Al gozo, la pena sigue y el gozo a esta.
Ora bebemos el vino porque es fiesta,
ora bebemos el vino porque hay dolor.
Pero de uno y de otro vino nada resta.
Ao gozo segue a dor, e o gozo a esta.
Ora o vinho bebemos porque é festa,
Ora o vinho bebemos porque há dor.
Mas de um e de outro vinho nada resta.
: cuarteta del «Rubaiyat»de Fernando Pessoa
(versión al español Beñat Arginzoniz)
Fernando Pessoa escribió 183 cuartetas al estilo del Rubaiyat, una serie de poemas ruba'i del poeta persa Omar Jayam. Los escribió a lo largo de casi 10 años, entre 1926 y 1935. Jayam como Pessoa alaban el momento salpicado de vino, el tiempo de una epifanía. En Bollitos, especie de aforismos y cuentos cortos, yo alabé la crianza y la vida simple. La tercera entrega la escribí después de ver la película 300, una apología de la guerra. Pero mucho antes de ese bollito, la guerra me parecía el peor de los dolores.
Mi hija nació mientras se bombardeaba Irak. En esos días, pensaba que a mi "sólo me importaba arrullar el sueño de mi hija", pero mientras la amamantaba pensaba en todas las madres iraquíes que acunaban a sus hijos bajo las bombas. Mi dharma dejó de ser el de madre al iniciar el genocidio en Gaza. Mi hija partió en mayo, cinco meses antes de la razzia del 7oct23 perpetrada por los combatientes de Hamás. Lloré mucho mi identidad de madre pérdida. Y cuando la crónica de un genocidio anunciado y planificado se reveló, pensé en todas las madres de Gaza que lloraban a sus hijos asesinados por las bombas y los drones israelíes. En todas las madres que no pudieron alimentar al bebé y al hijo bajo la hambruna impuesta; en todas las madres que no pudieron conseguir el medicamento para el hijo enfermo; en todas las madres que dejaron salir al hijo de la tienda y nunca regresó. Pensé que las madres no cuidamos de la vida para que vengan los señores de la guerra a mancillarla, a destruirla. Pero también sé que siempre habrá guerra y que de una forma u otra, aún sin ser madre me opondré a ella.
"DEL HÉROE Y OTRAS VANIDADES"
Tercera entrega de
CUENTOS Y BOLLITOS PARA UNA NIÑA
Dice mi
madre que siempre habrá guerra. Dice que aparece cuando la gente la convoca
esperando que el golpe los saque del letargo. Están aburridos, dice, por eso la
piden entre susurros y en las violentas imágenes que decoran nuestras vidas.
Nos rodea como iconografía cuasi sagrada; desde las fachadas urbanas hasta los
periódicos y las redes sociales donde se multiplican los cuerpos exquisitos y
turbios porque están ensangrentados. Los ociosos la anhelan, sueñan que los
sacará de la displicencia; la de todos los días. Los imberbes, buscando la
hombría, piden la espada y, en juegos, se visten de ira para disculpar el
desenfreno lujurioso y el hidalgo desplante. Los más sabios, entre sorbos de café,
discuten cómo vencerán al invasor; ese monstruo de mil cabezas que, a diferencia
de la Hidra, sólo muestra un reflejo a la vez. Precisan, los de sonrisa y
palabra fácil, caudillos, que por pertenecer a la cepa de los hombres libres
llevarán la batalla hasta la mórbida perfección de lo terrible. Las mujeres los
alientan, quieren en sus gallineros leones y portar en sus vientres linaje de
héroes. ¡Idiotas! reniega mi madre, no saben que la gloria exige la muerte de
una tribu; la propia. Mi madre les teme, dice que son caracoles cargando la
violencia en espirales. Ignoran que otra lucha se libra detrás de la cabeza.
Otra, muy otra, donde una luz radiante se cierne; donde el grano y el alimento
se sirven; donde el hilo anudado y la carcajada, la trama y el telar junto a la
crianza se tejen y se suceden, amablemente, hasta la vejez.
Zyanya Mariana
(Elefanta 2016)
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