A dos años de un genocidio anunciado
1000 días de tecnogenocidio en Gaza
y anexión de Cisjordania, Palestina ocupada
Día 125: Ataque ilegal a Irán
Día 123: Invasión de Líbano
Holocaustos
Publicado originalmente
en La Jornada Veracruz
(periódico mexicano fundado el 19 de septiembre de 1984)
el 29/06/2026
El Holocausto que no se nombra
Leopoldo Gavito Nanson
El exterminio nazi no fue un crimen contra
un sólo pueblo. Fue una máquina industrial de muerte que trituró
categorías enteras de seres humanos: seis millones de judíos, sí, pero
también entre 500 mil y un millón y medio de romaníes, tres millones de
prisioneros de guerra soviéticos, casi tres millones de polacos no
judíos, decenas de miles de personas con discapacidad, homosexuales,
comunistas, sindicalistas, testigos de Jehová. El Tercer Reich no
discriminaba por fe solamente. Discriminaba por existencia. La cifra
total de víctimas civiles y militares del nazismo supera los veinte
millones. La historia lo sabe. La narrativa dominante, no.
Esa narrativa —construida meticulosamente
desde Washington y Tel Aviv durante la segunda mitad del siglo XX—
eligió a una sola categoría de víctimas para cargar con el peso moral
del exterminio. Reducir el Holocausto a una sola tragedia nacional
permitía hacer algo que la verdad histórica completa no permitía: fundar
un Estado.
| Middle East Eye |
su declive ha comenzado | Mustafa Barghouti
| SIN REMORDIMIENTOS
La Declaración Balfour es de 1917. El
movimiento sionista organizado lleva décadas antes de los campos de
concentración. La partición de Palestina en 1947 fue una decisión de
Londres y Nueva York, no una reparación espontánea de la humanidad
dolida. Inglaterra cedió un territorio que no era suyo. La ONU ratificó
una operación geopolítica con lenguaje humanitario. Y el trauma del
Holocausto —real, innegable, atroz— fue el combustible moral que hizo
posible lo que de otro modo hubiera sido llamado por su nombre:
colonización.
Lo que siguió lo confirma. Cuando los
judíos europeos llegaron a Palestina, encontraron una población
palestina con siglos de historia en ese suelo, y encontraron también a
los judíos que ya vivían ahí —los mizrajíes, arabófonos, integrados
durante generaciones en la vida cultural de Oriente Medio— y los
trataron como ciudadanos de segunda. La jerarquía fue inmediata: arriba
los askenazíes europeos, abajo los judíos locales, invisibles los
palestinos. Esa jerarquía delata la naturaleza del proyecto: europeo y
colonial.
Fotos: Oren Ziv y Avishay Mohar / Activestills
FUENTE
El Estado de Israel nació en 1948 en el contexto de la Guerra Fría con una función que el tiempo ha vuelto transparente: la instalación de una presencia militar occidental permanente en la región más estratégica del planeta. El cruce entre los campos petroleros del Golfo, las rutas marítimas del Mediterráneo y el flanco sur de la URSS requería una pieza fija en el tablero. Israel fue esa pieza. Un portaviones sin agua alrededor, anclado en Medio Oriente por decisión imperial. Lo que Washington llama “el único aliado democrático de la región” es, traducido a términos geopolíticos, la apuesta más valiosa de un tablero que nunca fue diseñado para el bienestar de nadie que viviera en él.
La narrativa del Holocausto reducida a una
sola categoría de víctimas es una arquitectura. Sirve para que
cualquier crítica al Estado israelí pueda ser etiquetada de
antisemitismo, para que el sufrimiento real de millones de personas
funcione como escudo de una política de ocupación, desplazamiento y
exterminio que ya suma décadas. Los gitanos que murieron en Auschwitz no
sirven para ese propósito. Los polacos masacrados en Treblinka tampoco.
Los prisioneros soviéticos que murieron de hambre en campos alemanes,
menos. Su muerte no funda ningún Estado. Por eso no se les nombra.
El problema no es moral. Es político, y los estados no pueden abstraerse de él. Mantener relaciones diplomáticas plenas con Israel —embajada, tratado de libre comercio, mil millones de dólares en intercambio comercial— mientras su ejército ejecuta una limpieza étnica documentada en Gaza no es neutralidad. Es una forma de aval. México votó en la ONU a favor de Palestina. Ese gesto es insuficiente cuando la arquitectura de la relación bilateral permanece intacta. La ONU no detiene genocidios: lo ha demostrado en Rwanda, en Bosnia, en Gaza. Lo que detiene a los estados es el costo político de sus socios. Romper relaciones con Israel no es un gesto radical. Es la consecuencia lógica de llamar a las cosas por su nombre. Mientras eso no ocurra, la condena verbal es decoración diplomática sobre una complicidad concreta. Y México debe tener una posición clara al respecto y explicar porque es que aún sigue manteniendo relaciones diplomáticas con un estado criminal.
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ÍNDICE:
PENSAR, REPENSAR Y DISENTIR EN
TIEMPOS DE GAZA BOMBARDEADA
![]() |
| Primer párrafo, capítulo IX "Genocidio" de Raphael Lemkin, quien acuñara el término. |

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