viernes, 28 de noviembre de 2025

572c. THE CRADLE/ Radwan Mortada/ El pacto de la bestia: Estados árabes, Israel y el precio de la «paz»: PENSAR, REPENSAR Y DISENTIR EN TIEMPOS DE GAZA BOMBARDEADA

A dos años de un genocidio anunciado
784 días de tecnogenocidio en Gaza
y anexión de Cisjordania, Palestina ocupada


Publicado originalmente
en THE CRADLE
(Revista de noticias en línea. Cubre desde 2021 la geopolítica de Asia Occidental desde la región)
el 05/11/2025
Versión al español Zyanya Mariana



El pacto de la bestia: Estados árabes, Israel y el precio de la «paz»

Cuando la paz se exige a los débiles y la definen los fuertes, deja de ser paz y se convierte en sumisión disfrazada de justicia.


Radwan Mortada


Tras la guerra israelí contra el Líbano, comenzó a circular un rumor en los círculos políticos: la posibilidad de que el Líbano se uniera a los Acuerdos de Abraham. Esto surgió incluso antes de que el enviado estadounidense Tom Barrack propusiera negociaciones directas con Israel, una propuesta que Beirut rechazó, prefiriendo el mecanismo establecido de conversaciones indirectas mediadas por Washington.

Hoy, todo indica que Washington no busca una normalización inmediata con Tel Aviv, sino negociaciones directas sobre un documento oficial estadounidense como primer paso en el camino hacia la paz. La paradoja es evidente: estos llamamientos a la paz ignoran la realidad sobre el terreno, donde continúan los actos de agresión.

Israel aún no ha respetado el alto el fuego, mientras que en el Líbano se alzan voces que claman por la paz con una parte que sigue en guerra. Esta contradicción coloca a los defensores de las soluciones diplomáticas en un verdadero dilema.

En efecto, el comandante del ejército libanés, Rudolphe Haikal, se vio obligado a ordenar fuego contra drones israelíes que violaban el espacio aéreo libanés, antes de que el presidente le ordenara responder a cualquier incursión terrestre tras el incidente en el que tropas israelíes irrumpieron en la aldea sureña de Blida y asesinaron a un empleado municipal mientras dormía.


La Fiscalía de Turquía emite órdenes de detención contra Netanyahu y
36 altos cargos más israelíes por crímenes contra la humanidad y genocidio.
Se basa en bombardeos contra hospitales en Gaza, en el asesinato de la niña Hind Rajab
y en el ataque contra la Flotilla en octubre
OLGA RODRÏGUEZ EN X



Cuando «paz» equivale a «rendición»

Dos años después del inicio de la Operación Inundación de Al-Aqsa en octubre de 2023, tras las atroces masacres y la guerra genocida de Israel en Gaza, que causó la muerte de decenas de miles de palestinos, y la guerra en el Líbano, que también se cobró la vida de miles de libaneses, la cuestión de la paz resurge en el discurso árabe. En medio de renovados llamamientos a la paz con Israel por parte de estados y medios árabes, una verdad es innegable: la paz desde una posición de debilidad no acaba con la dominación; más bien, a menudo la consagra.

La paz en esos términos no invierte el equilibrio de poder a menos que el más fuerte reconozca a un socio de igual estatus. Ese no es el objetivo de Israel. Tel Aviv no busca una paz igualitaria; busca la dominación y la expansión.

El fallecido escritor palestino Ghassan Kanafani, mártir de la época, lo expresó con precisión cuando, al preguntársele por qué rechazaba el diálogo con Israel, respondió:

¿Qué sentido tiene el diálogo entre la espada y el cuello?

¿Qué clase de diálogo existe cuando solo los fuertes ostentan el poder de decisión mientras los débiles se limitan a pedir?

La pregunta más precisa es: ¿busca Israel un acuerdo justo que ponga fin a la ocupación y establezca una paz sostenible, o acaso está forjando acuerdos de seguridad y económicos que consoliden su superioridad y exijan la sumisión árabe y palestina a cambio de lo que engañosamente se denomina “paz”?

El 21 de enero de 2024, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, declaró: “No cederé en el control total de la seguridad israelí sobre todo el territorio al oeste del río Jordán”, lo cual contradice directamente la idea de un Estado palestino soberano.

Esta postura política coincide con una aceleración sin precedentes de los asentamientos. Informes de agencias europeas y de la ONU muestran que entre 2023 y 2024 se registraron niveles récord de asentamientos y apropiación de tierras en la Cisjordania ocupada, borrando incluso la posibilidad de la solución de dos Estados.

En el mundo árabe actual, especialmente en el Líbano, los medios de comunicación afirman: “Queremos la paz”. “Pedir la paz no es un crimen”; “Romper los tabúes es un deber”.

El presentador libanés Marcel Ghanem declaró al inicio de su programa: “Rompamos los tabúes… no podemos soportar más dilación… Sí, exigimos la paz. Exigir la paz no es un crimen”. Makram Rabah, editor jefe de Now Lebanon y profesor adjunto de la Universidad Americana de Beirut (AUB), opinó que “No hay vergüenza en la paz cuando la construye un pueblo soberano. La única vergüenza es seguir muriendo en las guerras de otros”.

El deseo de paz no es en sí mismo un error. Pero ¿qué ocurre si la otra parte ve la paz solo como una herramienta para profundizar su dominio, subyugar aún más a la población de la región y apoderarse de sus riquezas y tierras? Cuando los “acuerdos de paz” son firmados por un actor débil que hace concesiones masivas mientras el fuerte mantiene su estructura colonial, entonces la paz se convierte en una rendición absoluta. Esta dinámica refuerza la idea de que Israel pierde mucho más en la paz que en la guerra; por lo tanto, la "paz", bien definida, representa una amenaza para Israel.

El modelo de Qatar de dominación facilitada por la mediación

Lejos del frente de batalla, el Estado de Qatar invirtió en su papel de mediador internacional con vínculos con Washington e indirectamente con Israel. En marzo de 2022, la ONU designó a Qatar como "Aliado Principal No Miembro de la OTAN" (APNOM).

En teoría, este estatus otorga a Doha privilegios especiales en materia de defensa y seguridad. Qatar patrocinó conversaciones, financió ayuda a Gaza, invirtió en empresas israelíes y mantuvo sólidas relaciones con Estados Unidos, que utiliza la base aérea de Al-Udeid como un importante centro de operaciones avanzadas.

La ironía: a pesar de este posicionamiento estratégico, Qatar se convirtió en blanco de Israel. El 9 de septiembre de 2025, Israel llevó a cabo un ataque en Doha contra miembros de una delegación de negociación de Hamás que se encontraba en Qatar. Esto plantea una pregunta fundamental: mientras Israel ataque incluso a un mediador sin historial de combates contra él, ¿podrá su naturaleza agresiva cambiar alguna vez?

La experiencia de Qatar demuestra que, para que la paz tenga sentido, no puede ser simplemente una iniciativa de la parte más débil; debe ser buscada y aceptada por la parte fuerte. De lo contrario, carece de significado.

Consideremos el ejemplo de la Autoridad Palestina (AP), liderada por Mahmud Abás. Durante décadas, se ha convertido en un socio de seguridad de Israel: coordinando operaciones en la Cisjordania ocupada, deteniendo a miembros de la resistencia, entregando listas y cooperando bajo el pretexto de "coordinación en materia de seguridad".

Sin embargo, Israel la acusa de "financiar el terrorismo" debido a las compensaciones que se otorgan a los prisioneros. Incluso la colaboración plena, al parecer, no garantiza la paz; la sumisión sigue siendo la norma.

En contraste, el modelo de los Emiratos Árabes Unidos muestra una dinámica diferente: la normalización con Israel basada en la economía y la inversión, no en la justicia ni en el fin de la hegemonía. Cuando el más débil se convierte en socio económico, la “paz” se transforma en un bien lucrativo para el fuerte: la paz se define como “un servicio al fuerte a cambio de estabilidad temporal”.

En Sudán, el tercer Estado árabe en adherirse a los Acuerdos de Abraham, Israel nunca consideró a Jartum un socio estratégico; era un puesto de seguridad para vigilar el Mar Rojo y las rutas de tráfico. La normalización se impuso desde arriba, no entre socios en igualdad de condiciones.

Esto demuestra que Israel no se opone a la paz en sí, sino a una paz “igualitaria”, es decir, una paz que transforme las relaciones de poder.



Un ataque aéreo israelí mata a 15 personas en el sur del Líbano.
[19 de noviembre 2025]


Tratados de paz históricos, pero sin justicia.

Egipto e Israel firmaron un tratado de paz en marzo de 1979 que exigía la retirada total de Israel del Sinaí en un plazo de tres años y establecía acuerdos de seguridad y zonas desmilitarizadas. A pesar de la normalización formal desde 1980, la relación se describe ampliamente como una “paz fría”. La máxima sigue vigente: la firma de un Estado árabe no equivale a la normalización popular.

Sobre el terreno, incidentes de seguridad poco frecuentes pero reveladores ilustran la fragilidad de la situación, como los ocurridos cerca de Rafah en junio de 2023 y mayo de 2024. Mientras tanto, la cooperación energética se intensificó: Egipto, Israel y la UE firmaron un acuerdo el 15 de junio de 2022 para ampliar las exportaciones de gas egipcio mediante plantas de licuefacción.

La realidad es una dualidad: una alianza en materia de seguridad y energía, junto con la resistencia popular. Este equilibrio demuestra cómo la «paz», tal como está estructurada actualmente, sirve a las necesidades de seguridad y energía de Tel Aviv, no a la justicia palestina.

Jordania ofrece otro ejemplo. Su tratado del 26 de octubre de 1994 estableció marcos para el agua y las fronteras. Sin embargo, treinta años después, la paz sigue siendo esquiva. En noviembre de 2023, Amán retiró a su embajador por la guerra de Gaza y congeló la firma de un proyecto de «Agua por Energía».

No obstante, la cooperación práctica continúa: los canales de agua, gas y seguridad permanecen abiertos. Jordania incluso abrió su espacio aéreo a la Fuerza Aérea Israelí para interceptar amenazas de drones y misiles iraníes, demostrando que Israel ofrece acuerdos simbólicos a las capitales que sirven a sus intereses, sin una solución política al conflicto palestino-israelí.

En Siria, el nuevo gobierno, vinculado a Al Qaeda, ofreció gestos de «buena voluntad», devolviendo los restos del espía israelí Eli Cohen, declarando hostilidad hacia Irán e interceptando armas destinadas al conflicto de Hezbolá con Israel.

Sin embargo, Israel nunca participó en verdaderas negociaciones de paz. En cambio, ocupó más territorio, atacó el aeropuerto de Damasco, se apoderó del Monte Hermón y de recursos hídricos, y declaró que jamás se iría. Israel no quiere estados fuertes; los quiere lo suficientemente débiles como para que actúen como policía fronteriza para su propia seguridad, no para que defiendan su territorio.

En el Líbano, los asesinatos, las masacres y la ocupación diarios no se olvidarán fácilmente. ¿Cómo se puede pedir al Líbano que firme una paz que ignora la justicia? Israel asesinó a miles de libaneses y continúa bombardeando aldeas y asesinando personas a diario.

¿Cómo se puede exigir la paz en un territorio donde los crímenes de guerra siguen impunes y la sangre aún corre? ¿Cómo se pueden entregar las armas a un enemigo que nunca ha demostrado buena voluntad?

Si bien el primer ministro, el presidente y la mayoría de los ministros del Líbano comparten una postura en contra de las armas no estatales, también confirman que Israel nunca respetó lo que hizo el Líbano. ¿Cómo, entonces, se puede hablar de negociaciones cuando el enemigo ni siquiera ha respetado el alto el fuego que el Líbano respetó?

¿Y qué decir de las voces que ahora abogan por la paz como si fuera una posible salvación, que solo llegaría después de que el Estado libanés obtuviera la plena soberanía y monopolizara las armas? Estas voces ignoran que la presidencia y el gobierno del Líbano, a pesar de las disputas internas, coinciden: Israel no busca la paz, sino ganancias ilimitadas.

Siria fue devastada sin disparar una sola bala contra Israel, y sin embargo, los ataques israelíes persisten. ¿Cuál es, entonces, la diferencia entre el Líbano y Siria? El problema no radica en el movimiento de resistencia Hezbolá, sino en el continuo afán de expansión y control de Israel.

Estas ambiciones se hicieron patentes en el acuerdo sobre la frontera marítima, donde Tel Aviv buscaba maximizar sus beneficios, para luego cancelarlo tras el asesinato del secretario general de Hezbolá, Hassan Nasrallah. La codicia territorial resurgió cuando Netanyahu presentó en la ONU un mapa del “nuevo Oriente Medio” que omitía Líbano y Siria.

Ese mapa pertenecía a la fantasía del “Gran Israel”, no a la realidad política. Haciéndose eco de esto, Tom Barrack, en Damasco, afirmó que Líbano y Siria son “un solo país, no dos”, en una inquietante sincronía con el discurso israelí que borra fronteras y rediseña la región a su antojo.

Quienes exigen la paz hoy llegan décadas tarde, más de 30 años después de la Conferencia de Madrid de 1991, que Israel rechazó.



¿Qué entiende Israel por “paz”?

Si se combinan los elementos anteriores —el control de seguridad perpetuo al oeste del Jordán, la aceleración de los asentamientos, la presión sobre las capitales árabes para que adopten una cooperación bilateral al margen de una solución definitiva o de la cuestión palestina— se llega a la definición de “paz” tal como la entiende Israel. Un sistema de disuasión y subyugación que neutraliza a los Estados y perpetúa el control sobre los palestinos.

Las propias declaraciones de Netanyahu, en las que rechaza un Estado palestino tras la guerra, y las políticas de su gobierno en Cisjordania confirman esta conclusión tanto política como prácticamente.

La paz exigida desde una posición de debilidad no es suficiente. La paz real comienza cuando el fuerte se ve obligado a tratar al otro como un igual, no como un subordinado. Israel se considera el amo, y al resto, sus subordinadosEste es el núcleo de su pensamiento, impulsado por el mito de un Gran Israel. Los estados débiles no pueden limitarse a proclamar la paz; deben crear dinámicas de poder que impongan respeto y obliguen al reconocimiento de sus derechos.

El riesgo reside en que los llamamientos árabes a la paz se conviertan en un pacto de sumisión, etiquetado como «paz», pero que en realidad constituye una continuación de la hegemonía.

El primer paso hacia una paz genuina no es una firma ni un comunicado de prensa, sino esta simple pregunta: ¿Esta «paz» transforma la realidad o legitima la sumisión continua? ¿Está la parte dominante dispuesta a renunciar a la ocupación y la agresión?

No basta con decir «no queremos la paz». Si la otra parte solo busca la dominación en nombre de la paz, entonces nuestro llamado a la paz es, para una parte, un mero deseo; para la otra, una recompensa por el genocidio.

Demonizando la resistencia

Durante años, una enorme maquinaria mediática árabe y occidental ha generado propaganda metódica para reconfigurar el panorama moral en la conciencia árabe. Irán, Hezbolá y cualquiera que se resista al proyecto estadounidense-israelí son presentados como la raíz del colapso regional, mientras que los invasores y sus regímenes aliados son retratados como defensores de la paz y la estabilidad.

Cada día, la memoria del pueblo se borra mediante un discurso parcial sobre la “amenaza iraní”, la “expansión de Hezbolá” y el “creciente chiíta”, mientras se ocultan los crímenes cometidos bajo las banderas de la “libertad” y la “democracia” por alianzas occidentales o grupos árabes afines.

La verdad es que no fue la resistencia la que destruyó el Líbano, sino quienes se rindieron. Quienes colaboraron con el asedio, facilitaron la invasión y financiaron la degradación mediática, política y militar que asoló la región en nombre de la modernidad y la ilustración.

Durante dos décadas, los medios árabes y occidentales han construido una narrativa distorsionada que convirtió a Irán y Hezbolá en el enemigo público número uno, silenciando las verdaderas causas de nuestras tragedias.

Cuando Afganistán quedó devastado bajo la ocupación estadounidense, nadie preguntó cuántos muertos hubo ni cuántos millones sufrieron bajo la “guerra contra el terrorismo”.

Cuando Irak fue invadido ilegalmente en 2003, cientos de miles murieron, la infraestructura colapsó y reinó el caos; todo ello tildado de “marcha hacia la democracia”.

Líbano es blanco frecuente de la agresión israelí y se le prohíbe construir un Estado verdaderamente independiente, porque su independencia amenaza la “superioridad” de Israel. Sin embargo, las campañas mediáticas presentaron a la resistencia como la fuente de las crisis, ignorando a quienes impusieron el asedio, financiaron la división y destrozaron la economía.

En Siria, la destrucción no fue causada por la “influencia iraní”, como se popularizó, sino por un proyecto internacional que movilizó a miles de combatientes del ISIS, el Frente Al-Nusra y otros grupos con financiación del Golfo Pérsico y la complicidad occidental. Irán fue una de las pocas potencias que ayudaron a evitar el colapso de Damasco. El gobierno finalmente sucumbió ante un asedio económico aplastante, no por la influencia iraní.

En cuanto a Yemen, la guerra no fue un conflicto por poderes, como simplifican los medios, sino una agresión directa de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, con el respaldo de Washington, que convirtió al país en uno de los que sufren algunas de las peores catástrofes humanitarias del siglo XXI.

En Palestina, la población ha sido masacrada y asesinada durante décadas por bombas y asedio; sin embargo, sus movimientos de resistencia son demonizados más que los perpetradores. Los principales medios de comunicación niegan el derecho a la autodefensa de la población ocupada, demonizando sus cohetes e ignorando los aviones de combate de la ocupación que aniquilan familias y destruyen ciudades.

En Sudán, se está desarrollando una limpieza étnica sistemática, liderada por las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) en Darfur, acusadas de asesinatos en masa, desplazamiento forzado y genocidio. Milicias con apoyo regional de los Emiratos Árabes Unidos e Israel también están implicadas. Los medios de comunicación convencionales tratan el conflicto como una crisis menor.

La campaña propagandística ha tergiversado la narrativa: quienes invaden y ocupan son presentados como pacificadores, mientras que quienes se resisten son tachados de amenaza. Si los llamamientos árabes a la paz continúan en estos términos, no se interpretarán como una búsqueda de justicia, sino como una tácita señal de sumisión.


  • Primer párrafo, capítulo IX "Genocidio" de Raphael Lemkin, 
    quien acuñara el término.










  •  






    No hay comentarios:

    Publicar un comentario