domingo, 29 de marzo de 2026

693b. FRONTERA D/ Nima Yushij/ Oíd, humanos, a un poeta iraní. Alguien en el agua está perdiendo la vida. Hacia Nima Yushij-Gonzalo Sánchez-Terán: PENSAR, REPENSAR Y DISENTIR EN TIEMPOS DE GAZA BOMBARDEADA

A dos años de un genocidio anunciado 
905 días de tenogenocidio en Gaza
y anexión de Cisjordania, Palestina ocupada
Día 30: Ataque ilegal a Irán 



Publicado originalmente
en la revista FRONTERA D
(revista trimestral socialista estadounidense con sede en Nueva York.
el 19/03/2026


 

Oíd, humanos, a un poeta iraní. Alguien en el agua está perdiendo la vida. 
Hacia Nima Yushij


De todos los pueblos de la Tierra ninguno mantiene una relación tan intensa y devota con la poesía como el iraní. Desde que hace mil años Hakim Abol-Qasem Ferdousí Tusi completó el Shahnamé (El libro de los Reyes), el poema más largo jamás escrito por un solo ser humano, salvando la lengua persa del alud árabe que se había impuesto en pocos siglos como idioma dominante en Oriente Medio, y recreando en verso los imperios, mitos y héroes del pasado, la poesía se convirtió en la expresión mayor del alma y la cultura de Persia. Ferdousí recogió en su desaforada obra una tradición más antigua que su relato. El historiador Lloyd Llewellyn-Jones afirma:

 “En la Antigüedad persa, el pasado se abordaba mediante la transmisión oral, a través del canto, la poesía y la epopeya narrada[Los persas. Ático de los Libros, 2024]. 

Para los iraníes los poetas interpretan, definen y desvelan la esencia de la persona y la experiencia colectiva: son seres trascendentes, en la hermosa polisemia de la palabra.

Es difícil encontrar a un iraní que no conozca de memoria los versos de Hafez, el poeta que en el siglo XIV coronó la época dorada de la literatura persa. Su mausoleo, rodeado de jardines, se halla en un barrio al norte de la ciudad de Shiraz. Para los hombres y mujeres que allí acuden cada día los gazales de Hafez tienen un poder adivinatorio, taumatúrgico. Sus versos, escogidos al azar, aclaran dilemas, compelen a la acción o consuelan en la congoja. El poeta medieval más que un escritor, es un oráculo.

Tal veneración no nace de su antigüedad sino de su palabra. A las afueras de Kashan, bordeando los grandes desiertos del centro del país, dentro del recinto de una mezquita, se halla la tumba de Sohrab Sepehrí, un poeta fallecido hace apenas medio siglo. Sohrab escribió poemas de un intenso misticismo exaltado de naturaleza en los cuales se entrelazan las tradiciones islámicas, budistas y occidentales. La gente, al terminar su oración en la mezquita, se acerca a la lápida negra que cubre el cuerpo del poeta y con reverencia la toca en silencio. Abrir un libro de poesía iraní no es únicamente escuchar la voz de un autor, es acodarse sobre el alma de un pueblo antiguo, luminoso y sufriente.

Nima Yushij es a un tiempo una de las más altas cumbres de la milenaria literatura persa y el umbral que une y permite el tránsito desde los grandes poetas clásicos (Ferdousí, Rumí, Saadí, Jayam, Hafez) a la extraordinaria poesía moderna (Shamlú, Ajavan-Sales, Farrojzad, Sepehrí). Diríase que su vida y su escritura estaban destinadas a habitar una falla donde poderosas placas tectónicas se enzarzan en una labor constante de creación y destrucción. La suya fue una existencia en permanente conflicto, a caballo entre sus bosques natales y el mundo urbano al que jamás se acostumbró, entre la tradición autocrática de los dirigentes de Irán y el deseo de apertura y democracia de su generación, y entre el estuario caudaloso de las formas poéticas heredadas y el manantial crecido por las aguas de distantes fuentes literarias. Cuando es tanta la tensión la hebilla salta por los aires.

Ali Esfandyari, quien andando el tiempo se haría llamar Nima Yushij, nació el 21 del mes de Aban de 1276 año de la Hégira Solar (HS), el 11 de noviembre de 1897 de la Era Común, en la provincia de Mazandarán, una tierra de densas arboledas y leyendas a orillas del mar Caspio. De su aldea natal, Yush, Nima heredó el nom de plume, un elenco de animales y árboles que habrían de poblar su imaginario poético, y un sentimiento vitalicio de exilio desde que a los doce años le enviaron a estudiar a Teherán. Su padre, ganadero y cultivador, era célebre en la comarca por sus proezas como arquero y jinete. De su madre aprendió antiguos cuentos y poemas que ella recitaba junto al fuego. Es imposible no sentir en la biografía de Nima la pérdida de un paisaje natural y humano, primitivo y noble, donde alguna vez se sintió seguro. Todo lo que escribió como adulto compele a sus compatriotas a despojarse del engaño, el artificio y la venalidad, para sumergirse en los ríos anchos de Mazandarán, en la fraternidad de las caravanas, en la lealtad de la naturaleza.

El Teherán al que Nima llegó siendo niño vivía aún sacudido por la Revolución Constitucional que obligó a la dinastía Qajar a abrir espacios de participación popular y representación tras siglos de monarquías despóticas. La exigencia de una constitución que recogiera los derechos y libertades de los ciudadanos y el rechazo a la influencia predatoria sobre los recursos del país de potencias extranjeras como Gran Bretaña y Rusia provocaron movimientos populares que alumbraron una efímera esperanza de democratización en la primera década del siglo XX. Aquel brote fue aplastado y ninguno de los regímenes que se sucedieron en las décadas siguientes quiso reabrir esa senda de libertad y democracia. La política envenenó la vida de personas y familias. El hermano amado de Nima, Reza, quien posteriormente se haría llamar Ladbon, se unió a los partidos de izquierdas al calor de la Revolución rusa de 1917. Como tantos otros militantes tuvo que abandonar su patria y posiblemente murió durante las purgas estalinistas de los años treinta. Otra pérdida. En la poesía de Nima la política, rara vez de forma explícita, permea el combate entre una masa informe y violenta que aplasta o ignora, y el ser humano despojado de hogar, intentando preservar una esencia acoceada por fuerzas brutales.

En el colegio Nima halló un maestro, el poeta Nezam Vafa, que le dio a leer poesía europea, principalmente francesa. En su mente el verso libre entró en diálogo con las formas poéticas que habían dominado la historia de la literatura persa: la qasida, el gazal y el masnaví. Traducciones recientes de autores como Mallarmé o Lamartine agitaron las aguas de una tradición inmensamente rica y a la vez osificada por el tiempo en metros y temáticas. Y fue creciendo en él una revolución literaria que para muchos de sus coetáneos degeneró en herejía y para todos sus epígonos desembocó en liberación. A partir de los años veinte los poemas publicados por Nima Yushij en revistas literarias, leídos en recitales o compartidos en hojas sueltas, comenzaron a emanar una subjetividad honda y feroz, envuelta en un lenguaje simbolista opaco, en ocasiones casi ininteligible, que irritaba a los escritores atraillados al antiguo formalismo, a las voces conocidas. El poeta llegado de las tierras del norte, de carácter arisco, ajeno a escuelas, desubicado vital y profesionalmente, entre la desconfianza y la hostilidad de sus pares, se supo y se quiso un meandro en el río de la poesía de Irán, una hégira lírica para el verso en persa: hay un antes y un después de Nima.

En 1924 algunas de sus primeras creaciones aparecieron en un libro titulado, Montakhabat-e Asar: az Nevisandegan va Shoara-ye Moaserin (Selección de las obras de poetas y escritores contemporáneos), recopilada por Mohammad Zia Hashtrudi. De esos años Nima diría tiempo después: “El método aplicado en cada uno de los textos de aquella época era buscar una flecha emponzoñada disparada hacia los partidarios del estilo viejo, que consideraban mis poemas impublicables” [Nokhostin Kongere-ye Nevisandegan-e Iran (Primer Congreso de Escritores Iraníes), 2ª ed. Teherán, Toos, 1978].

En los siguientes lustros, mientras el poeta daba tumbos por trabajos oficiales inconsecuentes y por lo general insatisfactorios en ministerios y centros educativos de los que era despedido o se despedía, su figura de escritor atrabiliario, esquinado y dinamitero fue creciendo entre los jóvenes amantes de la poesía, esa diminuta facción idéntica en pasión y número encontrable en todo país y todo tiempo. El 26 de junio de 1946, a última hora de la tarde, Nima Yushij tomó la palabra en el Primer Congreso de Escritores Iraníes. Menudo y arrogante, desgranó ante un auditorio dividido su propuesta poética, enfatizando cuanto le diferenciaba de sus detractores a quienes llamó “enemigos”: él ponía metro y rima al servicio de un yo poético libre, insubordinado, incómodo. Decía verdad: su escritura no arropa, deshace; no resguarda, destecha. Concluyó su participación en el Congreso describiéndose como un río del que todos pueden beber a lo largo de su curso. Así sucedió.

Nima escribió mucho y publicó poco. Su existencia no fue feliz. Jamás halló acomodo profesional, y el matrimonio con Aliyeh Jahangir, una mujer culta que ejerció como profesora y directora de colegios, sufrió por causa de su inhabilidad para sentirse centrado, cumplido, ubicado en la sociedad. A menudo desempleado siguió a su mujer por diversos destinos hasta que en 1938 se sumó al equipo editorial de la Revista de Música que publicaba el Ministerio de Cultura. Allí coincidió con algunos de los grandes intelectuales de un Irán desestabilizado por la Segunda Guerra Mundial, entre ellos Sadeq Hedayat, autor de la que es quizá la mejor novela iraní del pasado siglo, El búho ciego [Madrid: Hiperión, 1992]. Quién pudiera haber asistido a las conversaciones de estos dos hombres de un talento tan excelso para la palabra y tan insuficiente para la vida. Fue un tiempo profesionalmente gozoso y literariamente fecundo hasta que la revista cerró en 1942 devolviéndole a la intemperie laboral. Un año después nació su único hijo, Sharaguim, que tamaño esfuerzo ha dedicado a preservar la memoria viva de su padre.

El acercamiento de Nima al partido comunista Tudeh, más humanista que ideológico, le hizo pasar por prisión tras la represión que siguió al golpe de estado organizado por los servicios de inteligencia británicos y estadounidenses contra el primer ministro, Mohammad Mossadeq, en 1953. Aquel sabotaje contra la soberanía de Irán pisoteó los esquejes democráticos tan dolorosamente brotados y acabó de partir en dos el espíritu del poeta. A partir de aquella experiencia se acendró su apartamiento del mundo. Viajaba frecuentemente a Mazandarán para permanecer lejos de los hombres y cerca de la tierra, escribía frenéticamente en papeles sueltos con una caligrafía casi ilegible, veía a pocas personas. Falleció una mañana heladora de enero de 1960, cuando regresaba de Yush, su pueblo, de donde quizá su ser verdadero nunca llegó a salir. Después de su muerte, la pequeña aldea que le vio nacer y le prestó su nombre, se convirtió, como la Shiraz de Hafez y el Kashan de Sohrab Sepehrí, en un lugar de peregrinación para quienes reconocen el alma de Irán en sus poetas, en ellos y ellas resisten, con ellos y ellas confían.

La poesía de Nima Yushij congrega misteriosamente lo persa y lo universal. Tan vernácula es su obra que está espolvoreada con palabras en tabarí, la lengua de Mazandarán. Sus poemas están llenos de la vegetación del norte del país, vacas, ranas, aves, un universo rural hundido en mitologías locales transmutado por Nima en espejo de la sociedad urbanizada y agresiva de su tiempo, de nuestro tiempo. En su lírica los símbolos se entrelazan, nos desnudan y se nos esconden. Cualquier explicación de su significado es cuestionable, cualquier identificación ambigua. Su estilo dista del modo de escribir al que el lector de poesía occidental está habituado. Los términos se repiten donde otro poeta buscaría sinónimos, el mensaje parece romperse hasta hacerse incongruente, la estatura léxica se quiebra con giros triviales, los poemas más que concluir terminan en marismas, desperdigándose por las arenas, como algunos ríos de Mesopotamia. Quien busque a un poeta cristalino y unívoco debe mantenerse a distancia de Nima Yushij, algo que sospecho él agradecería. Como dijo Forugh Farrojzad, una de las autoras que expandió los ámbitos poéticos de la literatura iraní desde la puerta que abrió Nima: “Nima dio forma a mi convicción definitiva y a mi gusto con respecto a la poesía y le otorgó la categoría de lo absoluto. Nima para mí fue un inicio. Por primera vez en su poesía descubrí una atmósfera del pensamiento y un modo de perfección humana, como en la obra de Hafez”. [Citada por Somaye Talebi y Leila Rasouli en Nima Youshij, Modern Persian Poetry, Candle and Fog, 2014].

Tal vez eso sea Nima Yushij antes que nada, una atmósfera.

No es sencillo colocar los versos de Nima en las estanterías de la historia de la literatura. La suya es poesía social y política y mística y alegórica y bucólica y existencial. Lo único en común que quizá tengan todos sus poemas es su ambición de irrumpir entre los humanos para hacerse oír con una voz oscura, compleja y también fulgurante, inmediata. Aun en sus momentos más indescifrables sentimos su vibración, nos toma de los hombros, nos convoca. El escritor Nosrat Rahmani lo resumió así: “Fue un hombre solitario y extraño que nos enseñó a elevar los corazones en nuestras manos y a vivir junto a nuestros poemas. Nos mostró que la poesía es un arma” [Nima Youshij. Modern Persian Poetry].

 

¡Oíd, humanos! 

¡Oíd, humanos, sentados en la orilla, riendo alborozados!
Alguien en el agua está perdiendo la vida,
alguien incesantemente bracea
en este iracundo y oscuro y pesado mar que conocéis.
Mientras embriagados estáis
con el deseo de someter al contrario,
mientras en vano imagináis
haber tendido una mano al desvalido
para amasar fortaleza,
mientras apretáis la correa
alrededor de vuestras cinturas,
¿cuándo os puedo yo hablar?
¡Alguien dentro del agua en vano está siendo sacrificado!

Oíd, humanos, reclinados gozosamente en la orilla,
pan en el mantel, ropa sobre vuestros cuerpos;
alguien desde el agua os llama.
Con sus manos cansadas golpea el pesado oleaje;
abierta la boca, con los ojos arrasados de pánico
ha visto vuestras sombras desde la lejanía,
traga agua del profundo azul cobalto y a cada momento su angustia crece.

Saca de las aguas
a veces la cabeza, a veces un pie.
¡Oíd, humanos!
Sus ojos desde la distancia aún atisban este mundo envejecido,
grita y confía en el auxilio.
¡Oíd, humanos, en contemplación sobre la plácida orilla!

Las olas golpean la orilla silenciosa,
rompen como un borracho que inconsciente se desploma,
rugiendo retroceden; y de nuevo este clamor llega desde la lejanía:
“¡Oíd, humanos!”,
y el rumor del viento resuena cada vez más descorazonado,
y su voz, en el rumor del viento, más se desvanece.
Entre las aguas distantes y cercanas
siguen resonando estas voces:
“¡Oíd, humanos!…”.

27 azar 1320 HS / 11 diciembre 1941

 

Este texto corresponde al prólogo del poemario ¡Oíd, humanos!, de Nima Yushij, que ha sido traducido del persa por Saeideh Ghasemi, Shirin Salehi y Gonzalo Sánchez-Terán, y publicado por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.


 



Doc Land Films 





ÍNDICE:

PENSAR, REPENSAR Y DISENTIR EN
TIEMPOS DE GAZA BOMBARDEADA

Primer párrafo, capítulo IX "Genocidio" de Raphael Lemkin, 
quien acuñara el término.




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