A dos años de un genocidio anunciado
830 días de tecnogenocidio en Gaza
y anexión de Cisjordania, Palestina ocupada
Publicado originalmente
en PALESTINE NEXUS
(Blog del historiador Zachary Foster
'This is Palestine, in your Inbox, making sense of the madness'
'Esto es Palestina, en tu bandeja de entrada, dándole sentido a la locura')
el 08/12/2025
versión al español Zyanya Mariana
| Momentos de nuestro
viaje al sur: gente cargando lo que podía, moviéndose entre escombros y
refugios improvisados, intentando aferrarse a una sensación de seguridad en un lugar donde la supervivencia se ha convertido en el único objetivo. Fotos cortesía del autor. 12 de septiembre de 2025. |
Mi 12º desplazamiento: Cómo la sobrevivencia se convirtió en una mercancía en Gaza
Marah Shaqqoura
Nuestro viaje al sur de Gaza comenzó el 14 de septiembre de 2025. Era nuestro duodécimo desplazamiento.
Unos días antes, el 12 de septiembre, los residentes de la zona de las Torres habían recibido una amenaza telefónica del ejército israelí advirtiendo que el complejo de edificios en el noroeste de Gaza, donde vivía mi familia, pronto sería atacado. Como la situación empeoraba rápidamente, abandonamos la zona dos días después, el 14 de septiembre. Originalmente había trece torres, pero solo quedaban tres; el resto había quedado reducido a cenizas y escombros por los ataques aéreos israelíes desde el comienzo de la guerra.
Alrededor de la 1 de la madrugada, un vehículo aéreo sobrevoló tan cerca de nuestra ventana que pude ver la luz del sol reflejándose en su cuerpo metálico. Era un cuadricóptero, un helicóptero en miniatura, una de las armas israelíes más aterradoras y utilizadas con frecuencia para vigilancia y objetivos.
Momentos después, granadas de humo inundaron los alrededores de nuestra casa: densas nubes asfixiantes que nos quemaban los ojos y nos dejaban sin aliento. Mi corazón latía con tanta fuerza que podía oírlo por encima del zumbido del dron. Nos agazapamos tras un muro, conteniendo la respiración, abrazados en silencio, mientras el sonido de los disparos resonaba por las estrechas calles. Cada segundo parecía una eternidad, atrapados entre un ojo mecánico que nos observaba desde el cielo y el humo sofocante que se cernía sobre nosotros desde todas direcciones.
Habíamos resistido el impulso de irnos, pues ya habíamos experimentado la amargura y las dificultades del desplazamiento, pero mientras las bengalas iluminaban la noche y los tanques seguían avanzando, decidimos dirigirnos al sur.
Salir del norte de Gaza no fue una elección, fue una apuesta arriesgada. Tomamos la calle Al-Rashid, una carretera de 40 kilómetros que conecta el norte con el sur, y creíamos que era nuestra mejor opción de supervivencia. Cada kilómetro tenía un precio: esfuerzo físico, dignidad y dinero. Un viaje en coche hacia el sur, que antes del genocidio costaba 20 shekels (6 USD), se ha disparado a casi 4000 shekels (1300 USD).
Muchas personas se vieron obligadas a vender sus pertenencias, como un familiar nuestro, que vendió todos los muebles de su casa para reunir unos 4100 shekels (1335 USD), el coste total del alquiler de un camión, una cantidad que representaba todo lo que les quedaba para sobrevivir.
El precio del viaje también estaba completamente fuera de nuestro alcance. No tuvimos más remedio que compartir un solo camión con nuestros vecinos, y cada familia contribuía con lo poco que podía. Incluso mientras empaquetábamos nuestras pertenencias en esos últimos momentos, la ocupación no nos dio tregua; una casa cercana fue bombardeada y la metralla se esparció por el aire.
Los conductores exigieron el pago inmediato, dejando a quienes no tenían dinero a la deriva o a esperar un milagro que nunca llegó. Y así, sin más opciones, las familias comenzaron a desplazarse hacia el sur a pie, caminando durante horas bajo el sol abrasador, empujando cochecitos, tirando de carros o aferrándose a los restos de vida que pudieran llevar consigo. Les guiaba la tenue esperanza de que, más allá de la devastación, aún pudiera haber seguridad.
Las fuerzas israelíes permanecieron estacionadas a lo largo de la calle Al-Rashid desde el estallido de la guerra en octubre de 2023 hasta el 19 de enero de 2025, transformando este paso, antaño vital, en un desierto de cráteres, vehículos quemados y edificios derrumbados. La calle Al-Rashid era la principal vía vital de Gaza, conectando familias, mercados y barrios de norte a sur. Hoy, se ha convertido en un corredor de peligro y desesperación, desprovisto de toda señal de vida.
Miles de familias fueron desplazadas a lo largo de esta carretera durante la última ola de expulsiones, antes de que se anunciara el alto el fuego. Era un viaje de cinco horas a pie. Madres y padres cargaban con pesadas bolsas y a sus hijos, intentando proteger lo que quedaba de sus pertenencias, comida y sus vidas. Algunos llevaban víveres a la espalda, otros empujaban pequeños carros cargados de comida, ropa y mantas. El camino estaba abarrotado de gente, y nuestro camión tenía que detenerse a menudo, luchando por abrirse paso entre la multitud que huía hacia el sur.
En una de esas pausas, miré hacia afuera y vi a una madre con su hijo en brazos mientras arrastraba una bolsa con todo lo que le quedaba. No la conocía; era una de tantas, llena de dolor y desesperación. El polvo cubría su ropa y cabello, sus ojos abiertos de par en par por el cansancio y la desesperanza. Se oían explosiones cerca, un método utilizado para obligar a los residentes del norte de Gaza a evacuar. Cada paso parecía más pesado que el anterior, pero ella seguía adelante, aferrándose a la frágil esperanza de alcanzar un lugar seguro.
Por el camino, varias personas, incluida una madre, nos preguntaban constantemente: "¿Cuánto pagaron?" y "¿Pueden darme el número del camionero?". El conductor comprendió que la demanda aumentaba y la gente estaba desesperada, así que el precio subió a 1800 dólares. Al oír el precio del viaje, sus rostros se tornaron desesperados. Bajaron la cabeza, encorvaron los hombros y continuaron su incierto viaje a pie: una búsqueda agotadora de cualquier medio para llegar al sur, agobiados por el imposible coste de la supervivencia. En ese instante, el miedo se convirtió en explotación, la supervivencia en comercio y los seres humanos en clientes.
Mientras soportaba este viaje, pensé en mi tía, que había sido desplazada dos veces: primero de Al-Falouja a Sheikh Radwan el 21 de mayo de 2025, y nuevamente el 16 de septiembre de 2025, de Sheikh Radwan al campamento de Al-Shati. Cuando llegaron las nuevas órdenes de evacuación, quiso huir al sur con sus hijos, pero el costo —mil dólares o más— excedía con creces sus ingresos mensuales. Empacó rápidamente algo de ropa y algunos artículos del hogar. Entró en shock cuando comenzaron los bombardeos: ataques aleatorios que impactaron principalmente en las calles circundantes como advertencia para que los residentes evacuaran. Recorrió rápidamente la casa, llamando a sus hijos por sus nombres con voz temblorosa a medida que las explosiones se acercaban. Las lágrimas corrían por su rostro, pero continuó buscando de habitación en habitación. Finalmente, los encontró escondidos en diferentes rincones, con el cuerpo temblando y el rostro pálido.
La última vez que la vi, susurró: «Lo que nos mata no es el hambre ni el miedo, sino la mirada en los ojos de nuestros hijos cuando preguntan: '¿Adónde iremos?'».
No estaba sola. Lina, una mujer de un barrio cercano, se enfrentó a una decisión igualmente imposible. Huyó con su familia el 12 de septiembre de 2025, pocas horas antes de que los soldados tomaran el control de la zona. Describió los momentos finales: vecinos corriendo por las calles para advertir a los demás, familias arrastrando a sus hijos y algunas pertenencias. Con voz temblorosa, dijo: «Quedarse significa arriesgarse a los bombardeos. Irse significa morir de hambre».
Lina habló del largo camino hacia el sur: multitudes huyendo de la muerte, algunos descalzos, otros apiñados en vehículos que se negaban a llevar sus pertenencias. Era una de las cosas más duras que un gazatí podía soportar: caminar hacia lo desconocido con las manos vacías, dejando atrás nuestros hogares.
La UNRWA estima que 1,9 millones de personas en Gaza han sido desplazadas internamente. Eso significa que alrededor de nueve de cada diez personas en Gaza hicieron un viaje similar, la mayoría desde el norte. Muchos nunca llegaron al final de su viaje. Nosotros tuvimos más suerte.
Cuando finalmente llegamos a la ciudad de Nuseirat, no había ninguna tienda de campaña lista; tuvimos que montarla nosotros mismos. No había dónde refugiarnos. Nos sentamos en el suelo, expuestos. Me ardían los ojos de cansancio.
Lo único que quería era cerrar los ojos y dormir. Los residentes locales nos recibieron con cariño, abriéndonos sus hogares como si intentaran restaurar un fragmento de nuestra agotada humanidad. Nos quedamos con ellos hasta que pudieron montar la tienda, pero incluso entonces, la tienda no era un verdadero refugio; era el comienzo de un nuevo tipo de sufrimiento. Sin paredes donde apoyarnos, sin sombra bajo la cual escondernos mientras el calor abrasador de septiembre nos roía el cuerpo y el agotamiento nos roía el alma.
Bajo la fina tela de la tienda, intentamos convencernos de que habíamos sobrevivido, pero la supervivencia se sentía como una frágil mentira a la que nos aferrábamos para no derrumbarnos del todo. Nada era estable, nada parecía vida; solo largas esperas, un silencio denso y un deseo desolado: que esta dura prueba pasara y que algún día pudiéramos regresar a un lugar que realmente se sintiera como nuestro hogar.
Informado y escrito antes de que entrara en vigor el alto el fuego de octubre de 2025.

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