Publicado originalmente
en Tariyata
el 6/3/2025
Para Luis Avimelech,
mi exalumno, mi maestro
mi exalumno, mi maestro
El mundo entero:
un país extranjero y propio
Si una opinión contraria a la tuya te hace enfadar,
es señal de que inconscientemente eres consciente de que no tienes ninguna buena razón para pensar como lo haces.
Si alguien sostiene que dos y dos son cinco, o que Islandia
está en el ecuador, deberías sentir lástima en lugar de enfado, a menos que sepas tan poco de aritmética o geografía
que su opinión haga tambalear tu propia convicción contraria.
Si alguien sostiene que dos y dos son cinco, o que Islandia
está en el ecuador, deberías sentir lástima en lugar de enfado, a menos que sepas tan poco de aritmética o geografía
que su opinión haga tambalear tu propia convicción contraria.
Las controversias más salvajes son aquellas sobre asuntos
sobre los que no hay pruebas fehacientes de ningún tipo.
La
persecución se utiliza en teología, no en aritmética, porque en
aritmética hay conocimiento, pero en teología sólo hay opinión.
Así que, siempre que te encuentres enfadado por una
diferencia de opinión, permanece alerta; probablemente
descubras que tu creencia va más allá de lo que justifica la evidencia.
: Bertrand Russell
“Bosquejo sobre la basura intelectual”.
: Bertrand Russell
“Bosquejo sobre la basura intelectual”.
La semana pasada, un exalumno, de esos que recuerdo llenos de bondad en sus actos y en sus palabras, me escribió. Me preguntaba, mutatis mutandis, ¿por qué había tomado partido por la Causa palestina? Por qué no condenaba a Hamás o a los países árabes que "miran al otro lado en vez de ayudar" a los palestinos? Platicamos brevemente. Disentimos. Sin embargo, su bonhomía; su manera cariñosa de ser; su intento por entender posiciones contrarias a la suya, como la mía, y su valentía de escribirme y cuestionarme; lo convierten a mis ojos en un maestro. Nuestra breve conversación me llenó de gratitud y de esperanza. Estás líneas van para él.
Estoy convencida que la premisa fácil y atrabancada de odiar o eliminar al otro, nunca es la solución. Quizás por eso, he criticado con tanta vehemencia la cultura de la cancelación o la idea de funar al otro. Me parecen actitudes de malcriados. Pensemos en pequeño, ¿acaso la vida de una pareja o familia se soluciona cuando uno de los cónyuges o familiares muere o desaparece? Tampoco se soluciona la geopolítica si un político muere, o un pueblo es exterminado. Solemos olvidar, que aquellos que promueven el exterminio o la guerra, son políticos y/o élites que ganan dinero y poder con ello. Es más, cuando se alimenta el corazón de odio y se piensa en exterminar al otro, se está exterminando de muchas maneras al sí mismo.
A diferencia de las películas hollywoodenses de buenos y malos, la vida se conforma por una infinidad de grises que se van construyendo en lo cotidiano. Por ello, hablar y escuchar al otro, nos permite entender la vida y los problemas con mayor perspectiva. Más diversidad de grises y menos miedo para transitar el mundo. En ese transito con lo otro, lo que he llamado la geometría de las ideas, nuestra circunferencia de reflexión se ensancha —cómo salir de casa y temer lo diverso y al instante maravillarse de la otredad. Al fin y al cabo, un mismo hecho tiene muchas miradas, y un mismo planeta muchas geografías y culturas.
Dicen que "el mundo no es lo que miramos, sino que miramos el mundo a partir de lo que somos". Recuerdo entonces al personaje Kiril, un joven monje ortodoxo que ha decido proteger a una albanesa musulmana en la película franco-macedonia Antes de la lluvia, 1994. La decisión ha perturbado su vida, pero encuentra eco y consuelo en las pinturas que decoran la Iglesia. Cuando está triste su corazón se encuentra con los rostros dolientes, cuando está contento descubre las escenas de resurrección y amor. Así me pasó. Cuando estuve embarazada descubrí a las embarazadas, cuando fui mamá a las mamás. Cuando uno habla con el otro, descubre lo otro que yace en nuestro interior. Quizás por ello, en toda discusión o enfrentamiento tanto el uno (yo en este caso) como el otro (mi exalumno cuestionándome) tienen siempre un poco de razón.
Por supuesto, no todos los puntos de vista surgen de una larga reflexión o están argumentados. Muchas veces provienen de las narrativas imperantes o de los intereses, otras veces son producto de una toma de partido. Tomar partido por algo, no significa estar en lo correcto, significa darle sentido a las acciones propias. Por ejemplo, he tomado partido toda mi vida por las mujeres, eso no significa que las mujeres seamos unas santas o que esté de acuerdo con el feminismo woke de corte hollywoodense. Lo considero individual y victimista, muy lejos del feminismo social y aguerrido que descubrí en mi infancia y adopté para mi vida. Abro paréntesis, lo woke y lo antiwoke forman parte de la cultura occidental. Ambos se alimentan del odio cristiano a las mujeres que se expresa en los extremos. Cierro el paréntesis.
He tomado partido por los pueblos originarios, en parte porque mi abuela amada, con quien me crié, era purépecha. Fue una mujer adelantada a su época, bibliotecaria en Pátzcuaro, fue una gran lectora; como Juárez estuvo llena de contradicciones y se casó con el blanco del pueblo. Por ella, me duele la estructura racista colonial que se preserva hoy en México. Esa que cree que una mujer purépecha no puede ser inteligente y culta. Esa que le da poder, méritos y derechos a la gente en función de su color de piel. Soy desde mi trinchera una crítica al colonialismo y a las estructuras coloniales económicas. Eso no me salva de mis múltiples contradicciones, pero me permite entender el colonialismo feroz que los sionistas ejercen en Palestina-Israel.
En honor a la verdad, debo decir que antes de entender la estructura colonial en Medio oriente, conocí lo árabe y lo palestino. No sé si fue destino o curiosidad. En la colonia Clavería donde crecí, la calle de Palestina existe y mi abuela, que me enseñó a leer en español con las Mil y una noches, compraba leche bronca en la pulquería de Itaca esquina con Egipto. Más tarde, los intelectuales de izquierda, venidos del sur y huyendo de las dictaduras, me descubrieron la causa palestina. Me regalaron una kufiya y me hablaron de Arafat.
No entendí realmente lo que me contaban, yo era niña. Después, muchos años después, entendería sus historias que, desde entonces, hablaban de las técnicas y armas probadas en los palestinos, que después eran vendidas a las dictaduras latinoamericanas. No es una sorpresa, eso sucedió en México durante el gobierno de Peña Nieto, cuando se utilizó el sistema de espionaje Pegaso para espiar a los periodistas. Un sistema que antes fue probado en Gaza en los teléfonos palestinos. Recientemente, el presidente colombiano también denunció el vínculo. Petro sabe en carne propia cómo el Mossad entrenó a los militares colombianos que se ensañaron con los campesinos acusados de "guerrilleros" y "terroristas". Pero fue en la adolescencia, en la casa de mi mejor amigo, cuando las calles, los cuentos de Sherezada y los conceptos se encarnaron. Alí me invitó a festejar el fin del ramadán y de repente un Corán me recibía en una casa y la mezcla de lo dulce y lo salado de los platos se mezclaban en mi boca.
Estoy convencida que la premisa fácil y atrabancada de odiar o eliminar al otro, nunca es la solución. Quizás por eso, he criticado con tanta vehemencia la cultura de la cancelación o la idea de funar al otro. Me parecen actitudes de malcriados. Pensemos en pequeño, ¿acaso la vida de una pareja o familia se soluciona cuando uno de los cónyuges o familiares muere o desaparece? Tampoco se soluciona la geopolítica si un político muere, o un pueblo es exterminado. Solemos olvidar, que aquellos que promueven el exterminio o la guerra, son políticos y/o élites que ganan dinero y poder con ello. Es más, cuando se alimenta el corazón de odio y se piensa en exterminar al otro, se está exterminando de muchas maneras al sí mismo.
A diferencia de las películas hollywoodenses de buenos y malos, la vida se conforma por una infinidad de grises que se van construyendo en lo cotidiano. Por ello, hablar y escuchar al otro, nos permite entender la vida y los problemas con mayor perspectiva. Más diversidad de grises y menos miedo para transitar el mundo. En ese transito con lo otro, lo que he llamado la geometría de las ideas, nuestra circunferencia de reflexión se ensancha —cómo salir de casa y temer lo diverso y al instante maravillarse de la otredad. Al fin y al cabo, un mismo hecho tiene muchas miradas, y un mismo planeta muchas geografías y culturas.
Dicen que "el mundo no es lo que miramos, sino que miramos el mundo a partir de lo que somos". Recuerdo entonces al personaje Kiril, un joven monje ortodoxo que ha decido proteger a una albanesa musulmana en la película franco-macedonia Antes de la lluvia, 1994. La decisión ha perturbado su vida, pero encuentra eco y consuelo en las pinturas que decoran la Iglesia. Cuando está triste su corazón se encuentra con los rostros dolientes, cuando está contento descubre las escenas de resurrección y amor. Así me pasó. Cuando estuve embarazada descubrí a las embarazadas, cuando fui mamá a las mamás. Cuando uno habla con el otro, descubre lo otro que yace en nuestro interior. Quizás por ello, en toda discusión o enfrentamiento tanto el uno (yo en este caso) como el otro (mi exalumno cuestionándome) tienen siempre un poco de razón.
Por supuesto, no todos los puntos de vista surgen de una larga reflexión o están argumentados. Muchas veces provienen de las narrativas imperantes o de los intereses, otras veces son producto de una toma de partido. Tomar partido por algo, no significa estar en lo correcto, significa darle sentido a las acciones propias. Por ejemplo, he tomado partido toda mi vida por las mujeres, eso no significa que las mujeres seamos unas santas o que esté de acuerdo con el feminismo woke de corte hollywoodense. Lo considero individual y victimista, muy lejos del feminismo social y aguerrido que descubrí en mi infancia y adopté para mi vida. Abro paréntesis, lo woke y lo antiwoke forman parte de la cultura occidental. Ambos se alimentan del odio cristiano a las mujeres que se expresa en los extremos. Cierro el paréntesis.
He tomado partido por los pueblos originarios, en parte porque mi abuela amada, con quien me crié, era purépecha. Fue una mujer adelantada a su época, bibliotecaria en Pátzcuaro, fue una gran lectora; como Juárez estuvo llena de contradicciones y se casó con el blanco del pueblo. Por ella, me duele la estructura racista colonial que se preserva hoy en México. Esa que cree que una mujer purépecha no puede ser inteligente y culta. Esa que le da poder, méritos y derechos a la gente en función de su color de piel. Soy desde mi trinchera una crítica al colonialismo y a las estructuras coloniales económicas. Eso no me salva de mis múltiples contradicciones, pero me permite entender el colonialismo feroz que los sionistas ejercen en Palestina-Israel.
En honor a la verdad, debo decir que antes de entender la estructura colonial en Medio oriente, conocí lo árabe y lo palestino. No sé si fue destino o curiosidad. En la colonia Clavería donde crecí, la calle de Palestina existe y mi abuela, que me enseñó a leer en español con las Mil y una noches, compraba leche bronca en la pulquería de Itaca esquina con Egipto. Más tarde, los intelectuales de izquierda, venidos del sur y huyendo de las dictaduras, me descubrieron la causa palestina. Me regalaron una kufiya y me hablaron de Arafat.
No entendí realmente lo que me contaban, yo era niña. Después, muchos años después, entendería sus historias que, desde entonces, hablaban de las técnicas y armas probadas en los palestinos, que después eran vendidas a las dictaduras latinoamericanas. No es una sorpresa, eso sucedió en México durante el gobierno de Peña Nieto, cuando se utilizó el sistema de espionaje Pegaso para espiar a los periodistas. Un sistema que antes fue probado en Gaza en los teléfonos palestinos. Recientemente, el presidente colombiano también denunció el vínculo. Petro sabe en carne propia cómo el Mossad entrenó a los militares colombianos que se ensañaron con los campesinos acusados de "guerrilleros" y "terroristas". Pero fue en la adolescencia, en la casa de mi mejor amigo, cuando las calles, los cuentos de Sherezada y los conceptos se encarnaron. Alí me invitó a festejar el fin del ramadán y de repente un Corán me recibía en una casa y la mezcla de lo dulce y lo salado de los platos se mezclaban en mi boca.
Después, recién ingresada a la universidad, trabajé en El festival del centro histórico. A los universitarios nos tocaba ser una especie de edecanes de los escritores extranjeros, a mí me tocó Juan Goytisolo, el escritor español que dedicó gran parte de su vida al estudio del Islam. En aquellos días me recomendó leer a Edward Said y su maravilloso libro Orientalismo. Lo leí, pero no lo entendí. Sus palabras, empero, me llevaron a trabajar al Departamento de Asia y África en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Muchas veces me he preguntado qué hubiera sido de mi vida de haber seguido ese camino de la diplomacia. Nunca lo sabré, pero mi gusto e interés por el Islam y el extremo oriente continuó.
Si el Islam me entró por los sentidos, la causa palestina me entró por la empatía y la hermandad. Cuando los EU bombardearon Irak, me opuse. Mataron niños y bebés a partir de una mentira, yo recién había parido y me imaginaba bajo las bombas mientras amamantaba a mi niña. Lo mismo me pasó ahora en una boda, bailaba a Celia Cruz, la vida es un carnaval, y de repente sentí que todo se acababa con un bombardeo.
Si el genocidio está marcado por las bombas, la historia de los palestinos los últimos 100 años está marcada por el despojo. Pienso en mis batallas cotidianas. Si yo me enojo porque el administrador, de la unidad habitacional Torres de Mixcoac donde vivo, nos ha robado los últimos cinco años, ha corrompido a la PROSOC y a la alcaldía Álvaro Obregón con nuestras cuotas de mantenimiento y ha secuestrado la administración para mantenerse en el poder, ¿cómo no me voy a identificar con el despojo inhumano que han sufrido los palestinos? Ellos, como yo, saben que la ley comprada por el dinero sólo beneficia a los poderosos. A mí me indigna que nos roben, talen árboles y utilicen la ley para imponerse y golpear a los vecinos críticos. Una nimiedad frente a lo que viven diariamente los palestinos. Desde la Nakba, y antes de 1948, el despojo ha sido cotidiano.
En Jerusalén han destruido los barrios árabes, han cerrado librerías acusándolas de vender libros "terroristas" y han robado las casas de los palestinos, se sabe que incluso la casa de Netanyahu era originalmente la casa de un médico palestino. En Gaza ha sido peor, el occidente civilizado ha desconocido las elecciones democráticas donde ganó Hamás, mientras la política isarelí ha limitado la entrada de comida y como rutina ("cortar el pasto", le llaman) atacan y matan. Después del 7 de octubre se ha intentado exterminar a una población y lo han hecho matando sobre todo a niños y mujeres. En Cisjordania, colonizan tierra, talan olivos centenarios, tapan pozos de agua con cemento y destruyen. Si en nombre de una ley de ocupación demolieran las casas de mis vecinos, mi casa, la escuela del pueblo donde estudié, dispararan contra mis primos y encarcelaran a mi padre, como le ha sucedido a Basel Adra, quien ha testificado la destrucción de una casa por semana en Masafer Yatta y lo ha filmado en el multipremiado documental No other land, yo también sería parte de la RESISTENCIA. Huelga decir que mientras los Oscares premian una película que no encuentra distribuidor en EU, las cosas en Cisjordania empeoran. De hecho, el cese al fuego en Gaza ha implicado el sitio y la entrada de tanques en Cisjordania que no se veían desde 1967. Pregunto, ¿si me indigno por lo sucedido en Torres de Mixcoac donde mi vida no corre peligro, qué hubiera sido de mí nacida en Palestina sin derecho a pensar, a expresarme, a existir?
Si el Islam me entró por los sentidos, la causa palestina me entró por la empatía y la hermandad. Cuando los EU bombardearon Irak, me opuse. Mataron niños y bebés a partir de una mentira, yo recién había parido y me imaginaba bajo las bombas mientras amamantaba a mi niña. Lo mismo me pasó ahora en una boda, bailaba a Celia Cruz, la vida es un carnaval, y de repente sentí que todo se acababa con un bombardeo.
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| En Jerusalén ocupada, una niña fue condenada a un mes de arresto domiciliario |
y una multa por pintar en su cuaderno una bandera palestina
Si el genocidio está marcado por las bombas, la historia de los palestinos los últimos 100 años está marcada por el despojo. Pienso en mis batallas cotidianas. Si yo me enojo porque el administrador, de la unidad habitacional Torres de Mixcoac donde vivo, nos ha robado los últimos cinco años, ha corrompido a la PROSOC y a la alcaldía Álvaro Obregón con nuestras cuotas de mantenimiento y ha secuestrado la administración para mantenerse en el poder, ¿cómo no me voy a identificar con el despojo inhumano que han sufrido los palestinos? Ellos, como yo, saben que la ley comprada por el dinero sólo beneficia a los poderosos. A mí me indigna que nos roben, talen árboles y utilicen la ley para imponerse y golpear a los vecinos críticos. Una nimiedad frente a lo que viven diariamente los palestinos. Desde la Nakba, y antes de 1948, el despojo ha sido cotidiano.
En Jerusalén han destruido los barrios árabes, han cerrado librerías acusándolas de vender libros "terroristas" y han robado las casas de los palestinos, se sabe que incluso la casa de Netanyahu era originalmente la casa de un médico palestino. En Gaza ha sido peor, el occidente civilizado ha desconocido las elecciones democráticas donde ganó Hamás, mientras la política isarelí ha limitado la entrada de comida y como rutina ("cortar el pasto", le llaman) atacan y matan. Después del 7 de octubre se ha intentado exterminar a una población y lo han hecho matando sobre todo a niños y mujeres. En Cisjordania, colonizan tierra, talan olivos centenarios, tapan pozos de agua con cemento y destruyen. Si en nombre de una ley de ocupación demolieran las casas de mis vecinos, mi casa, la escuela del pueblo donde estudié, dispararan contra mis primos y encarcelaran a mi padre, como le ha sucedido a Basel Adra, quien ha testificado la destrucción de una casa por semana en Masafer Yatta y lo ha filmado en el multipremiado documental No other land, yo también sería parte de la RESISTENCIA. Huelga decir que mientras los Oscares premian una película que no encuentra distribuidor en EU, las cosas en Cisjordania empeoran. De hecho, el cese al fuego en Gaza ha implicado el sitio y la entrada de tanques en Cisjordania que no se veían desde 1967. Pregunto, ¿si me indigno por lo sucedido en Torres de Mixcoac donde mi vida no corre peligro, qué hubiera sido de mí nacida en Palestina sin derecho a pensar, a expresarme, a existir?
ZM




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