LA MUJER QUE AMABA LOS INSECTOS
Zyanya Mariana
(Sociólogo, periodista y dibujante)
Esvásticas y tamales para leer “La mujer que amaba los insectos”
Por César Valdez
El libro de Zyanya Mariana, terminado de imprimir y publicado apenas en marzo de este 2025 es exigente.
Zyanya es poeta por mucho que la editorial Trajín anuncie desde la portada que este bello tomo contiene “narrativa”, término que se ha devaluado para venir a ser casi sinónimo de discurso vacío para convencer incautos, algo muy ajeno a la potencia poética de los textos que ella reúne en ésta su última obra.
Y el más potente de los textos según quien esto escribe es el que da título al libro, nada menos que “Un informe académico” de una “pinche profesora universitaria” ante el Vice Rector y, faltaba más, el “Consejo de Derechos Humanos de la Universidad”, que acá entre nos, es una universidad emblema de lo fifí, aquí emplazada como juzgadora de la informante académica bajo la acusación de enseñar a sus indefensos alumnos que lo que hoy se llama América (de Alaska a la Patagonia) había tenido por milenios como únicas constantes dos elementos: las esvásticas y los tamales [no se mencionan en el texto los tamales pero uno se entera de cosas], dupla que compartimos con civilizaciones de toda laya y continente.
“Antisemita”. Fue con ese chisme una alumna poco dotada que
no quería reprobar y a quien le pareció buena estrategia decirse ofendida
porque alguien la enterara sobre “la omnipresente representación de la
esvástica” en la llamada antigüedad griega, en las culturas originarias al
norte del Río Bravo, en las vasijas de los tehuelches, entre los nahuas y
“labrada como greca escalonada en las fachadas del palacio de Mirla en Oaxaca”;
entre los hindúes como emblema del dios elefante Ganesha; en Japón para simbolizar
los pasos de Buda; o “dibujada, doscientos años antes de la era cristiana, en
un atlas astronómico de la Dinastía Han”… en el I Ching y en casi
cualquier vestigio de donde haya florecido cultura.
Queda a quienes leemos el intuir cuál sería el veredicto de tan insignes señores ante la defensa que la informante académica, aunque según llega uno a entender consideraron paganas sus palabras y no creyeron “necesario deslindar lo relativo, tribal y cultural de los universal”, quedando la pregunta ¿qué es lo universal más allá de la muerte?… tal vez las chinches que irrumpen poco académicas en el relato para poblarlo de alusiones de cruenta actualidad: pandemia, invasión, exterminio… traídos a las batallas que la cotidianidad modernizada pretende negar para que contra toda asepsia y agente químico se presentan insistentes como ronchas en nuestros urbanos cuerpos.
El libro de Zyanya es exigente, pero como todo reto tiene
grandes recompensas, como el que nos ofrece primer relato, “Magdalena”, que
retrata una atemporal “vida nocturna” marginal, esa que de tiempo en tiempo
cierta literatura tiene a idealizar, pero presentada con una luz de belleza tal
que hace que no veamos en la fascinación de la protagonista y sus amigos por
los pies humanos un fetiche a la manera del porno gringo, sino una natural
manifestación de amor legítimo, como si hubiera amor alguno que no lo sea. No
hay sordidez donde cabría esperarla y el personaje de la “gorda Galilea” es una
versión de la Brunelda de Kafka en "América", pero sin lo grotesco.
Magdalena desaparece, se nos advierte de entrada, pero le da a uno la gana al
terminar la lectura, de convencerse de que no estamos ante una ausencia de las
que en nuestros días lanzan a las madres a las calles portando fotografías y
desesperación, sino que asistimos a la voluntaria huida de Magdalena con el tal
Jesús, y que ahora se la están pasando a toda madre como los desaparecidos
neoyorquinos del ensayo de Alfonso Reyes de 1917.
“La mujer que amaba los insectos” es un libro exigente porque como dice por ahí un crítico literario de YouTube, “la verdadera literatura no ofrece conocimientos sino que los exige”, y éste es el caso aunque no debemos amilanarnos por la metralla de erudición que nos receta Zyanya, porque aún sin su bagaje de referencias podemos disfrutar de los relatos “Marilyn”, o “Hiparquía”, que son como reportajes periodísticos hechos por una periodista que es ante todo poeta. La Marilyn de tantas devociones habla dese el más allá con la ironía de quien sabe bien que con o sin fama la vida "nos pasa a todos" y en ultratumba nos vamos a enterar, mientras que una Hiparquía humanizada reta a la legendaria “brillantísima mujer que pasó a la posteridad como la pareja de Crates”, en una lectura urgente en estos día de la era patriarcal post Chicharito.
Lo mismo con “Telfusa, Apolo y la serpiente Pitón”, que a este reseñador abrumó y le hizo dudar si Zyanya no estará haciéndonos desatinar con alguna especie de “erudición-ficción”.
Póngase usted exigente, lea y disfrute este pequeño y hermoso libro y estará de acuerdo conmigo en que estamos ante una auténtica chamana de las palabras.
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