A dos años de un genocidio anunciado
811 días de tecnogenocidio en Gaza
y anexión de Cisjordania, Palestina ocupada
Publicado originalmente
811 días de tecnogenocidio en Gaza
y anexión de Cisjordania, Palestina ocupada
Publicado originalmente
en SPANISH REVOLUTION-FB
(Medio
audiovisual y periódico digital creado durante las protestas de
2011-2015 en España, denominadas inicialmente Movimiento 15-M e
Indignados. El movimiento creció y derivó en un periódico digital
fundado en marzo del 2019)
el 12/12/2025
Eurovisión se cae a cachos: la renuncia de Nemo y el descrédito de un festival secuestrado
El cantante suizo Nemo, ganador de Eurovisión 2024, anunció que devolverá el trofeo del certamen. Se trata de una ruptura política explícita con la Unión Europea de Radiodifusión (UER). “Hoy ya no siento que este trofeo pertenezca a mi estantería”, dijo en un vídeo difundido en Instagram, mientras guardaba el micrófono de cristal en una caja con destino a la sede de la UER en Ginebra.
Eurovisión cumple 70 años en 2026. Y llega a esa fecha convertido en un símbolo de contradicción. El festival que presume de unidad, diversidad e inclusión sostiene su relato mientras permite la participación de Israel en pleno asedio a Gaza, con más de 70.000 personas palestinas asesinadas, según el Ministerio de Sanidad del territorio. La renuncia de Nemo no es una anécdota. Es un síntoma de colapso moral.
| EL PAÍS |
Nemo devuelve el trofeo de Eurovisión 2024
LA DOBLE VARA DE LA UER
La UER insiste desde hace años en una ficción cómoda. Eurovisión no es político. Es solo pop. Una fiesta cultural “para sentirse bien”. Esa narrativa se rompe sola cuando se compara su actuación en 2022, tras la invasión rusa de Ucrania, con su posición actual. Entonces, Rusia fue expulsada de forma inmediata. No hubo debates eternos. No hubo neutralidad retórica. Hubo una decisión política clara.
Hoy, en cambio, la UER sostiene que Israel puede competir pese a una ofensiva militar que expertas y expertos independientes, incluidos los designados por organismos de la ONU, han calificado como genocidio. Israel lo niega, pero la magnitud de la masacre, el uso sistemático del castigo colectivo y el bloqueo humanitario han hecho saltar todas las alarmas del derecho internacional.
La incoherencia ya no se puede disimular. Cuando se expulsa a un Estado por violar el derecho internacional y se protege a otro en circunstancias comparables, el mensaje es político aunque se disfrace de neutralidad. Y es un mensaje jerárquico. Hay víctimas que cuentan y otras que no.
Nemo lo dijo sin rodeos. “Eurovisión dice que representa la dignidad para todas las personas, pero permitir esto demuestra que esos valores no coinciden con sus decisiones”. No habló como activista profesional, sino como artista que se niega a legitimar una institución que blanquea la violencia.
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UN FESTIVAL EN DESCOMPOSICIÓN
La renuncia de Nemo llega acompañada de un dato aún más grave. Cinco países —España, Países Bajos, Irlanda, Eslovenia e Islandia— han anunciado que no participarán en Eurovisión 2026. Cinco radiodifusoras públicas que rompen con la UER tras su negativa a excluir a Israel. No es un boicot simbólico. Es una grieta estructural.
Eurovisión 2026 se celebrará en Viena, tras la victoria del artista austriaco JJ en la edición de 2025 en Basilea. Pero el certamen llegará marcado por abandonos, protestas y una credibilidad seriamente dañada. La UER ha respondido reforzando la censura interna, prohibiendo banderas políticas y reprimiendo cualquier gesto de solidaridad con Gaza. Más control, menos autocrítica.
El contraste es obsceno. Mientras se castigan símbolos y se silencia a artistas, se normaliza la presencia de un Estado acusado de crímenes masivos. Durante los dos últimos años, Eurovisión ha sido escenario de protestas constantes, tensiones diplomáticas y un creciente rechazo social. No por la música. Por la impunidad.
El propio Nemo, artista no binario que ganó Eurovisión 2024 con la canción The Code, representa lo que el festival dice defender. Diversidad, disidencia, ruptura de moldes. Que sea precisamente esa figura quien devuelve el trofeo es una derrota simbólica para la UER. No es la periferia la que protesta. Es el centro del relato.
La UER insiste en que Eurovisión debe mantenerse al margen de los conflictos. Pero no hay neutralidad posible cuando se toman decisiones selectivas. Decidir quién compite y quién no es política. Callar ante una masacre también lo es. Y hacerlo mientras se invoca la unidad es una forma de cinismo institucional.
Eurovisión no se cae a cachos porque la política haya entrado en el festival. Se cae porque siempre estuvo dentro, pero ahora ya no consigue ocultarlo bajo luces, estribillos y discursos vacíos. Cuando el ganador devuelve el trofeo y los países se marchan, lo que queda no es un certamen cultural, sino una carcasa sin credibilidad.
| Middle East Eye |
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