703 días de genocidio en Gaza
y anexión de Cisjordania, Palestina ocupada
Publicado originalmente
en la revista JACOBIN
(revista trimestral socialista estadounidense con sede en Nueva York.
el 10/08/2025
traducción de Rolando Prats
Este artículo fue publicado originalmente en In These Times
el 1 de agosto de 2025. Su traducción al español y su publicación en Communis han sido autorizadas por In These Times y el autor. Se reprodujo en Jacobin como parte de la asociación de colaboración entre ambos medios.

Una niña gazatí gravemente desnutrida.
Foto cortesía de Naciones Unidas.

Foto cortesía de Naciones Unidas.
Cómo ocultar un genocidio
Entender la violencia en Gaza como un caso de
genocidio nos permite vincular el sufrimiento masivo de la población
civil con la intención expresa de Israel, su política de Estado, sus
relaciones económicas y su estrategia militar.
Alberto Toscano*
El 24 de julio, la senadora Amy Klobuchar (demócrata por Minnesota), en una intervención ante el Senado, condenó la hambruna masiva y suplicó a Israel que cambiara de rumbo. Dos días después, el senador Cory Booker (demócrata por Nueva Jersey) publicó en X un mensaje sobre la «crisis humanitaria» en Gaza y la necesidad de «inundar la zona» con suministros de ayuda, en el que señalaba que «la estrategia de la Fundación Humanitaria de Gaza» había fracasado. Al día siguiente, el expresidente Barack Obama denunció «el escarnio que significa la muerte de personas inocentes por causa de una hambruna evitable».
No fueron, sin embargo, demócratas centristas los únicos en dar la alarma. Durante ese mismo lapso se han producido bruscos giros en no pocos sectores de la derecha. En The New York Times, el columnista conservador Ross Douthat declaró que la guerra de Israel se había convertido, de repente, en una guerra «injusta». The Free Press, ferviente partidaria de Israel, luego de que en mayo publicara un artículo en el que desestimaba el «mito de la hambruna en Gaza», ha terminado por caer en cuenta de la realidad de la «crisis alimentaria».
El pasado martes, el Presidente Donald Trump rechazó la afirmación del Primer Ministro israelí, Benjamin Netanyahu, de que hablar de hambruna en Gaza era una «mentira descarada», y dijo: «Es real el hambre. Es algo que puedo ver y que no se puede fingir.»
Ese mismo día, la congresista radical de MAGA Marjorie Taylor Greene (republicana por Georgia), quien en noviembre de 2023 había pedido que se censurara a la representante palestino-estadounidense Rashida Tlaib (demócrata por Michigan) por haber acusado a Israel de genocidio, se convirtió en la primera republicana en el Congreso en utilizar ella misma el término.
A medida que nos acercamos al segundo aniversario
de la guerra de Israel contra Gaza, ¿se estará confirmando a toda
velocidad la amarga predicción del escritor Omar El Akkad de que «algún día, todo el mundo habrá estado siempre en contra de esto»?
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Elección de los editores de New York Times Book Review •
Nombrado uno de los libros más esperados de 2025 por TIME, Lit Hub, Vulture y Foreign Policy •Uno de los libros imprescindibles de febrero de 2025 según Chicago Review of Books • Una de las 10 mejores memorias de 2025 según The Markaz Review
| Del galardonado novelista y periodista Omar El Akkad, llega una conmovedora reflexión sobre lo que significa vivir en un Occidente que traiciona sus valores fundamentales. |
Depende de lo que «esto» signifique.
Si bien cualquier gesto por el que se reconozca la gravedad y el empeoramiento del sufrimiento palestino podría parecer una victoria, es un error ver en todas esas declaraciones prueba alguna de que los círculos políticos y mediáticos dominantes se hayan por fin inclinado a encarar la guerra de Israel contra el pueblo palestino y, mucho menos, a adoptar medidas al respecto. Presentar la política israelí de hambruna en Gaza únicamente como una «crisis humanitaria» es una forma de desviar la atención de las consecuencias morales, políticas, jurídicas y económicas del reconocimiento de la intención genocida de Israel.
El argumento implícito en ese presunto giro es que sólo recientemente se ha transpuesto algún tipo de umbral: una guerra justa se ha convertido en injusta, han muerto demasiadas personas, la estrategia ya no está dando resultado, etc. Todo lo cual se hace eco del «revisionismo» denunciado por el jurista palestino Nimer Sultany, cuando reprocha a académicos y comentaristas que se hayan preocupado tardíamente «por no haber tenido el valor de reconocer el genocidio y denunciarlo antes» y que ahora sostienen de forma poco convincente que sólo en fecha reciente se satisficieron los criterios de esa designación.
Las recientes declaraciones sobre la hambruna en Gaza también apuntan a la presunta posibilidad de que Israel corrija su rumbo y aborde esa crisis humanitaria, al tiempo que ocultan cómo los pronunciamientos oficiales de Israel y sus acciones militares dejan al descubierto que el sojuzgamiento, el desplazamiento y la destrucción del pueblo palestino siguen siendo su principal misión.
Ese giro en el discurso de los aliados de Israel está teniendo lugar al mismo tiempo que las políticas continuadas y nuevas de Israel demuestran que la crisis de hambruna en Gaza no es accidental, sino parte de un plan de expulsión y reasentamiento. Ministros del gabinete israelí y parlamentarios de la coalición están exigiendo al Ministerio de Defensa que permita al movimiento de colonos de extrema derecha Nachala buscar lugares para nuevas construcciones en la devastada franja norte de Gaza. En el sur de Gaza, el objetivo —anunciado en julio por el Ministro de Defensa israelí, Israel Katz— es convertir los escombros de Rafah en un campo de concentración y poner en práctica lo que Netanyahu denominara el «plan de migración voluntaria» de Trump (a lo que el propio Trump se refiere descarnadamente como la «limpieza» de Gaza).
También es considerable el grado de apoyo de la sociedad israelí a las medidas más extremas. A finales de mayo, una encuesta de Penn State reveló que el 47 % de los judíos israelíes habían respondido afirmativamente a la siguiente pregunta: «¿Apoya el reclamo de que [el ejército israelí], al conquistar una ciudad enemiga, actúe de manera similar a como lo hicieron los israelitas cuando conquistaron Jericó bajo el liderazgo de Josué, es decir, matar a todos sus habitantes?»
Hasta cuando reconocen la responsabilidad que tiene Israel de mitigar la letalidad de su propia guerra de asedio, políticos y expertos estadounidenses lo hacen para negar que la muerte y el sufrimiento sean objetivos estratégicos, que en última instancia la hambruna sea el objetivo de política que se quiera lograr y que lo haya sido desde el principio. En la orden emitida el 9 de octubre de 2023 para que se procediera al «asedio total» de Gaza, el entonces Ministro de Defensa, Yoav Gallant, declaró explícitamente: «[N]o habrá electricidad, ni comida, ni combustible.» En agosto de 2024, el Ministro de Finanzas de extrema derecha Bezalel Smotrich señaló «que podría ser justo y moral» que Israel «matara de hambre y de sed a dos millones de ciudadanos» en Gaza, al tiempo que se lamentaba de que «nadie en el mundo nos dejaría hacerlo».
Calificar de crisis humanitaria la hambruna significa negarse a reconocerla como parte de la política genocida de Israel, separando así a los bombardeados de los hambrientos. Significa ignorar que la Fundación Humanitaria de Gaza no ha establecido un sistema ineficaz de distribución de alimentos, sino deliberadas «trampas mortales», y que todo ese dispositivo forma parte de un designio declarado para llevar a cabo una depuración étnica y reocupar la Franja de Gaza.
El enfoque humanitario de la cuestión también cumple una función esencial de relaciones públicas que la derecha gusta de llamar «alardeo moral»; es decir, un gesto que reconoce los horribles efectos de la guerra de Israel —objeto de una repulsa generalizada y cada vez mayor en todo el mundo—, al tiempo que sigue ocultando las razones subyacentes de su brutalidad.
Los subterfugios detrás de esos tardíos reconocimientos de las insoportables condiciones imperantes hoy en Gaza no sólo se erigen en una acusación contra el cinismo y la mala fe de nuestra clase política y mediática, sino que además prejuzgan toda futura respuesta política a la catástrofe en sí.
Una «crisis humanitaria» no pareciera exigir más que una mejor distribución de los alimentos; hacer frente, en cambio, a una política de genocidio requeriría, como mínimo, el tipo de acción concertada recientemente propuesta por el Grupo de La Haya: embargos bilaterales de armas, sanciones económicas, ruptura de relaciones diplomáticas, aplicación de medidas para hacer que se cumplan las resoluciones judiciales internacionales adoptadas contra Israel y sus dirigentes políticos.
Como han demostrado múltiples informes presentados
por Francesca Albanese, Relatora Especial de las Naciones Unidas,
entender la violencia en Gaza como un caso de genocidio nos permite
vincular el sufrimiento masivo de la población civil con la intención
expresa de Israel, su política de Estado, sus relaciones económicas y su estrategia militar.
Por el contrario, el enfoque humanitario —al menos tal como lo utilizan los políticos y expertos de la corriente dominante— es una herramienta para pasar por alto todo lo anterior.
Lo que los acérrimos
defensores de Israel, ahora preocupados por la hambruna, están tratando
de evitar es precisamente que se adopten medidas para ponerle freno a
Israel —en lugar de sólo reprenderlo— por su violencia sistemática
contra los palestinos. Apenas dos semanas antes de sus recientes
declaraciones sobre la crisis alimentaria, Booker y Klobuchar formaban
parte del grupo bipartidista de senadores que apareció junto a Netanyahu en una foto de grupo a mediados de julio. Booker, además, había posado con
Gallant en una foto tomada el pasado mes de diciembre, apenas semanas
después de que la Corte Penal Internacional dictara órdenes de detención
contra Gallant y Netanyahu, tras haberlos acusado a
ambos de «responsabilidad penal» por «el crimen de guerra de utilizar
el hambre como método de guerra; y los crímenes de lesa humanidad de
asesinato, persecución y otros actos inhumanos». El 30 de julio, Booker
había votado en contra de la resolución presentada en el Senado por Bernie Sanders para que se bloqueara la venta de armas a Israel. (Klobuchar fue una de los 24 senadores demócratas o independientes que votaron a favor.)
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| Un grupo bipartidista de 14 senadores posa con Netanyahu para una foto publicada por el líder de la mayoría del Senado, John Thune, el 9 de julio de 2025. Foto vía @LeaderJohnThune Tomada del artículo de ZETEO |
No deja de ser revelador que el artículo de opinión de Douthat en The New York Times empiece por declarar que «la guerra de Israel en Gaza no es un genocidio», además de reiterar las denuncias obligatorias de la «potencialmente genocida» Hamás, antes de reconocer que la fallida estrategia de Israel está conduciendo a un «injusto despilfarro de vidas». Del mismo modo, el reciente y renuente reconocimiento por parte de Free Press de las condiciones de hambruna en Gaza se ve empañado por su odiosa acusación de que informes anteriores sobre la hambruna no habían sido otra cosa que «gritos de que viene el lobo».
Es fácil entender por qué tantos se apresuran a distanciarse de los horrores que Israel está perpetrando en Gaza. Cuando comienza la hambruna, el número de muertos aumenta vertiginosamente y sigue haciéndolo incluso después de que se comienza a prestar ayuda. Lo cual también apunta a que el número de muertos registrado por el Ministerio de Salud de Gaza —que ampliamente se reconoce como muy inferior a la cifra real— probablemente aumente en las semanas y los meses venideros.
Con todo, calificar la cada vez más acuciante hambruna en Gaza de crisis humanitaria y no de lo que realmente es —una faceta más del genocidio— sirve a un propósito mucho más profundo: permitir que las potencias occidentales mantengan su inquebrantable alianza con Israel y rechacen todo esfuerzo serio para hacer que este rinda cuentas. Rehusarse a admitir que Israel ha utilizado sistemáticamente el hambre como método de guerra significa que no habrá consecuencias esta vez por la comisión de un flagrante crimen de guerra. Y hasta permite a los aliados occidentales de Israel encomiar a este último por desbloquear la ayuda, como ha hecho esta semana el Ministro de Relaciones Exteriores de Canadá.
Como observó la periodista Nesrine Malik, todo esto forma parte de un juego en el que los aliados de Israel « mantienen, sin ique mporten las violaciones que se cometan, la viabilidad de Israel como actor investido de autoridad moral, mientras fingen reprenderlo cada vez que incurra en alguna transgresión para que vuelva a cumplir con sus obligaciones».
Son prueba de ello esfuerzos de mala fe como los realizados por el líder de
la minoría demócrata en la Cámara de Representantes, Hakeem Jeffries,
por relanzar una zombi «solución de dos Estados», mientras prosiguen
desenfrenadamente las masacres y el Knesset israelí anuncia nuevas anexiones de
territorio palestino. Lo mismo ocurre con el ofrecimiento del
Presidente francés Emmanuel Macron de reconocer la condición de Estado
de Palestina —a condición de que esta se desmilitarice por completo— y la insípida amenaza lanzada
por el Primer Ministro británico Keir Starmer de que hará lo mismo a
menos que Israel declare un alto el fuego. Del mismo modo, el Primer
Ministro canadiense Mark Carney declaró esta semana que en septiembre Canadá reconocerá la condición de Estado de Palestina, mientras armas canadienses siguen llegando a Israel.
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| El primer ministro Mark Carney anunció que Canadá planea reconocer formalmente al Estado de Palestina en la Asamblea General de las Naciones Unidas este otoño. (Adrian Wyld/The Canadian Press) |
Todos esos esfuerzos pasan por alto el carácter sistemático de la destrucción de Gaza y la depuración étnica de la Ribera Occidental por parte de Israel, al tiempo que subordinan la libre determinación de los palestinos a un principio de seguridad absoluta para Israel que es indistinguible de la dominación total y la impunidad sin fin.
La urgencia de la situación es tan extrema que
sólo cabe esperar que esos interesados cambios de postura se traduzcan
en algún tipo de alivio de la crisis más inmediata. Pero a menos que el
hambre en Gaza se entienda como una consecuencia necesaria de las
políticas de Israel —es decir, como un instrumento, no como un
accidente—, toda medida en contra se convertirá en una forma cruel de
mitigación. Entregar raciones de subsistencia a un pueblo asediado que
sigue siendo masacrado impunemente, cuya sociedad es destruida de forma
deliberada y sistemática, no es hacer justicia. No se trata de una
catástrofe humanitaria a la que se pueda responder con soluciones
humanitarias. Se trata de un genocidio colonial que podrá detenerse sólo
mediante una acción internacional concertada.


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