724 días de genocidio en Gaza
y anexión de Cisjordania, Palestina ocupada
Publicado originalmente
Traducción del inglés: Herman Bellinghausen
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un recipiente de plástico desgastado cuelga de una mano cansada, esperando a ser
llenado con agua. Al borde del camino polvoriento, forma una larga fila con otros,
cada uno con recipientes similares, una escena que captura la lucha diaria
por la supervivencia y la sed acuciante. Tras ellos, el mar en calma
se extiende interminablemente, pero lejos de ser una fuente de agua potable,
solo deja necesidad y una larga espera.
24 de septiembre de 2025
Foto de Ahmed Younes Ver menos
— en Nuseirat.
Llegando a Gaza
Alice Walker
La poeta y escritora afroestadunidense Alice Walker viajó a la Franja de Gaza después de los bombardeos israelíes a principios de 2009. En compañía de las activistas del grupo Codepink recorrió la región y convivió con la población palestina, en su totalidad damnificada de guerra.
Hace unas cuántas semanas publicó su testimonio Recuperando el habla (Overcoming Speechlessness, Seven Stories Press, Nueva York, 2010), subtitulado “encuentros de una poeta con el horror en Ruanda, Congo Oriental y Palestina-Israel”, si bien la mayor parte del volumen se refiere a Gaza. Tras conocer el manuscrito, el historiador Howard Zinn, fallecido recientemente, expresó: “Quizá se necesita un poeta que alcance su propio corazón y el nuestro para romper el silencio y la desesperación y decir la impronunciable verdad”.
Walker vuelve a las páginas de Ojarasca con este breve capítulo donde narra su arribo a la ciudad bombardeada.
Al entrar en Gaza me invadió la sensación de llegar a casa. Hay ahí un sabor a gueto. A bantustán. A rez (reservación india). A “sección de color”. En cierto modo, resultaba increíblemente tranquilizador. Porque tener conciencia es reconfortante.
Quien te topes por las calles posee un conocimiento directo de lo que
son la lucha y la resistencia. Lo encuentras en el hombre que conduce la
carreta tirada por un burro. En el joven que acomoda alfombras en la
banqueta o la muchacha que pone flores en un vaso.
Cuando yo vivía en la zona segregada de Eatonton, Georgia, sólo
respiraba con normalidad en mi propio barrio, en la parte negra de la
ciudad. Cualquier otro lugar resultaba muy peligroso. Un amigo mío fue
golpeado y encarcelado por el atrevimiento de auxiliar a una niña
blanca, en plena luz del día, a reparar la cadena de su bicicleta.
Pero este barrio en forma de astilla, muy propiamente llamado
Franja de Gaza, no me pareció seguro. Acababa de ser bombardeado durante
22 días. Recordé que en Estados Unidos, el primero y quizás único
bombardeo aéreo en suelo continental antes de 11 de septiembre de 2001
fue el ataque contra una comunidad negra en Tulsa, Oklahoma, en los años
veinte del siglo pasado. Los negros que lo habitaban eran considerados
demasiado prósperos y “presumidos” por los racistas blancos. La bombas
destruyeron cuánto la comunidad había construido. A esto siguió la
acusación, generalizada en toda la cultura blanca estadunidense, de que
la población de color se negaba a “mejorar”.
En Gaza existen abundantes evidencias de que los palestinos nunca
han cejado en sus esfuerzos por “mejorar”. Lo que años atrás nació como
un campo de refugiados de guerra, con tiendas y toldos, evolucionó a una
verdadera ciudad; sus edificios rivalizaban con los de cualquier otra
ciudad de los países “en desarrollo”: casas, edificios de departamentos,
escuelas, mezquitas, iglesias, bibliotecas, hospitales.
Mientras recorríamos sus calles y veíamos que muchas de estas
construcciones se encontraban en ruinas, me percaté de que nunca antes
fui de verdad conciente de lo que significa la palabra “escombros”. Es
común la afirmación de que tal o cual cosa “quedó reducida a escombros”.
Otra cosa es encontrarse con los edificios demolidos. Edificios de los
cuales hubo que sacar centenares de cuerpos destrozados.
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| El desplazamiento de norte a sur continúa en condiciones extremadamente difíciles, con miles de familias exhaustas que caminan largas distancias. Algunos llevan a sus hijos a hombros, mientras que las mujeres transportan lo que queda de sus pertenencias, y los ancianos luchan con todas sus fuerzas para llegar a zonas más seguras. Foto: Mahmoud Abu Hamda |
Tan intenso trabajo han hecho los palestinos para retirar a sus
muertos de los hogares aplastados que no queda ni el más mínimo rastro
de olor a muerte. Asombra pensar lo que esa labor debió significarles
física y psicológicamente. Pasamos por estaciones de policía
sencillamente borradas del mapa, y cientos de jóvenes policías
asesinados (casi todos los palestinos son jóvenes). Pasamos ministerios
bombardeados sin piedad. Pasamos hospitales consumidos por las
explosiones y el fuego.
Si no se está salvo en un hospital, al que uno llega cuando ya se
siente enfermo y espantado, ¿en dónde se podría estarlo? Si los niños no
están seguros mientras juegan en los patios de sus escuelas, ¿entonces
dónde?
¿Dónde quedaron
los Padres de Todos los Niños del Mundo
los Cuidadores de Todos los Enfermos del Mundo?
Hay algo de abrumador en el intento de dar consuelo a alguien con los escombros hasta el cuello que apenas hace unas semanas enterró a su niño, asesinado mientras dormía. O a una mujer que perdió a 15 miembros de su familia, sus hijos, nietos, hermanos y hermanas, el marido. ¿Qué les puede uno decir a esas gentes cuyas familias salieron de sus tiroteadas casas agitando banderas blancas de rendición sólo para ser acribillados de cualquier manera? A las madres que ven a sus niños, en este momento, jugando entre escombros contaminados de fósforo que una vez en la piel nunca deja de arder. Realmente no hay nada que decir. Nada que decir a esos que allá en casa se niegan a escuchar estas noticias.
No queda sino ponerse a bailar
| Pascal Boniface |
Gaza: ¿Hasta dónde llegará el horror? Con Rony Brauman | Entrevistas de Géopo
Primer párrafo, capítulo IX "Genocidio" de Raphael Lemkin,
quien acuñara el término.





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