaban acompañados de ritmos de jazz y bailes acalorados en los clubs de la época —Como Fitzgerals Coppola inmortalizará la época y sus contradicciones filmando la historia del mítico club de Harlem, el Cotton Club (1984) de los años 20, que hiciera famosos a los grandes negros de la música como Ella Fitzgerald, Louis Amstrong, Nat King Cole o Billie Holiday, por sólo nombrar algunos, pero negara la entrada a los clientes afroamericanos— . Más aún, estas mujeres de pelos y faldas cortas que bebían y fumaban, que tenían relaciones sexuales ocasionales e incluso conducían… querían vivir como los hombres y ser libres. Y sin embargo Fitzgerald observa que el cambio de costumbres, aparentemente emancipatorias de la época, es también un juego perverso, una herramienta de vasallaje social: Mientras más triunfo social menor libertad interior. La noción del fracaso y la soledad sobrevuelan constantemente a las protagonistas, Berenice y Marjorie, que anuncian la falsa libertad del triunfalismo y del éxito posterior tan aclamado de la sociedad norteamericana.
Sin embargo en ningún cuento la sensación de opresión derivada del éxito y la riqueza es tan grande como en el relato fantástico “El diamante tan grande como el Ritz” (“The Diamond as Big as the Ritz”), publicado con muchas dificultades en la revista The Smart Set en junio de 1922. A pesar de que Fitzgerald le hubiera invertido “tres semanas de verdadero entusiasmo”, el texto fue rechazado por el Post y otras revistas de importante circulación; cuando finalmente accedieron a publicarlo, después de haber eliminado varios fragmentos, sólo le pagaron 300 dólares. En su momento el texto fue considerado, por los responsables de las revistas, como incomprensible, blasfemo o de plano una desagradable sátira hacia los ricos. Y en efecto este relato, pequeña obra de arte, anuncia, en una época todavía de esplendor y crecimiento económico, las atroces consecuencias de las desigualdades económicas y sociales.
Al incluirlo en el volumen Cuentos de la Era del Jazz, Fitzgerald aclararía: “… lo escribí exclusivamente para mi propio placer. Mi estado de ánimo se caracterizaba entonces por una absoluta ansia de lujo, y el relato se me ocurrió como un intento de saciar aquella ansia con manjares imaginarios”. Muy posiblemente el pequeño texto introductorio sea honesto. El protagonista del cuento un tal John T. Unger (el nombre resuena a hunger hambre), oriundo del pequeño pueblo Hades, un inframundo que ordena en su primer mandamiento “adorar y venerar las riquezas”, parte a estudiar al colegio de San Midas —palabra homónima del mito que habla del rey que todo lo transformaba en oro hasta la comida—, donde conoce a Percy Washington; un chico indudablemente rico que en clases se mantiene alejado de los demás. El cuento desarrolla una trama alrededor de los lujos obtenidos vía la suerte, el comercio y una vida al margen del Estado, todo en un tono fantástico o maravilloso hasta que la realidad se impone y concluye que la riqueza imposibilita la amistad, el amor, pero la falta de ella impide la vida cómoda. Esta parábola siniestra va más allá de ese “toque de desastre” que le gustaba incluir a Scott en los finales de sus textos pues recuerda cómo, desde finales del siglo XIX, los fines de la vida moderna se subordinan a los medios de la producción y el consumo.
Muy posiblemente el exceso de una guerra, que para los jóvenes norteamericanos terminó muy pronto, y el excedente económico, que se eclipsará un jueves negro, subyace como violencia en toda la obra fitzgeraldiana; es un suave aliento que empuja los deseos y las frustraciones, como una inhalación que hincha el pecho de un joven para conquistar el mundo, los salones y la inalcanzable mujer de ojos claros para luego, en una fatua exhalación, en una borrachera cualquiera, perderla y perderse junto al mundo.
Zyanya Mariana
Septiembre 19 y 2016,
México-Tenochtitlán