A dos años de un genocidio anunciado
824 días de genocidio en Gaza
y anexión de Cisjordania, Palestina ocupada
Publicado originalmente
en +972 Magazine
(es una agencia de noticias israelí de izquierda fundada en 2010)
en colaboración con Local Call
el 24/12/2025
Versión al español Zyanya Mariana
| Una activista ondea una bandera palestina al frente de una marcha feminista en París, el 7 de marzo de 2025. (Anne Paq/Activestills) |
El genocidio de Gaza radicalizó al mundo, y no hay vuelta atrás.
La gente no puede dejar de ver una aniquilación transmitida en vivo, defendida bajo la bandera de la democracia liberal. Saben que el régimen de apartheid israelí ya no puede existir.Tareq Baconi
Este artículo fue publicado originalmente por Al-Shabaka: La Red de Política Palestina.
El 7 de octubre de 2023 marcó una ruptura paradigmática en la forma en que se discute e imagina Palestina. Hasta ese momento, el discurso internacional había quedado atrapado en el vocabulario de la estatalidad y los procesos de paz. La cuestión palestina se enmarcaba como un conflicto a gestionar, en lugar de una estructura de dominación a desmantelar. Sin embargo, el 7 de octubre obligó al mundo a confrontar las realidades que los palestinos han identificado durante mucho tiempo: el colonialismo de asentamiento, la Nakba en curso, el sionismo y el apartheid israelí.
Esta ruptura no es meramente retórica; marca un cambio sustancial en la comprensión política global. Los discursos de descolonización y rendición de cuentas ahora permean ámbitos que antes se limitaban al lenguaje diplomático de una solución de dos Estados. Los ataques de Israel contra Gaza han desbaratado la pretensión de que su violencia es episódica o defensiva, exponiendo el genocidio como una característica estructural de su proyecto colonial de asentamiento.
Para los palestinos, este momento reafirma una verdad arraigada: la liberación no puede lograrse mediante la negociación dentro de un sistema injusto, sino que requiere confrontar las estructuras que propician su despojo y supresión.
Para el mundo, el genocidio ha catalizado una amplia radicalización. Cuando las multitudes marchan por las capitales globales exigiendo una Palestina libre, simultáneamente expresan demandas por la abolición del capitalismo racializado, los regímenes extractivos, la injusticia climática y todas las formas de fascismo contemporáneo. Palestina se entiende a través de una lente interseccional, que vincula estas luchas. Esta comprensión radical de las estructuras de poder replantea a Palestina no como una crisis aislada, sino como una lente a través de la cual se hace visible la arquitectura más amplia de la dominación global.
La ruptura del 7 de octubre
En los meses previos al 7 de octubre, las condiciones sobre el terreno ya habían vuelto insostenible el paradigma preexistente. Los palestinos eran gestionados mediante ayuda e incentivos económicos en lugar de derechos o justicia. Toda la arquitectura internacional —el proceso de paz, los marcos de donantes y el lenguaje diplomático— funcionó para contener y marginar las aspiraciones palestinas, a la vez que legitimaba a Israel.Antes del 7 de octubre, el mundo trataba a Israel como un Estado legítimo dentro de la familia de naciones, mientras que los palestinos eran vistos como un problema humanitario que debía gestionarse mediante la ayuda o como una amenaza a la seguridad que debía contenerse en el marco de la "Guerra contra el Terror". A partir de 1993, el proceso de Oslo —con sus interminables negociaciones y conferencias— mantuvo la ilusión de progreso mientras consolidaba el apartheid. En este contexto, la diplomacia funcionó como una forma de contención: el llamado "proceso de paz" gestionó la violencia colonial traduciéndola a un lenguaje tecnocrático.
| El primer ministro israelí, Yitzhak Rabin, el líder de la OLP, Yasser Arafat, y el presidente estadounidense, Bill Clinton, en la ceremonia de firma de los Acuerdos de Oslo en el jardín de la Casa Blanca, Washington, D.C., el 13 de septiembre de 1993. (GPO/Avi Ohayon) |
Este paradigma "gerencial" se basaba en borrar la historia. La Nakba se convirtió en un capítulo cerrado, y la colonización en curso se reinterpretó como un "problema de seguridad". Sin embargo, para el 6 de octubre de 2023, este marco ya había fracasado en sus propios términos. No produjo ni paz ni estabilidad, solo profundizó la dominación y la desesperación.
Antes de la operación de Hamás, ese año ya se había convertido en el más mortífero para los palestinos en décadas, especialmente para los niños, incluso mientras el mundo seguía tratando las demandas palestinas como un asunto secundario que debía pacificarse, en lugar de una lucha política continua por la liberación. El 7 de octubre demostró que décadas de "gestión" no habían creado orden, sino que habían incubado resistencia.
Antes de la operación de Hamás, ese año ya se había convertido en el más mortífero para los palestinos en décadas, especialmente para los niños, incluso mientras el mundo seguía tratando las demandas palestinas como un asunto secundario que debía pacificarse, en lugar de una lucha política continua por la liberación. El 7 de octubre demostró que décadas de "gestión" no habían creado orden, sino que habían incubado resistencia.
Además, el 7 de octubre expuso una contradicción central del sionismo: la creencia de que los asentamientos y la expansión territorial podían garantizar la seguridad duradera del pueblo judío en Palestina sin tener que lidiar con la suplantación u opresión de la población indígena. El sionismo presentó la colonización como redención y el desplazamiento como seguridad. Durante décadas, esta ilusión se mantuvo porque las potencias occidentales la protegieron y porque los palestinos quedaron invisibilizados en la narrativa del retorno judío. El 7 de Octubre reveló que ninguna seguridad duradera puede construirse borrando a otros. De hecho, la misma lógica que prometía seguridad generó inseguridad perpetua.
Hoy en día, la cuestión de la seguridad judía es claramente inseparable de la cuestión de la libertad palestina. Mientras el sionismo, con su compromiso con la dominación y el colonialismo, persista, condenará a las personas a una vida de violencia interminable y, por lo tanto, garantizará la continuidad de la resistencia hasta sus cimientos. Al exponer esta contradicción, el 7 de Octubre redefinió los parámetros de la justicia: ninguna solución que preserve un orden colonial de asentamiento puede ser jamás justa. De hecho, la posibilidad de coexistencia no depende de la gestión de los palestinos, sino del desmantelamiento del sistema que hizo posible su despojo.
Recuperan los cuerpos de 25 palestinos en Khan Younis casi dos años después de ser asesinados
Hoy en día, se están haciendo todos los esfuerzos posibles para relegitimar el Estado de Israel tras haber sido despojado de su realidad de apartheid y genocidio. Mientras millones de personas marchaban en las calles de las capitales del mundo exigiendo una Palestina libre, los líderes mundiales nos piden que dejemos de ver un genocidio y que volvamos a las ilusiones del pasado.
Hoy en día, la cuestión de la seguridad judía es claramente inseparable de la cuestión de la libertad palestina. Mientras el sionismo, con su compromiso con la dominación y el colonialismo, persista, condenará a las personas a una vida de violencia interminable y, por lo tanto, garantizará la continuidad de la resistencia hasta sus cimientos. Al exponer esta contradicción, el 7 de Octubre redefinió los parámetros de la justicia: ninguna solución que preserve un orden colonial de asentamiento puede ser jamás justa. De hecho, la posibilidad de coexistencia no depende de la gestión de los palestinos, sino del desmantelamiento del sistema que hizo posible su despojo.
| Middle East Eye |
Recuperan los cuerpos de 25 palestinos en Khan Younis casi dos años después de ser asesinados
bodies of 25 Palestinians retrieved in Khan Younis almost two years after being killed
La prisa por restaurar el antiguo orden
En medio de un genocidio en curso, gobiernos e instituciones internacionales se apresuraron a reafirmar el vocabulario familiar del mundo anterior al 7 de Octubre. Los ceses del fuego, las promesas de reconstrucción, el reconocimiento estatal y las declaraciones de apoyo a la "solución de dos Estados" resurgieron como gestos de tranquilidad ante un orden debilitado. Sin embargo, estas medidas son intentos inútiles de restaurar la normalidad en lugar de afrontar la realidad de que la antigua normalidad era el problema. Funcionan como herramientas de negación y de perpetuación de la injusticia al intentar reafirmar la legitimidad de Israel mientras apaciguan la indignación mundial.Hoy en día, se están haciendo todos los esfuerzos posibles para relegitimar el Estado de Israel tras haber sido despojado de su realidad de apartheid y genocidio. Mientras millones de personas marchaban en las calles de las capitales del mundo exigiendo una Palestina libre, los líderes mundiales nos piden que dejemos de ver un genocidio y que volvamos a las ilusiones del pasado.
| El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se estrechan la mano tras la conferencia de prensa conjunta en la Casa Blanca, donde anunciaron el plan de paz estadounidense para Gaza, el 29 de septiembre de 2025. (Foto oficial de la Casa Blanca: Joyce N. Boghosian) |
Un alto el fuego es ciertamente necesario —salva vidas y permite la ayuda humanitaria—, pero no puede confundirse con justicia. Como muchos expertos palestinos han enfatizado constantemente, la reconstrucción sin soberanía solo profundiza la dependencia. El reconocimiento de un “Estado” palestino reducido, sin control sobre su territorio y sus fronteras, consolida la partición en lugar de la libertad. Estas no son más que medidas vacías destinadas a apaciguar a los palestinos; prueba de ello es que ninguna de estas medidas considera la urgencia de responsabilizar a los autores del genocidio por sus crímenes de guerra, como requisito previo para poner fin a la violencia desatada contra los palestinos.
Cada uno de estos pasos busca volver a meter al genio en la botella, devolver el mundo al 6 de octubre, cuando se toleró el apartheid y se ignoró la Nakba. Sin embargo, la ilusión no puede restaurarse. El mundo ha visto la estructura de la violencia con demasiada claridad como para olvidarla.
La fijación con Hamás es una pista falsa; cuando el régimen israelí habla de erradicarlo, lo que quiere decir es exterminar a todos los palestinos. Es innegable que Hamás ha sufrido pérdidas significativas: su liderazgo, su personal y gran parte de su infraestructura se han visto gravemente degradados. Pero Hamás no se reduce a sus miembros; es una idea, una ideología arraigada en la resistencia.
El enfoque en Hamás confunde el síntoma con la estructura. Incluso si Hamás fuera desmantelado mañana, el genocidio, el asedio de Gaza, el sistema de apartheid y la negación del retorno persistirían. Al mismo tiempo, la resistencia se reconstituiría bajo nuevas formas, ya que la condición que la origina —la dominación colonial— persiste. La exigencia de erradicar a Hamás no es, por lo tanto, una estrategia de paz, sino una declaración de intenciones para reprimir cualquier expresión de voluntad política palestina. En este sentido, Hamás se convierte en una distracción conveniente, que permite a Israel desatar violencia masiva bajo el pretexto de la autodefensa, mientras elude la responsabilidad del sistema que generó la resistencia.
Para los palestinos, este momento conlleva tanto peligro como promesa. La historia nos enseña que los pueblos colonizados nunca tienen la victoria garantizada: los regímenes coloniales han extinguido a algunas poblaciones indígenas, mientras que otras sobreviven solo gracias a la carga persistente del trauma intergeneracional. De hecho, la liberación de Palestina no es inevitable, pero sin duda es posible; y está en manos de los palestinos asegurarla.
Este momento nos sitúa en una encrucijada histórica crucial. El sionismo ha perdido gran parte de su aparato de propaganda, y esta erosión del dominio narrativo expone la vulnerabilidad del régimen israelí. ¿Podrán los palestinos aprovechar esta oleada global de solidaridad —este momento de claridad— para erosionar aún más las falsas y violentas promesas del sionismo y avanzar en la lucha por una Palestina libre?
La mentalidad colonial occidental al descubierto
Como pueblos colonizados, los palestinos seguirán resistiendo a las fuerzas que los despojan y oprimen, ya sea en Gaza o en todas las geografías. La liberación de Palestina ya no se considera una causa local o regional; Más bien, se ha convertido en el eje moral y político de una conciencia global emergente.
La diáspora desempeña un papel crucial en esta transformación. Dispersos por todos los continentes, los palestinos están moldeando el discurso en universidades, parlamentos y calles. Su lucha conecta con movimientos mundiales por la justicia climática, la igualdad racial y una descolonización más amplia. El intento de criminalizar su discurso —mediante sanciones, censura y campañas de desprestigio— demuestra su creciente influencia. Al afirmar el vocabulario de la liberación, los palestinos en el exilio y quienes forman parte del movimiento solidario más amplio están desmantelando los cimientos discursivos del propio imperio.
Después de todo, el 7 de octubre reveló las continuidades coloniales que subyacen al orden global. La respuesta de los gobiernos occidentales al ataque de Israel a Gaza —ayuda militar, cobertura diplomática y represión de la solidaridad— expuso la persistencia de una mentalidad colonial bajo la apariencia de liberalismo. Las instituciones construidas después de la Segunda Guerra Mundial para garantizar los derechos universales se han convertido en mecanismos para preservar la hegemonía. Cuando el derecho internacional se aplica selectivamente, deja de ser ley y se convierte en el lenguaje de la dominación.
El genocidio en Gaza se ha convertido así en un espejo en el que el mundo se refleja. Refleja la estructura racializada del poder global que vincula el despojo palestino con sistemas más amplios de extracción y control, desde el robo de recursos hasta la militarización de las fronteras y la vigilancia policial de los migrantes. Palestina no es una crisis aislada, sino la primera línea de una lucha global entre el imperio y la justicia global. Exigir la libertad para Palestina es exigir el fin del orden colonial que sustenta la explotación en todas partes.
La descolonización no se trata solo de fronteras; se trata de desmantelar el capitalismo imperial, el militarismo y las jerarquías globales que los sustentan. Los palestinos deben seguir articulando la liberación como parte de una agenda global compartida. Hablar de libertad desde el río hasta el mar es articular un horizonte universal de justicia; el ajuste de cuentas global que siguió al 7 de octubre reveló que tal posibilidad es imaginable, pero la lucha ahora es hacerla duradera.
El 7 de octubre no inventó una nueva política; reveló la verdad de una antigua. Expuso la bancarrota moral de un orden mundial que se autodenomina liberal mientras avala el genocidio. Destruyó el mito de que la paz podía lograrse sin enfrentar la propia estructura de despojo y borrado. El intento de resucitar el "proceso de paz" es un esfuerzo por ocultar esta claridad bajo el lenguaje de la diplomacia.
En definitiva, este genocidio ha radicalizado al mundo, y la gente no puede ignorar una aniquilación transmitida en vivo y defendida bajo la bandera de la democracia liberal. El mundo ha comprendido que Israel ya no puede existir como un régimen de apartheid. Esto es precisamente lo que significa una Palestina libre: desmantelar el apartheid, reclamar Palestina y dar paso a un futuro de libertad y justicia entre el río y el mar.
Para los palestinos, no hay vuelta atrás. El paradigma ha cambiado, y la justicia ahora exige desmantelar las estructuras que permitieron el despojo. Estratégicamente, la tarea que tenemos por delante es consolidar esta ruptura en un proyecto de descolonización coherente. La justicia no puede limitarse a la condición de Estado bajo ocupación; debe abordar todo el espectro de los derechos palestinos: retorno, igualdad y soberanía. Esto implica reconstruir las instituciones políticas palestinas sobre la base de la liberación, en lugar de la dependencia de los donantes, garantizando que reflejen las aspiraciones colectivas de los palestinos en todo el mundo.
Cada uno de estos pasos busca volver a meter al genio en la botella, devolver el mundo al 6 de octubre, cuando se toleró el apartheid y se ignoró la Nakba. Sin embargo, la ilusión no puede restaurarse. El mundo ha visto la estructura de la violencia con demasiada claridad como para olvidarla.
Hamás y la política de la distracción
Un elemento central de este intento de restaurar el viejo orden es la fijación con Hamás. La exigencia de “destruir a Hamás” funciona como pretexto para el genocidio. Permite a Israel y a sus aliados presentar la guerra total contra los palestinos como una estrategia antiterrorista, convirtiendo la resistencia en criminalidad. Bajo la lógica colonial israelí, toda resistencia —armada, legal, cultural o diplomática— es ilegítima porque rechaza la subyugación.La fijación con Hamás es una pista falsa; cuando el régimen israelí habla de erradicarlo, lo que quiere decir es exterminar a todos los palestinos. Es innegable que Hamás ha sufrido pérdidas significativas: su liderazgo, su personal y gran parte de su infraestructura se han visto gravemente degradados. Pero Hamás no se reduce a sus miembros; es una idea, una ideología arraigada en la resistencia.
El enfoque en Hamás confunde el síntoma con la estructura. Incluso si Hamás fuera desmantelado mañana, el genocidio, el asedio de Gaza, el sistema de apartheid y la negación del retorno persistirían. Al mismo tiempo, la resistencia se reconstituiría bajo nuevas formas, ya que la condición que la origina —la dominación colonial— persiste. La exigencia de erradicar a Hamás no es, por lo tanto, una estrategia de paz, sino una declaración de intenciones para reprimir cualquier expresión de voluntad política palestina. En este sentido, Hamás se convierte en una distracción conveniente, que permite a Israel desatar violencia masiva bajo el pretexto de la autodefensa, mientras elude la responsabilidad del sistema que generó la resistencia.
| Miembros de Hamás asisten al funeral de los combatientes de las Brigadas Al-Qassam que fueron asesinados por el ejército israelí en los últimos meses, en la mezquita Al-Hajj Musa en Khan Younis, sur de la Franja de Gaza, el 31 de enero de 2025. (Abed Rahim Khatib/Flash90) |
Para los palestinos, este momento conlleva tanto peligro como promesa. La historia nos enseña que los pueblos colonizados nunca tienen la victoria garantizada: los regímenes coloniales han extinguido a algunas poblaciones indígenas, mientras que otras sobreviven solo gracias a la carga persistente del trauma intergeneracional. De hecho, la liberación de Palestina no es inevitable, pero sin duda es posible; y está en manos de los palestinos asegurarla.
Este momento nos sitúa en una encrucijada histórica crucial. El sionismo ha perdido gran parte de su aparato de propaganda, y esta erosión del dominio narrativo expone la vulnerabilidad del régimen israelí. ¿Podrán los palestinos aprovechar esta oleada global de solidaridad —este momento de claridad— para erosionar aún más las falsas y violentas promesas del sionismo y avanzar en la lucha por una Palestina libre?
La mentalidad colonial occidental al descubierto
Como pueblos colonizados, los palestinos seguirán resistiendo a las fuerzas que los despojan y oprimen, ya sea en Gaza o en todas las geografías. La liberación de Palestina ya no se considera una causa local o regional; Más bien, se ha convertido en el eje moral y político de una conciencia global emergente.La diáspora desempeña un papel crucial en esta transformación. Dispersos por todos los continentes, los palestinos están moldeando el discurso en universidades, parlamentos y calles. Su lucha conecta con movimientos mundiales por la justicia climática, la igualdad racial y una descolonización más amplia. El intento de criminalizar su discurso —mediante sanciones, censura y campañas de desprestigio— demuestra su creciente influencia. Al afirmar el vocabulario de la liberación, los palestinos en el exilio y quienes forman parte del movimiento solidario más amplio están desmantelando los cimientos discursivos del propio imperio.
Después de todo, el 7 de octubre reveló las continuidades coloniales que subyacen al orden global. La respuesta de los gobiernos occidentales al ataque de Israel a Gaza —ayuda militar, cobertura diplomática y represión de la solidaridad— expuso la persistencia de una mentalidad colonial bajo la apariencia de liberalismo. Las instituciones construidas después de la Segunda Guerra Mundial para garantizar los derechos universales se han convertido en mecanismos para preservar la hegemonía. Cuando el derecho internacional se aplica selectivamente, deja de ser ley y se convierte en el lenguaje de la dominación.
El genocidio en Gaza se ha convertido así en un espejo en el que el mundo se refleja. Refleja la estructura racializada del poder global que vincula el despojo palestino con sistemas más amplios de extracción y control, desde el robo de recursos hasta la militarización de las fronteras y la vigilancia policial de los migrantes. Palestina no es una crisis aislada, sino la primera línea de una lucha global entre el imperio y la justicia global. Exigir la libertad para Palestina es exigir el fin del orden colonial que sustenta la explotación en todas partes.
La descolonización no se trata solo de fronteras; se trata de desmantelar el capitalismo imperial, el militarismo y las jerarquías globales que los sustentan. Los palestinos deben seguir articulando la liberación como parte de una agenda global compartida. Hablar de libertad desde el río hasta el mar es articular un horizonte universal de justicia; el ajuste de cuentas global que siguió al 7 de octubre reveló que tal posibilidad es imaginable, pero la lucha ahora es hacerla duradera.
El 7 de octubre no inventó una nueva política; reveló la verdad de una antigua. Expuso la bancarrota moral de un orden mundial que se autodenomina liberal mientras avala el genocidio. Destruyó el mito de que la paz podía lograrse sin enfrentar la propia estructura de despojo y borrado. El intento de resucitar el "proceso de paz" es un esfuerzo por ocultar esta claridad bajo el lenguaje de la diplomacia.
En definitiva, este genocidio ha radicalizado al mundo, y la gente no puede ignorar una aniquilación transmitida en vivo y defendida bajo la bandera de la democracia liberal. El mundo ha comprendido que Israel ya no puede existir como un régimen de apartheid. Esto es precisamente lo que significa una Palestina libre: desmantelar el apartheid, reclamar Palestina y dar paso a un futuro de libertad y justicia entre el río y el mar.
Para los palestinos, no hay vuelta atrás. El paradigma ha cambiado, y la justicia ahora exige desmantelar las estructuras que permitieron el despojo. Estratégicamente, la tarea que tenemos por delante es consolidar esta ruptura en un proyecto de descolonización coherente. La justicia no puede limitarse a la condición de Estado bajo ocupación; debe abordar todo el espectro de los derechos palestinos: retorno, igualdad y soberanía. Esto implica reconstruir las instituciones políticas palestinas sobre la base de la liberación, en lugar de la dependencia de los donantes, garantizando que reflejen las aspiraciones colectivas de los palestinos en todo el mundo.
Tareq Baconi preside la junta directiva de Al-Shabaka. Anteriormente, fue miembro de Política Estadounidense de Al-Shabaka y analista sénior de Israel/Palestina y Economía del Conflicto en el International Crisis Group, con sede en Ramallah. Sus escritos han aparecido en la London Review of Books, la New York Review of Books y el Washington Post, entre otros medios, y es un comentarista frecuente en medios regionales e internacionales. Es autor de "Hamás Contained: The Rise and Pacification of Palestinian Resistance" (Stanford University Press, 2018) y "Fire in Every Direction: A Memoir" (Washington Square Press, 2025).

No hay comentarios:
Publicar un comentario