domingo, 10 de noviembre de 2024

197. CHRIS HEDGES/ El exterminio funciona. Al principio: PENSAR, REPENSAR Y DISENTIR EN TIEMPOS DE GAZA BOMBARDEADA

Publicado originalmente
el 15/10/2024
versión al español Zyanya Mariana 



Sello mesiánico de Jerusalém



El exterminio funciona. Al principio.


El exterminio funciona. Al principio. Ésta es la terrible lección de la historia. Si no se detiene a Israel —y ninguna potencia exterior parece dispuesta a detener el genocidio en Gaza o la destrucción del Líbano—, logrará sus objetivos de despoblar y anexar el norte de Gaza y convertir el sur de Gaza en un osario donde los palestinos son quemados vivos, diezmados por bombas y mueren de hambre y enfermedades infecciosas, hasta que son expulsados. Logrará su objetivo de destruir el Líbano —2.255 personas han sido asesinadas y más de un millón de libaneses han sido desplazados— en un intento de convertirlo en un estado fallido. Y pronto podría hacer realidad su anhelado sueño de obligar a Estados Unidos a entrar en guerra con Irán. Los dirigentes israelíes están babeando públicamente ante las propuestas de asesinar al líder iraní, el ayatolá Ali Hosseini Khamenei, y llevar a cabo ataques aéreos contra las instalaciones nucleares y petroleras de Irán.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y su gabinete, al igual que quienes impulsan la política de Oriente Medio en la Casa Blanca (Antony Blinken, criado en una familia sionista acérrima, Brett McGurk, Amos Hochstein, que nació en Israel y sirvió en el ejército israelí, y Jake Sullivan), son verdaderos creyentes de la doctrina de que la violencia puede moldear el mundo para que se ajuste a su visión demente. El hecho de que esta doctrina haya sido un fracaso espectacular en los territorios ocupados de Israel y no haya funcionado en Afganistán, Irak, Siria y Libia, y una generación antes en Vietnam, no los disuade. Esta vez, nos aseguran, tendrá éxito.

A corto plazo tienen razón. No es una buena noticia para los palestinos ni para los libaneses. Estados Unidos e Israel seguirán utilizando su arsenal de armas industriales para matar a un gran número de personas y convertir las ciudades en escombros. Pero a largo plazo, esta violencia indiscriminada siembra dientes de dragón. Crea adversarios que, a veces una generación después, superan en salvajismo —lo llamamos terrorismo— lo que se hizo con los asesinados en la generación anterior.

El odio y el ansia de venganza, como aprendí al cubrir la guerra en la ex Yugoslavia, se transmiten como un elixir venenoso de una generación a la siguiente. Nuestras desastrosas intervenciones en Afganistán, Irak, Siria, Libia y Yemen, junto con la invasión israelí del Líbano en 1982, que creó Hezbolá, deberían habernos enseñado esto.

Aquellos de nosotros que cubrimos Oriente Medio nos quedamos atónitos ante la idea de que la administración Bush imaginara que sería recibida como liberadora en Irak, cuando Estados Unidos había pasado más de una década imponiendo sanciones que resultaron en una grave escasez de alimentos y medicinas, causando la muerte de al menos un millón de iraquíes, incluidos 500.000 niños. Denis Halliday, el Coordinador Humanitario de las Naciones Unidas en Irak, renunció en 1998 a causa de las sanciones impuestas por Estados Unidos, calificándolas de “genocidas” porque representaban “una política deliberada para destruir al pueblo de Irak”.

La ocupación israelí de Palestina y sus bombardeos de saturación del Líbano en 1982 fueron el catalizador del ataque de Osama bin Laden a las Torres Gemelas de Nueva York en 2001, junto con el apoyo de Estados Unidos a los ataques contra musulmanes en Somalia, Chechenia, Cachemira y el sur de Filipinas, la asistencia militar estadounidense a Israel y las sanciones a Irak.

¿Seguirá la comunidad internacional permaneciendo pasiva y permitiendo que Israel lleve a cabo una campaña de exterminio masivo? ¿Habrá límites alguna vez? ¿O la guerra con el Líbano e Irán proporcionará una cortina de humo (las peores campañas israelíes de limpieza étnica y asesinatos en masa siempre se han llevado a cabo bajo el manto de la guerra) para convertir lo que está sucediendo en Palestina en una versión actualizada del genocidio armenio?

Temo que, dado que el lobby israelí ha comprado y pagado al Congreso y a los dos partidos gobernantes, así como ha intimidado a los medios de comunicación y a las universidades, los ríos de sangre seguirán aumentando. Se puede ganar dinero en la guerra. Mucho dinero. Y la influencia de la industria bélica, apuntalada por los cientos de millones de dólares gastados en campañas políticas por los sionistas, será una barrera formidable para la paz, por no hablar de la cordura.





A menos que, como escribe Chalmers Johnson en “Nemesis: The Last Days of the American Republic”, “eliminemos a la CIA, restablezcamos la recopilación de información en el Departamento de Estado y eliminemos del Pentágono todas las funciones que no sean puramente militares”, “nunca volveremos a conocer la paz, ni con toda probabilidad sobreviviremos mucho tiempo como nación”.

El genocidio se lleva a cabo por desgaste. Una vez que se priva a un grupo de sus derechos, los pasos siguientes son el desplazamiento de la población, la destrucción de la infraestructura y la matanza en masa de civiles. Israel también ataca y mata a observadores internacionales, organizaciones de derechos humanos, trabajadores humanitarios y personal de las Naciones Unidas, algo que se da en la mayoría de los genocidios. Se arresta a periodistas extranjeros y se los acusa de “ayudar al enemigo”, mientras que se asesina a periodistas palestinos y se aniquila a sus familias. Israel lleva a cabo continuos ataques en Gaza contra el Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente (UNRWA), donde dos tercios de sus instalaciones han sido dañadas o destruidas y 223 miembros de su personal han muerto. Ha atacado a la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano (FPNUL), donde se ha disparado contra sus soldados, se les han lanzado gases lacrimógenos y se ha herido a sus efectivos. Esta táctica reproduce los ataques de los serbios de Bosnia en julio de 1995, de los que hablé, contra los puestos avanzados de la Fuerza de Protección de las Naciones Unidas en Srebrenica. Los serbios, que habían cortado el suministro de alimentos al enclave bosnio provocando una grave desnutrición y hambruna, invadieron los puestos de avanzada de la ONU y tomaron como rehenes a 30 soldados de la ONU antes de masacrar a más de 8.000 hombres y niños musulmanes bosnios.

Estas fases iniciales ya han concluido en Gaza. La etapa final es la muerte en masa, no sólo por balas y bombas, sino por hambruna y enfermedades. Desde principios de este mes no ha entrado ningún alimento en el norte de Gaza.

Israel ha estado lanzando panfletos exigiendo la evacuación de todos los habitantes del norte. 400.000 palestinos en el norte de Gaza deben irse o morir. Ha ordenado la evacuación de hospitales (Israel también tiene en la mira hospitales en Líbano), ha desplegado drones para disparar indiscriminadamente contra civiles, incluidos aquellos que intentan llevar a los heridos para que reciban tratamiento, ha bombardeado escuelas que sirven como refugios y ha convertido el campo de refugiados de Jabalia en una zona de fuego libre. Como de costumbre, Israel sigue atacando a periodistas, incluido Fadi Al-Wahidi de Al Jazeera, que recibió un disparo en el cuello y sigue en estado crítico. Se estima que al menos 175 periodistas y trabajadores de los medios de comunicación han muerto a manos de las tropas israelíes en Gaza desde el 7 de octubre, según el Ministerio de Salud palestino.

La Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios advierte de que los envíos de ayuda a toda Gaza están en su nivel más bajo en meses. “La gente se ha quedado sin formas de salir adelante, los sistemas alimentarios han colapsado y persiste el riesgo de hambruna”, señala.

El asedio total impuesto al norte de Gaza se impondrá, en la siguiente etapa, al sur de Gaza. Muertes progresivas. Y el arma principal, como en el norte, será la hambruna.

Egipto y los demás estados árabes se han negado a considerar la posibilidad de aceptar refugiados palestinos. Pero Israel cuenta con crear un desastre humanitario de proporciones tan catastróficas que estos países, u otros países, cederán para poder despoblar Gaza y centrar su atención en la limpieza étnica de Cisjordania. Ése es el plan, aunque nadie, incluido Israel, sabe si funcionará.

El ministro israelí de Finanzas, Bezalel Smotrich, se quejó abiertamente en agosto de que la presión internacional impide a Israel matar de hambre a los palestinos, “aunque podría estar justificado y ser moral, hasta que nos devuelvan nuestros rehenes”.

Lo que está sucediendo en Gaza no es algo sin precedentes. El ejército de Indonesia, respaldado por los EE.UU., llevó a cabo una campaña de un año en 1965 para exterminar a los acusados ​​de ser dirigentes, funcionarios, miembros del partido y simpatizantes comunistas. El baño de sangre –en gran parte llevado a cabo por escuadrones de la muerte rebeldes y bandas paramilitares– diezmó el movimiento sindical junto con la clase intelectual y artística, los partidos de oposición, los líderes estudiantiles universitarios, los periodistas y los chinos étnicos. Un millón de personas fueron masacradas. Muchos de los cuerpos fueron arrojados a los ríos, enterrados apresuradamente o dejados pudrirse en los bordes de las carreteras.

Esta campaña de asesinatos en masa está hoy mitificada en Indonesia, como lo estará en Israel. Se la presenta como una batalla épica contra las fuerzas del mal, de la misma manera que Israel equipara a los palestinos con los nazis.






Los asesinos de la guerra indonesia contra el “comunismo” son aclamados en los mítines políticos. Se los ensalza por salvar al país. Se los entrevista en televisión sobre sus batallas “heroicas”. En 1965, los tres millones de jóvenes de Pancasila (el equivalente indonesio de las “camisas pardas” o las Juventudes Hitlerianas) se unieron al caos genocida y se los considera los pilares de la nación.

El documental de Joshua Oppenheimer “The Act of Killing”, que tardó ocho años en realizarse, expone la psicología oscura de una sociedad que practica el genocidio y venera a los asesinos en masa.

Somos tan depravados como los asesinos de Indonesia e Israel. Mitificamos nuestro genocidio de los nativos americanos, romantizando a nuestros asesinos, pistoleros, forajidos, milicias y unidades de caballería. Nosotros, como Israel, fetichizamos a los militares.





Nuestra matanza en masa en Vietnam, Afganistán e Irak –lo que el sociólogo James William Gibson llama “technowar”– define el ataque de Israel a Gaza y Líbano. La technowar se centra en el concepto de “exceso de muerte”. El exceso de muerte, con su número intencionalmente grande de víctimas civiles, se justifica como una forma eficaz de disuasión.

Nosotros, al igual que Israel, como señala Nick Turse en “Kill Anything That Moves: The Real American War in Vietnam” (“Matad a todo lo que se mueva: la verdadera guerra estadounidense en Vietnam”), mutilamos, maltratamos, golpeamos, torturamos, violamos, herimos y matamos deliberadamente a cientos de miles de civiles desarmados, incluidos niños.



Una mujer llora el cuerpo de su marido tras identificarlo por sus dientes y cubrirle la cabeza con su sombrero cónico. El cuerpo del hombre fue encontrado junto a otros cuarenta y siete en una fosa común cerca de Hue, el 11 de abril de 1969. Se cree que las víctimas murieron durante la ocupación insurgente de Hue como parte de la Ofensiva del Tet. (Horst Faas/AP)



Las matanzas, escribe Turse, “eran el resultado inevitable de políticas deliberadas, dictadas desde los niveles más altos del ejército”.

Muchos de los vietnamitas –al igual que los palestinos– que fueron asesinados, relata Turse, fueron sometidos primero a formas degradantes de abuso público. Fueron, escribe Turse, cuando fueron detenidos por primera vez “confinados en pequeñas ‘jaulas para vacas’ de alambre de púas y a veces pinchados con palos de bambú afilados mientras estaban dentro de ellas”. A otros detenidos “los colocaron en grandes bidones llenos de agua; luego los golpearon con gran fuerza, lo que les causó lesiones internas pero no dejó cicatrices”. A algunos los “suspendieron de cuerdas durante horas o los colgaron boca abajo y los golpearon, una práctica llamada ‘el viaje en avión’”. Los sometieron a descargas eléctricas con teléfonos de campaña operados con manivela, dispositivos alimentados por baterías o incluso picanas eléctricas para ganado”. Les golpearon las plantas de los pies. Les desmembraron los dedos. A los detenidos los acuchillaron con cuchillos, “los asfixiaron, los quemaron con cigarrillos o los golpearon con porras, garrotes, palos, mayales de bambú, bates de béisbol y otros objetos. Muchos fueron amenazados de muerte o incluso sometidos a simulacros de ejecución”. Turse descubrió —de nuevo como Israel— que “los civiles detenidos y los guerrilleros capturados eran utilizados a menudo como detectores humanos de minas y morían regularmente en el proceso”. Y mientras los soldados y los marines participaban en actos diarios de brutalidad y asesinato, la CIA “organizaba, coordinaba y pagaba” un programa clandestino de asesinatos selectivos “de individuos específicos sin ningún intento de capturarlos vivos ni pensar en un juicio legal”.

“Después de la guerra”, concluye Turse, “la mayoría de los académicos descartaron los relatos de crímenes de guerra generalizados que se repiten en las publicaciones revolucionarias vietnamitas y la literatura estadounidense contra la guerra como mera propaganda. Pocos historiadores académicos pensaron siquiera en citar tales fuentes, y casi ninguno lo hizo de manera tan extensa. Mientras tanto, My Lai llegó a representar —y, por lo tanto, a borrar— todas las demás atrocidades estadounidenses. Las estanterías de libros sobre la guerra de Vietnam están ahora llenas de historias generales, estudios sobrios de diplomacia y tácticas militares y memorias de combate contadas desde la perspectiva de los soldados. Enterrada en archivos olvidados del gobierno de Estados Unidos, encerrada en los recuerdos de los sobrevivientes de las atrocidades, la verdadera guerra estadounidense en Vietnam prácticamente ha desaparecido de la conciencia pública”.

No hay diferencia entre nosotros e Israel. Por eso no detenemos el genocidio. Israel está haciendo exactamente lo que haríamos nosotros en su lugar. La sed de sangre de Israel es la nuestra. Como informó ProPublica, “Israel bloqueó deliberadamente la ayuda humanitaria a Gaza, concluyeron dos organismos gubernamentales. Antony Blinken los rechazó”.

La ley estadounidense exige que el gobierno suspenda los envíos de armas a los países que impidan la entrega de ayuda humanitaria respaldada por Estados Unidos.

La amnesia histórica es una parte vital de las campañas de exterminio una vez que terminan, al menos para los vencedores. Pero para las víctimas, el recuerdo del genocidio, junto con el anhelo de venganza, es un llamado sagrado. Los vencidos reaparecen de maneras que los asesinos genocidas no pueden predecir, alimentando nuevos conflictos y nuevas animosidades. La erradicación física de todos los palestinos, la única forma en que funciona el genocidio, es una imposibilidad dado que solo seis millones de palestinos viven en la diáspora. Más de cinco millones de personas viven en Gaza y Cisjordania.

El genocidio de Israel ha enfurecido a los 1.900 millones de musulmanes de todo el mundo, así como a la mayor parte del Sur Global. Ha desacreditado y debilitado los regímenes corruptos y frágiles de las dictaduras y monarquías del mundo árabe, donde viven 456 millones de musulmanes, que colaboran con Estados Unidos e Israel. Ha alimentado las filas de la resistencia palestina y ha convertido a Israel y a Estados Unidos en parias despreciados.

Israel y Estados Unidos probablemente ganarán esta ronda. Pero, en última instancia, han firmado su propia sentencia de muerte.





ÍNDICE:

PENSAR, REPENSAR Y DISENTIR
EN TIEMPOS DE GAZA BOMBARDEADA























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